Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

lunes, 15 de agosto de 2016

YA NUNCA MÁS

Cuando sea mayor no voy a venir a verte. Te quedarás aquí, esperando por mí, sin que ese
timbre suene ni una sola vez en toda la semana, en todos los meses, en todos los años.


Cuando sea mayor se te va a tener que olvidar que existo, porque ni el eco que mi voz lo va a

recordar tus oídos, ni te acordarás del color de mis ojos a fuerza de no verlos y dudarás de mi
olor y del sonido de mis palabras, por el tiempo transcurrido.


Cuando sea mayor no esperes que me quede aquí contigo, volaré como el gorrión que se posa en los rosales de la vecina y huye en cuanto escucha el primer grito.


                            


 Saldré de tu vida como la luz del día, silenciosa y despacito, dando paso a la noche más oscura, tenebrosa, agria y despiadada, que arrastra largas horas de incertidumbre y espera, precediendo al terror con que velas mis sueños.

Me marcharé una mañana, cuando él se haya ido, cuando el silencio nos cubra y ya no
escuche tu llanto. No perderé un minuto en salir de aquí, no llevaré mi ropa ni mis libros, ni
siquiera la medalla de la comunión que me haces esconder entre mis juguetes, para que él no la
encuentre y se la beba.







 No quiero nada de aquí, no quiero nada de él, no querré nada de ti cuando me vaya. Te prometo que me olvidaré de todo y no volveré a mirar atrás, que no recordaré nuestras canciones ni la forma en que me acaricias el pelo cuando me peinas, que sepas que borraré de mi mente todos lo cuentos de final feliz que me contaste. No volveré a probar las magdalenas ni el chocolate nunca, mientras su sabor lleve a nuestras tardes de risas de azúcar y manchones de harina en la nariz. 



Me mantendré alejada de los hilos y las lanas de colores con las que me enseñaste a tejer
bufandas kilométricas. No tejeré colchas, como no tejeré recuerdos, ni dejaré que ellos tejan
ilusiones de una vida feliz en mi futuro. Me desharé del olor de tu pelo mojado bajo el sol de los
cristales del salón, no pondré más mi mano sobre tus ojos llorosos, ni te regalaré mil besos por
cada uno de sus golpes. 




Me alejaré de todo lo que me lleve hasta ti en la memoria, pisotearé los recuerdos más tiernos, los minutos a solas, los sueños más grandes y todas las ilusiones rotas.

No serás ni un pensamiento en mi vida cuando me vaya de aquí, si no te levantas. No volveré a
querer saber de ti, si sigues en ese rincón.


 No te traeré las pastillas ni te ayudaré a maquillarte para que los demás no sepan. Te aseguro que si no empiezas a moverte, no buscaré entre tus blusas la que te tape más, ni te daré mi mano para ayudarte a bajar las escaleras. 





Te hablo muy en serio, saldré por esa puerta y no volveré, cuando sea mayor. No estoy hablando en broma,me haré mayor y me olvidaré de ti y de todos los planes que tenemos. 



No iremos a la playa ni montaremos en la noria más alta, no compraremos vestidos ni iremos a bailar a ninguna fiesta, no viviremos las dos juntas en una casa sin rejas.

 Te lo aseguro, estoy muy enfadada, no volveré a hablarte si no te levantas, no te querré nunca más si no empiezas de nuevo a respirar.


Chabela Jiménez.

martes, 5 de abril de 2016

DONDE TE LLEVEN LOS SUEÑOS

Es posible que lo que dejamos detrás fuera un sueño del que un día nos hicieron despertar, aunque si nos preguntas, te hablaremos de pesadillas, de ocaso de una vida que apenas empezamos a vivir.
No somos proscritos, no somos maleantes, no somos más que gente normal que huye y cree con fe que en el mundo hay sitio para todas las personas. Nos preguntamos cada día qué hicimos mal, qué nos empuja a seguir sin saber qué hay más allá y por toda respuesta, su sonrisa en esa foto nos anima a seguir, a continuar caminando, a empeñarnos en vivir porque se lo debemos, porque ella lo soñó y nosotros somos su sueño.
Como cuando aquella vez nos dijo al llevarnos al colegio que aquel era el último día que íbamos a clase, que nos despidiéramos de los amigos y les dijéramos que los llevaríamos en el corazón.
Era martes, lo recuerdo porque teníamos educación física y mi camiseta de baloncesto estaba aún mojada, tendida entre dos sillas del salón. Hacía tiempo que la ropa no se tendía en la azotea, por alguna razón que yo no entiendo y tampoco se pararon a explicarme.


Llevé a clase una triste camiseta de publicidad de neumáticos porque ella dijo que no se distinguía un círculo inflado de otro, y que iba a ser sólo ese día.
Recuerdo el camino helado hacia el colegio y mi monumental enfado, los tirones de la mano de mi hermana y su caminar bamboleante e inseguro.

Ella caminaba más atrás, con el bebé en el carro y el paso dificultoso de los asmáticos que nunca dejaron de fumar. Era una mujer hermosa, la más bella del mundo a mis ojos. Era la que escribía los cuentos más ingeniosos sentada frente a la pantalla del ordenador, con una vela de olor siempre prendida y un cigarrillo quemándose en su viejo cenicero de elefantes, recuerdo de un viaje que hizo hasta la India, cuando nosotros tres éramos sueños y ella se dedicaba a conocer mundo y ganar recuerdos.

No entendía por qué de un tiempo a esta parte siempre se empeñaba en acompañarnos, me avergonzaba que lo hiciera con mi edad. Eran apenas dos manzanas y ya habíamos ido antes solos al colegio. Parecía como si en vez de crecer nos hiciéramos más pequeños con tanto y tanto control de entradas y salidas de la casa. Mi enfado iba en aumento y caminaba rápido, tirando de la niña lenta y torpe que se me convirtió en obligación cuando él se fue.


Apenas me llevaba dos años y unos meses, pero nació débil de piernas y tardó mucho en andar. Los médicos dijeron que jamás lo haría, que sus músculos no se desarrollaban con normalidad, pero ella dijo que su hija correría y jugaría como cualquier niño y nadie se atrevió a contradecirla.
Los recuerdo a los dos turnándose para ejercitarle sus piernas demasiado flacas para el cuerpo.
Horas y horas moviendo aquellas dos canillas inertes, empeñados en crear músculo donde sólo había piel.
A veces lo sorprendía a él mirando al cielo, como pidiendo paciencia para seguir a aquella mujer incansable, que se empecinaba en conseguir imposibles y hacía cotidiano y real cada sueño, como si de un cuento de los suyos se tratara.
Y claro que lo consiguió. A los siete años la niña logró ponerse de pie y a los ocho empezó a caminar como un pato, con una pierna a cada lado del largo pasillo que recorría ciento veinte veces cada día, con la supervisión constante de su madre y la embobada sonrisa de su padre.


Eso fue antes de que lo llamaran al ejercito y jamás volviéramos a verlo.
Creo que él sabía que no iba a volver cuando lo llamaron. Tal vez también ella lo soñó, no lo se, no llego a comprenderlo del todo. 
No entiendo para qué necesitaba el ejército a un periodista de más de cuarenta años, con mujer y tres hijos. No entiendo por qué no dijo que debía quedarse con su familia, ni por qué cerraron el periódico donde él solía trabajar. 
Sólo se que lo llamaron, porque vi la carta que llevaron los militares y la escuché llorar en el baño. Por eso y porque él me lo dijo, mientras me pedía que cuidara siempre de mi hermana, y que no permitiera nunca que dejara de caminar.


Ese martes tiraba de ella de la mano, enfadado con todos y por todo, porque para eso tenía quince años y me podía permitir una buena explosión de hormonas mañaneras. Poco sabía entonces que mi enfado se iba a convertir en vergonzoso llanto a las puertas del colegio, cuando ella me dijo que tenía que decirle adiós a mis compañeros, porque no los volvería a ver por un tiempo.
Qué injusta puede ser la vida a veces, precisamente el día que iba a decirle a Anna que me gustaba. Ni siquiera pude darle mi camiseta de baloncesto, porque llevaba puesta aquella estúpida de marca de neumáticos americanos.


Pudo ser por eso, por nuestra forma de vida tan diferente, por lo que tuvimos que marcharnos. No todos mis compañeros llevaban ropa como la nuestra. Muy a la europea dijo el profesor cuando la llamó para quejarse de nuestras costumbres. No son lo establecido y deben corregirlo antes de que les traiga consecuencias.

Ella lo miró con sus ojos desafiantes, esos que ponía cuando nada ni nadie la iban a hacer cambiar de opinión ni decisión. Hasta hoy éste era un país libre, le dijo, y me parece que no me gusta en lo que se está convirtiendo.

El profesor le dio los buenos días y así dio por terminada la conversación. Cuando ella se volvió para marcharse, lo vi mirar con desprecio su pantalón vaquero y escribir algo en su agenda. Debieron ser las consecuencias.

Quizás fuera sólo casualidad, pero desde ese día empecé a notar que los compañeros empezaban a vestir diferente. Las chicas comenzaron a llevar el pelo tapado y se dejaron de ver entre los chicos las camisetas de grupos de música y las gorras. Un inspector vestido de militar empezó a pasar lista cada día y se prohibió la música en los recreos.

 Algo estaba cambiando a nuestro alrededor y no de forma sutil precisamente.
Hacía casi seis meses que él se fue cuando ella empezó a vender cosas. Tenemos demasiadas, me dijo, hay que vivir ligeros de equipaje.
 De un día a otro vimos la casa sin cuadros y desaparecieron todos los libros y adornos de los muebles. En una semana tampoco hubo muebles donde ponerlos.

Supe que nos marchábamos la mañana que eché en falta el ordenador con el que trabajaba. ¿Cómo escribirás ahora?, le pregunté. ¡Nos moriremos de hambre si no trabajas! Dije casi llorando, sintiendo que toda mi seguridad se estaba desmoronando bajo mis pies.

Ella soltó al bebé en el carro y se sentó a mi lado en el suelo. Me acarició la frente y me abrazó. Ha llegado el día en el que tenemos que dejar de soñar para empezar a hacer realidad los sueños, me dijo, es sólo eso. Pero no te preocupes que estamos preparados.

Miré a mi hermana saltando de alegría y me resultó patética con esos descoordinados movimientos de expresión. No tenía ni idea de lo que yo estaba sintiendo en ese momento, no podía ver los trozos de mi mundo destrozados bajo sus torpes zapatazos.

Supongo que la odié, no me dio tiempo a comprobarlo porque esa misma tarde comenzaron los bombardeos en la ciudad y aquella noche salimos hasta el puerto, ocultos en un camión de latas de conservas.



Parecíamos también sardinas enlatadas los cuatro juntos, apiñados con otros quince vecinos del barrio, callados y encogidos, con más miedo que frío, con más tristeza que esperanza.

Todo se me agolpa en la mente al recordarlo: Las prisas, los silencios, las miradas expectantes, los empujones, las súplicas… Sólo ella parecía estar tranquila. Nos tomaba de la mano con el bebé colgado junto al pecho y nos sonreía, animándonos a andar deprisa antes de que nos salieran telarañas. De su mochila sacaba pan y fruta y nos conminaba a comer con la boca cerrada, que no era preciso ser maleducados por mucho que estuviésemos de viaje.

Así llamaba a nuestra huida, viaje, y así nos lo hizo vivir todo el trayecto. En el barco nos pedía que observáramos el lindo amanecer que nos recibía, en el mar nos enseñaba los atunes que saltaban a nuestro alrededor. 

Todo nos lo hacía ver como en uno de sus cuentos. Les ponía sobrenombres a las personas que viajaban con nosotros: Lady pucheros era una señora que no dejó de llorar durante todo el trayecto del primer barco, Oso gruñón era el contramaestre, Pajarillo, un niño que correteaba por la cubierta del carguero que nos recogió a los tres días en el segundo puerto. Todos formaban parte de un cuento que ella contaba y vivía a la misma vez, todos están inmortalizados en el cuaderno de tapas verdes que guardo en el bolsillo de mi mochila, mientras camino hacia la libertad.


Fue en el cuarto trayecto cuando me lo confió. Dijo que no quería perderlo con el vaivén de las olas, que aquel iba a ser el viaje más movido. 

Me dio también un móvil nuevo, que yo nunca había visto por casa y me pidió que hiciera fotos de todo lo bonito que encontrara. Ella sabía que yo quería ser fotógrafo, lo hablamos muchas veces cuando proyectábamos una vida en el futuro de los sueños. Quería viajar por el mundo como ella, conocer muchas culturas y elegir el sitio donde vivir como hizo ella. La tierra es un lugar hermoso donde compartir vivencias, solía decir, aún me pregunto por qué eligió quedarse con nosotros, cuando pudo hacerse la reina de cada país que visitó.

La fotografié dormida con el bebé en los brazos, más hermosa que nunca en la serenidad del descanso. Luego riendo, con algo que yo dije y no recuerdo y también pensativa mirando hacia un atardecer naranja. Son las mejores fotos que conservo y las guardaré siempre para no olvidar esos momentos.


Hay unos números grabados en el teléfono. Uno de ellos dice Papá, no me atrevo a preguntar si es el suyo o el nuestro. Me ha pedido que de vez en cuando llame en orden alfabético, de un toque y cuelgue para que sepan que estamos bien.

Creo que tiene miedo. La vi mirar entre las gentes de la playa y agarrarnos muy fuerte al ver a alguien. Creí reconocer en uno de los grupos de los que esperaban para embarcar, a el profesor de mi colegio y al inspector que se vestía de militar para pasar lista. 
Debo estar equivocado, no serán ellos. Qué iban a hacer aquí con los que huimos.


Hemos pasado dos días completos a orillas del mar, esperando la barca que nos cruce. La gente discute y se impacienta mientras ella hace castillos y juega a que veraneamos en la costa.
La niña camina con dificultad. El frío le agarrota los endebles músculos. Hemos pasado todo el día con sus ejercicios, mientras el bebé duerme demasiado tiempo.



A media noche nos avisaron de que era nuestro turno. Subimos deprisa a una barca de pescador y nos acurrucamos bajo una manta. El hombre dijo que nada de equipaje y me quitó la mochila más grande, esa donde llevaba la ropa de abrigo y las medicinas.

Apenas pasó una hora cuando empezó a llover. Ella sacó unos plásticos y los colocó sobre la manta. Luego nos mandó dormir y empezó a susurrar uno de sus hermosos cuentos. Creo que todos soñamos con el país de las sonrisas, donde estaba penado con cárcel discutir.
Pasamos en la barca varios días, confundidos y soñolientos, pasando del calor al frío y de la luz a la oscuridad sin darnos cuenta. No teníamos apenas comida, ella nos daba agua con un vaso demasiado pequeño y repetía que faltaba poco, de durmiéramos para empujar la barca con nuestros sueños.

A veces me despertaba una tos, que ella trataba de ahogarse con las manos. Maldije entre dientes al hombre de la barca, que me hizo tirar las medicinas. Seguro que allí habría algo para su tos y para el dolor de mi piel achicharrada. Pero no hablé, permanecí callado, agarrado a la manta y al brazo de la niña, que dormía.




Yo cerré los ojos también. Dormiría, supongo, dormiría largo tiempo porque al abrirlos estaba rodeado de personas. Me habían puesto una manta color plata por encima y me acercaban agua en una cantimplora verde. Me asusté al ver a algunos militares, recordé al inspector y lo busqué entre ellos. No había ninguna cara conocida y todos me hablaban en un idioma diferente.

Pregunté en inglés dónde estaba mi familia y al hacerlo recordé el empeño que ella tuvo en que estudiara. Más de una tarde me castigó sin partido por no saber la gramática inglesa. Era a veces tan insistente y otras tan permisiva, que yo pensaba que un día terminaría por volverme loco.

Sonreí al darme cuenta de que estábamos en tierra, que lo habíamos conseguido, que ya habíamos terminado nuestro viaje. Sentí ganas de abrazarla y gritar con ella, como cuando marcaba canasta y corría hasta su asiento en la grada.

 La buscaba con los ojos incapaz de moverme, pero no distinguía su cara entre toda aquella gente. Volví a preguntar, esta vez por mi madre y recordé que hacía años que no la llamaba así.
No lo consiguió, me dijo el hombre del salvavidas naranja entregándome al bebé, sus pulmones no soportaron el frío de las noches en la barca.



Pude ver a la niña en brazos de una mujer sanitario. Ella también llevaba una manta sobre los hombros y levantó su mano para señalarme. La trajeron conmigo y la agarré fuerte. Ella me sonrió y me tocó la cara. Te advierto que dijo que no fueras a llorar antes de dormirse, susurró, que te dijera que sólo iba a por sueños.

                                                                                            Chabela Ximénez. 

                                                                   Premio Relatos de Mujer Bormujos 2016 

Cuando el pensamiento viene a confirmar la idea





Caminar hasta donde tus pasos te lleven, sin exceso de equipaje, dejando atrás lo que no está al lado ni delante, avanzando. No forzar, no obligarse, no añorar. Lo mejor siempre está esperando por ti. Lo que no está es que nunca estuvo.





Déjeme zafarme de lo que nada me aporte, que nada merece lo que nada me afecte. No me turbe lo que no me pertenece, no me moleste ni de mi confort me prive. Déjeme donde estoy que el miedo es libre.

                                       

Hay una clara diferencia entre estar con y estar para. En los dos sentidos estuve, pero visto lo visto, mantenerse a prudencial distancia va a ser la mejor opción. Todo puede reiniciarse menos el recuerdo.

                                      


Mi pelo llevaba, creo yo, más risas que tristezas. Más fe que ilusión, porque siempre fue más sólida y menos engañosa. Una lucha constante y unas ganas tremendas de hacer las cosas bien. El espíritu crítico que me ayuda a distinguir el bien del mal y unas dos mil contestaciones dispuestas a constatarlo. Debía tener impreso algún recuerdo y algún inevitable y consciente olvido. No era mucho aunque suficiente, para el propio desapego y la esperanza de que a tí te sirva para algo.


                                             



Y entonces pasa que, de acostumbrarte, ya ése aire no te roza, no te da frío ni calor y empiezas a caminar con paso más ligero, ajeno a la intemperie y los sonidos de de las hojas al caer. No sientes las piedras bajo los pies y apenas levantas polvo al andar. Es una música diferente la que te suena de fondo, has cambiado la banda sonora de tu vida y empiezas a bailar con sones de libertad.

                                         



Sobre una frágil rama, intentando mantener una majestuosa imagen aferrada sus garras al minúsculo palo seco. Míralos, casi ni se les nota el miedo. Apenas un temblor delata la absoluta falta de futuro que destilan. Quédate un poco más y verás como salen volando o se les rompe la rama bajo los pies. No hay más opciones, no hay otro posible final.
 
                                           


Era una sonrisa fácil, que se regalaba a todos. Dispuesta a salir a cada momento, con el bolso de la manipulación en bandolera. Era una sonrisa suelta y desinhibida que podía pasar perfectamente por sincera. Era locuaz y predispuesta, era estudiada al nivel universitario. 
Se desdibujó un día, creo que hace mucho, cuando se puso el carmín de la mentira. No se ve distinta, no te engañes y cuídate del sonido de esa risa.

                                                 


Sé distinguir la avaricia y la ambición en cuanto la veo. Es una capacidad que desarrollé hace tiempo, cuando aún creía en la generosidad de un alma limpia, altruista y entregada al bien común. Me saltaba a la cara la araña trepadora en cuanto pronunciaba el primer halago, como si lo empujara un resorte de vanidad contenida, en forma de acto de caridad para el prójimo. La veo a menudo y la soporto, obviando el menosprecio a mi capacidad. Sin embargo no me siento engañada, estoy atenta a sus telas entretejidas y espero, conociendo su objetivo de antemano. No soy presa fácil, quiero advertirle, aunque sé que no entiende el lenguaje del ser humano.

                                



Ya me doy cuenta de que todo tiene un porqué, que nada es casual ni extraordinario cuando conlleva un cambio drástico o inesperado. Todo tiene una causa, una consecuencia o una intención. 
Me sorprende sin embargo que no me sorprendan ya tantas cosas, que las de por naturales y previsibles. No sé si es madurez o desidia, desinterés o vagancia, pero aprendo a pasar de lado por el fuego cruzado y a no complicar mi inteligencia con mensajes cifrados.
No hay una edad para dejar de aprender, pero sin duda hay una para ya algo haber aprendido.


                                       


                                                                                                                               Chabela Ximénez.
 

jueves, 8 de octubre de 2015

Palomas en mi tejado

Es lo que tiene vivir en una casa, que tiene tejado. Algunas sólo tienen azotea visitable, aunque yo no sé qué será peor, tengas el techo que tengas, todo lo que está sobre tu cabeza es susceptible de ser cagado por una irrespetuosa paloma.
Vale, no es muy poético, tampoco lo son las gaviotas por mucho que corten el horizonte con su volar de uve doble, cuando las llaman las ratas del mar. Las palomas de mi tejado no recortan el horizonte, se posan y se cagan sobre mis tejas, sobre mis patios, sobre mi ropa tendida, sobre mi paciencia.


Si, es probable que si yo entendiera el lenguaje de los palomos los oiría decir que ellos estaban aquí antes que yo, que mi azotea era su sitio por derecho propio y porque nada antes los molestó, que están acostumbrados a posarse donde quieren, sin que nadie les reclame propiedad o espacio, pero es que las cosas han cambiado y queridos palomitos, ahora yo vivo aquí.

No hay nada más bonito que llevarse bien con el mundo animal, por muy animales que sean también tienen sus derechos y hay que respetárselos. Como seres vivientes nacidos, tienen su lugar en el mundo y su idiosincrasia propia que, como compañeros de creación, debemos tener en cuenta. No nos debemos molestar los unos a los otros por ser distintos, es más, debíeramos aprender de las peculiaridades de cada uno. Cuánta teória, cuánta utopía.
En mi azotea por ejemplo se vienen a posar palomos de todo tipo, o tal vez de uno solo, no sé, se mueven tanto que es difícil distinguirlos, aunque a decir verdad tampoco es que quiera hacer un estudio de ellos, ni siquiera un sondeo para ver quién los dirige. Yo tan solo quiero que se caguen en su propia casa.



Entiendo que al lector le resulte irrisorio. Para quien no sufra el problema de verse salpicado de mierda sin siquiera salir de casa, y para el que no sepa lo que es barrer dos recogedores de plumas en el mes del cambio de plumaje, puede tener cierta gracia mi lucha diaria. Será motivo de sonrisa para el que imagine los suelos de mi patio, de mi propio patio, regados con semillas de maiz, cascarones de huevos, pan y semillas indeterminadas. Pero puedo asegurarles que no tiene ninguna gracia.

No tiene gracia ninguna que te llenen de mierda en tu propio hogar, no tiene gracia que no puedas dejar a la interperie cualquiera de esos objetos tan simples y tan usuales como una mesa de jardín, una bicicleta o unas deportivas secándose. No es plato de buen gusto observar como esas aves improductivas caminan por el borde de tu tapia con la impunidad del que sabe que no vas a responder a su ingrata presencia, con la pedrada que contienes.
Es realmente indignante saber que alguien las deja sueltas porque sabe que su objetivo es otra casa diferente de la propia, para ir a soltar sus miserias y sus cagadas. Es, además, indecente la presunción de inmunidad con la que se pavonean, por creerse protegidos por sus dueños, por creerse intocables por su antigüedad.




Poco conocen a su objetivo. La dueña del tejado ya está buscando soluciones alternativas. Una rápida mirada a internet me aconseja remedios que van desde las especias picantes a los petardos de contacto, pasando por el chorro de manguera a presión a buena distancia. Aún estoy trabajando en ello, pero que respetan mi tejado, delo por hecho.
No se hizo la teja para soportar otra cosa que la lluvia o el sol, no se hicieron los patios para otra cosa que no sea disfrutarlos y vivirlos, no se hizo la propiedad privada para otra cosa que el derecho a vivir donde eliges y donde pagas. Y de una u otra manera todo volverá a tener la utilidad que le fue dada.




Mientras escribo veo a un grupo de palomos en la tapia. El más viejo es el que quiere el mejor sitio del pretil. El más joven lo anima a acercarse más a la parte de más sombra y mira desde lejos a ver si voy a lanzarles algo o nó. La paloma agacha la cabeza asolapada y lo empuja aún más, mientras el corrillo gorgorea a la espera de que algo les caiga a ellos también.
Los miro y sigo escribiendo. No hay prisa. Conozco los remedios y cómo usarlos. Sonrío y hago aspavientos con las manos. Vuelan mientras sueltan su escremento en mi tejado y van en busca de otra azotea.
 Vuelvo a mi teclado y a mi escrito, sonrío mientras pienso: Es sólo mierda.


Chabela Jiménez.

martes, 7 de julio de 2015

Que todo lo recuerdo y como todo lo recuerdo ...

Hacía tiempo que no escribía en mi blog. Sin embargo alguien hoy me recordó que me leía y no quise hacerle el feo de plasmar alguna reseña, para agradecerle que no me olvide a mí.
A estas alturas ya no me preguntaba quién leería mis entradas, quizá porque estoy en otras cosas, participando activamente en los cambios de mi país, quizá porque siempre escribí para mí, sin importarme quién o quién no, apreciara mi literatura.


Pero mire usted por donde ¡que sí que me leen! ¡Cuánto honor! Y yo que pensaba que ocupaba el ciberespacio absurdamente, que apenas mis amigos entraban por cumplir.
 Oh sí, dije mis amigos, tal vez mis hermanos, tal vez algún antiguo compañero de colegio o instituto, alguien con antecedentes y conocimientos de mi persona o personalidad, alguien con la mínima paciencia para captar mis ironías y mis bromas, mis ocurrencias para cuatro, y mis pensamientos ilógicos y recurrentes.

Pero vaya que nó.
 Aquí puede entrar cualquiera. No es como facebook o twiter, donde uno acepta o elimina a su gusto o disgusto, donde existe ese bloqueo que le hace sentirse a una como si poseyera el poder, para no volver a ver a alguien en toda su vida. Esto es otra cosa. Aquí la puerta está abierta y se pasa sin llamar y, lógicamente, sería mucho pedir que se evitase el portazo al salir.

Aquí se deja una un trocito de su vida a solas con su ordenador (digo a solas porque no cuento con los que entran diez veces a cada frase, ni los que reclaman tu atención para otros diez quehaceres, más o menos importantes y oportunos, que ha de haber tiempo para todo).
 Un trocito de vida digo, con mayor o menor inteligencia, más o menos bien escrito, en grande o pequeño estilo y con mucho de una misma en cada letra.
Pero en ésto, como en todo, puede opinar cualquiera.


Vivo en un país libre, o eso me creo tal vez porque necesito creerlo o es lo que me dijeron. Lejos de mí está el privar a alguien de opinión, como lejos el dejarme influenciar por lo que piense.
 Pero igual que creo que todos somos iguales ante la ley, creo también en la capacitación del individuo y en la responsabilidad, que tanto de actos como de expresiones tiene hacia la sociedad, en cada opinión que vierta.
No me vale eso de "Es lo que yo pienso" "Yo soy así" o "Digo lo que quiero porque puedo". No, a mí no me vale. Debo ser de esa rara especie de personas.
Creo que uno debe opinar con conocimiento y si no lo tiene, lo adquiere antes de opinar. Uno debe hablar con respeto y si no lo guarda, no se lo merece. Uno debe juzgar con conocimiento y respeto, pero sobre todo con educación.
 Porque cuando uno no conoce, no respeta y juzga sin saber, sin tolerar y sin educación, convierte sus palabras en vómitos, pierde la razón que pudiera tener y se despoja de total credibilidad.

Es un hecho, pueden hacer memoria y comprobar con ejemplos.
No se nos queda en el recuerdo la razón por la que aquel o aquella despotricó y se puso en evidente ridículo, se nos quedan sus palabras, sus formas, su amasijo de incongruencias que transcienden como en base a nada.
Así es y así seguirá siendo. No nos acordamos bien de la fiesta, pero sí de la trompa que con que acabó el día fulanito y de las veces que terminó en el suelo o metiendo la pata.
Por esa y otras razones hoy vi útil retomar el blog. Por el recuerdo que pueda dejar en quien me lea, porque aspiro a que sea congruente, respetuoso y juicioso, aunque entiendo que será por supuesto enjuiciado y ése y no otro, es el motor que me empuja a escribir.

Chabela Ximénez.

jueves, 4 de diciembre de 2014

A mis Treinta y Quince.

Haciendo balance de mis treinta y quince, veo que tanto lo ganado como lo perdido ha sido necesario para ser quien soy. 
Es esta una etapa de mi vida en la que ya no temo decir lo que pienso ni me importan las reacciones que en los demás provoquen mis creencias, ya sean religiosas, políticas o morales.
Me siento libre de ir o no ir a los lugares esperados y lo único que me impide no estar donde se me espera, es la falta de tiempo, de dinero o de ganas.


He limado asperezas con el mundo. No guardo rencor, aunque tengo muy claro por dónde, por quién, o por qué no voy a volver a pasar.
He perdonado, más por mala memoria que por intención o capacidad, más por el amor que Dios me tiene que por el que yo le pueda tener al prójimo.
Tengo a mi lado a toda mi familia, siento que me quieren y que son mi raíz y la parte más alta de mis ramas. Tengo ausencias irreemplazables que me cuidan desde lo alto y me recuerdan que soy mortal y sólo tengo un tiempo para decirte que te quiero.






Tengo amigos, muchos más de los que merezco. Algunos ni siquiera saben que lo son y otros apenas lo recuerdan, pero ahí están, ocupando una parcelita de mi corazón.
Tengo enemigos? No lo sé, o no me acuerdo, ya antes dije que tengo mala memoria. Es posible, principalmente por lo que escribí al principio: No temo decir lo que pienso y me importan poco las reacciones que provoquen en los demás las cosas y las personas en las que creo.








Tengo a una persona especial, un compañero de viaje que está siempre y para todo y me soporta hasta cuando yo misma no me aguanto. Tengo tres alegrías que son mi vida, tres hijas que me hacen creer en el futuro y me convencen de perdurar a través del tiempo y el espacio.
Tengo una fe que me mantiene viva, una seguridad puesta en la vida eterna, hermanos que están y se les ve y un camino por delante que nunca estoy segura de poder o querer seguir.
Tengo amor, tengo vida y esperanza, tengo, vamos a ver... Como dijo el poeta, lo que tenía que tener.                                                            

                                                                 Chabela Ximenez.





viernes, 10 de octubre de 2014

De apestados y despechados

La crisis del ébola en la que España es tristemente el primer caso europeo de contagio, así como las reacciones personales y las opiniones particulares de propios y ajenos al tema, me llevan a pensar en los difícil que es mantener la ética, la moral o, si ustedes quieren, la misericordia cristiana o el propio sentido de amor o caridad hacia el prójimo, cuando nos domina el miedo.



Conocer que los mismos compañeros de la afectada por el virus se han negado a atenderla por miedo al contagio,p que sus vecinos se afanen en limpiar todos los lugares que haya podido utilizar o tocar esta mujer, no me ha sorprendido.
 Incluso comprendo su forma de actuar, porque el miedo enturbia el entendimiento y anestesia los sentimientos, provoca reacciones que en otras circunstancias nos parecerían absurdas y saca de nuestro interior el egoísmo propio del instinto de la supervivencia.  Y en éste tema hay miedo, mucho miedo, inseguridad y falta de confianza en los que dirigen el cotarro. Ojo, que no estoy diciendo que nos comportemos como animales enjaulados, abandonados en la selva con un león al lado, pero lo estoy pensando.

En mi poco sana costumbre de ponerme en el lugar de la enfermera, que está ajena a todos los comentarios y culpas con que la están acribillando, o de su marido, que asiste a todo, en plena consciencia de estar al borde de perder a su mujer y que ya ha perdido a su mejor amigo, su perro, que en el caso de las parejas solas es como su propio hijo, y realmente no acierto a abarcar tanta desesperación.


Lo cierto es que lo más cerca que me he sentido de ése desprecio o del trato de apestados que están sufriendo fue hace veinte años, cuando se me ocurrió no dejarme plagiar las ideas e iniciativas por parte de un tiranillo jefezuelo de pueblo, que gozaba del apoyo de las masas y la admiración populista. Aquello me reportó el mayor de los destierros afectivos que he sufrido en mi vida, hasta el punto de llegar a abandonar la más satisfactoria de mis aficiones, la comunicación.

No suelo volver sobre aquello porque es pasado pisado y, desde el punto y hora en que mi corazón no busca cobrarlo, considero que perdoné. Pero lo cierto es que a partir de entonces el temor a ser el centro de una injusticia me ha perseguido hasta el día de hoy y, la solidaridad que me brota ante el caso de éste matrimonio fatalmente famoso, e inevitablemente solo, me remueve por dentro y me hace preguntarme de qué clase de material estamos hechos.



Es verdad que a partir de ésa experiencia de hace ya veinte años he formado parte de otras desagradables situaciones, que yo misma me he buscado por mi falta de indiferencia hacia la injusticia humana.

 Es cierto que por no callar o no acatar, por dar la cara o no tragar, por señalar el egocentrismo o resaltar la soberbia de alguna persona casi intocable, me he visto envuelta en circunstancias tensas, desagradables o casi irrisorias.

No paso por alto que hay veces en las que antes del saludo ha venido la duda y antes, la mirada panorámica del miedo a ver quien observa y pueda comentar, y antes, la sonrisa forzada y la incomodidad de tener que responder al saludo de quien nada le hizo, pero alguien antes señaló con el dedo.


Cosas como éstas entran dentro de la proyección de los miedos propios en las personas débiles y realmente me provocan un sonrisa de lástima y me animan a saludar con más énfasis a quienes quieren evitarme el saludo.
 Así soy yo, dando siempre tres por uno, como el Carrefour, en pleno proceso siempre de conversión y siempre pecando. Dios me perdone o me quite la ocasión.

Porque la situación de esta pobre pareja multiplica por mil ése sentimiento de repulsa hacia la injusticia, que aterra más por la soledad y la falta de sentimientos que provoca, que por la propia virulencia de la enfermedad mortal con la que se han encontrado, fortuitamente o gracias a la ineptitud de otros.
                                                    
                                                                  Chabela Jiménez.