Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

martes, 29 de marzo de 2011

Un Poemilla de Amor para un día de Primavera

Si caminas junto a mí, ellos no entienden, que después de tantos años tengamos todavía a donde ir juntos.
Si vas un paso atrás no nos comprenden, menosprecian tu gesto en cobardía, sin saber que me cubres la espalda con tu cuerpo.
Si vas delante de mí, abriendo el paso, liberando el camino de las sombras, no adivinan que así tu me proteges, no intentes explicar, no nos comprenden, no saben de nosotros, sólo es eso.
Cómo van a entender que dos personas puedan ser una y a la vez el mundo,
Que nos bastamos y sobramos juntos
Que todos se nos antoja decorado, de una obra de amor de actos y actos, que cada amanecer representamos.
No saben de guirnaldas ni de barro, de lo hermoso o lo triste que vivimos. De las grandes murallas que sorteamos, ni  las veces que perdimos el camino.
No intentes explicar, no nos conocen, no entienden el amor fuera del cuerpo. Cuando los pasos y la piel se agrietan, cuando resurge en la mirada el sueño. No somos como ellos, mi viejito, tu y yo supimos del amor eterno.

domingo, 27 de marzo de 2011

El misterio del jueves privado.

Era algo privado, eso saltaba a la vista. Era como esas palabras que se dicen pero no se acaban de decir, como algo que se conoce pero no se comparte, un verdadero misterio dentro de la casa.
Mi madre y mi tía tomaban café en la cocina. Recuerdo la mesa grande de madera, el olor del guiso ya hirbiendo desde la mañana, la calidez del sol filtrándose entre las cortinas estampadas de manzanas verdes y plátanos amarillos sin pintitas. Todo está dibujado en mi memoria.
Ellas riendo porque una había dicho la frase del eclipse: "Es que hoy es jueves" , "ni hablar, el jueves fue ayer" , todo entre risas. Y yo contando y recontando los días de la semana porque estaba convencida de que era lunes, que el día anterior fue domingo y al siguiente sería miércoles. Era verdaderamente desesperante, como descubrir que el mundo rodaba sin tí, que el tiempo llevaba otro ritmo y que eras incapaz de seguirlo.
Creo que en esos días se fraguaron muchas de mis inseguridades. Probablemente esas dos señoras sean las culpables de que vuelva sobre mis pasos cada vez que salgo de casa para ver si apagué el fuego de la cocina, o salga nada más llegar para comprobar que cerré bien el coche. Toda causa tiene su consecuencia, eso sí que lo tengo por seguro.

En otra ocasión mi padre llegaba de trabajar después de varios días "dando brochazos" en otra ciudad. Eran tiempos difíciles e intentaba sacar adelante una casa con cinco hijos, era usual que se ausentara casi toda la semana, yendo y viniendo de donde hubiera trabajo según la época del año. Por otro lado, menos mal, porque de haberse quedado siempre por la zona, hubiéramos llegado a ser el equipo de futbol que él siempre soñó, once más el banquillo. Pero el Señor es misericordioso y nos dejó en equipo de voleibol, bendito sea.

Pues llegaba el hombre y cenaba con todos los niños alrededor preguntando qué nos traía. "De comer" decía la mayoría de las veces con ese don de palabra que siempre lo caracterizó. Pero esperábamos y esperábamos y al final sacaba del bolsillo alguna chuchería, unas almendras saladas o algún paquete de caramelos que repartíamos como buenos hermanitos: a tonto el último.

Entonces salía a colación la dichosa frase de los misterios, siempre entre risas, siempre enigmática:"Acuesta a los niños que hoy es jueves". Y la sensación de estár perdiéndome el final de la película volvía, como un mazo a martillear mi seguridad emocional. ¿Acaso no era yo la mayor de los cinco, cómo se me podía escapar aquel chiste de mayores si yo ya podía ver las películas de un rombo? Dios qué desesperación.

Pero no quedó ahí la cosa, fueron muchos los años en los que me anduve preguntando por el jeroglífico dichoso, hasta después de casada y con hijas pregunté. Y no sólo yo, también los otros cuatro del voleibol tuvieron la misma intriga contenida hasta hace poco tiempo, hasta que entre bromas y veras un día de celebración de una de tantas cosas que nosotros celebramos, con dos copitas bien puestas se les escapó la historia.

Y es que cuentan que, de jóven, mi madre siempre pasaba por la Puerta Osario para ir a trabajar y un hombretón ya de años, de estos que nacen inocentes y son niños toda su vida, le preguntaba cada día si era jueves.
Con el tiempo se enteró de que el padre del niño, que ya no era tan niño y de algunas cosas ya sí tenía conocimiento y necesidad, lo llevaba cada jueves a conocer mujer y claro está, la criatura quería saber en el día en el que vivía.

De modo que ese era el misterio y de ahí venía la clave de tanta sonrisa de mayores. Ahora se entiende que nunca lo contara cuando fuimos niños y da algunas pautas de lo que fue la educación sexual de aquellos años en nuestro país.
De todas formas, porque los errores tienden a repetirse y la educación sexual que tenemos es la que nos dieron, tampoco le hemos explicado a nuestras hijas por qué les decimos cualquier día de la semana "A la cama, que hoy es jueves". Tal vez algún día, cuando ya tengas hijos y todo eso,en una celebración de una de tantas cosas que nosotros celebramos y con dos copitas, lo mismo se nos escapa.

CUENTO DE UNA NOCHE DE VIERNES.

Creo que eran más de las diez de la noche cuando encontré a mi padre trabajando en su taller de restauración. No es que sea restaurador, no, mi padre es pintor de brocha gorda pero como dice mi madre, "se da arte" con esto de sacarle la edad a los muebles viejos o desechados.
Aún no le ha dado por rastrear en los mercadillos o buscar lo que la gente tira, todo llegará, aunque  tiene, eso sí,  la habilidad de dar con ellos como si tuviera un radar orientado. En cada proyecto de obra y pintura que acomete, consigue algún mueble para restaurar, un trabajillo extra para el fin de semana con el consiguiente disgusto de mi madre, que no encuentra el momento libre adecuado para hacer el ansiado viaje al Caribe, que se llevan prometiendo toda la vida.
En ello estaba cuando llegué para mi cena familiar semanal, no con el sueño del viaje al Caribe sino con la realidad de una preciosa cama victoriana entre las manos.
- Pero ¿quién te ha dado eso?- Le pregunté.
- ¿Puedes creerlo? El hotel que estoy pintando lo tenía en el sótano y pretendían que lo tirara al contenedor.
En realidad no suelo prestar atención a los muebles que mi padre rescata de las fauces del olvido, pero esa cama tenía una belleza espectacular aún sin restaurar. El cabecero era de madera y tenía en el centro unas rosas en relieve maravillosamente talladas. Los traveseros estaban trabajados en forma de avispero de roble macizo con un calado imposible de definir de tanta dificultad y ornamentación artesanal como encerraban. Me contó mi padre que entre cuatro hombres no pudieron mover aquella cama y que tuvieron que optar por desmontarla, para lo cual emplearon casi tres horas. No podía salir de mi asombro.

Durante más de un mes fui cada día a ver los progresos que iban consiguiendo, pacientemente, con aquella obra de arte. Y digo iban porque la viajera caribeña también se unió a los trabajos y anduvo forrando de terciopelo salmón cuanta superficie plana encontraba, dándole un aspecto de bombonera lujosa al resultado. Era sencillamente espectacular lo que estaban consiguiendo.
Mientras ellos trabajaban, queriendo quizás hacerme un hueco en el proyecto o por pura y simple curiosidad, yo me dediqué a investigar la historia del hotel, de su constructor, de su decorador, de las personas importantes que pasaron por él en los casi doscientos años de historia de su existencia y lo cierto es que quedé francamente sorprendida. El primer dueño del edificio fue un duque alemán, un incansable viajero que se estableció en nuestra ciudad después de casarse en América. De allí fue precisamente de donde trajeron los cargueros de madera para el interior del hotel, de la mismísima selva amazónica, de donde se creía que era originaria la esposa de nuestro duque. Dicen las crónicas de esa época que todos los muebles fueron encargados en un famoso taller de Flandes y que se tardó más de diez años en inaugurar el hotel, por la dificultad para el transporte y el coste que supuso. Pero lo más interesante estaba en las historias de la historia, es decir, en la leyenda que arrastraba.
Se decía que existía un verdadero interés por dormir en la suite nupcial del hotel y que los más distinguidos personajes habían llegado a mayores por acceder a ese privilegio.
 Al parecer, según contaban, después de pasar una noche en aquella habitación se les revelaba en sueños la solución a las decisiones que debían tomar para encontrar el camino hasta la felicidad. Era tal la fuerza de aquellas revelaciones que se decía que en aquella cama llamada "la del ramo de rosas" fue donde se decidieron los nombres de muchos gobernantes de la Europa de la época y también donde se determinaron muchos proyectos y conjuras.
Soy una mujer adulta, no creo en cuentos de hadas ni de brujas, pero hoy estoy realmente nerviosa e ilusionada. La cama lleva ya diez días majestuosa, presidiendo la habitación de mis padres, siendo admirada por unos y envidiada por otros, y hoy por fin yo voy a dormir en ella. Tengo la intranquilidad y el hormigueo en la boca del estómago de cuando me mandaban a dormir de pequeña en la noche de Reyes. Claro que no creo en poderes misteriosos ni en bulos de pueblo, ni en historias de brujas amazónicas,  pero me siento expectante por lo que quiera que sea que pueda ocurrir. Siento la sensación de que es una noche importante y no es porque mis padres me pidieran que cuidara de su casa mientras no estaban, es otra cosa que no sé explicar.

Aquí me encuentro, a los pies de esta cama de la leyenda, pensando si no tendría que haberle hablado a mis padres sobre lo que averigüé de su procedencia. Podrían haberme contado algo, si es que había algo que contar. Ahora casi me da miedo acostarme y ellos no están aquí para aconsejarme qué hacer. Si no me equivoco, en estos momentos su avión debe estar tomando tierra a orillas del mar Caribe. Quizás ese sea su camino para encontrar la felicidad.

Relato: Abandono, una paranoia de sábado.

ABANDONO: 
Todas la noches se acostaba con la sensación de que sería la última y cada mañana se levantaba con la intención de suicidarse. No era un hombre infeliz, su vida era una sucesión de días anodinos que terminaban con la esperanza nocturna de no volver a levantarse.
Vivía solo desde que Carmen se marchó con el mismo entusiasmo con el que se instaló en su casa una mañana de resaca.
Encontró sin duda a alguien mas divertido con quien beber las noches de los sábados, o eso dijeron,  y mudaron sus pertenencias a otro sitio.
Se llevaron también la tortuga, el único dinosaurio milenario tan acostumbrado a sobrevivir, que podía incluso aguantar semanas sin comer rodeado de agua sucia y olvido.
Desde entonces sólo mirar la ventana de enfrente le causaba alguna especie de felicidad velada. Ver a la vecina regar las plantas en camisón y adivinar sus movimientos tras los visillos representaba para Manuel un aliciente morboso en aquel vivir sin causa, en que se había convertido su existencia.
Sin Carmen no tenía razones para beber, ni para vivir. Su monótono trabajo poniendo sellos con la fecha en los expedientes recibidos de la Seguridad social, tampoco le animaban para continuar. Las visitas programadas mensualmente a casa de sus progenitores le resultaban pesadas, como los días previos a la visita al dentista. Nada que no fueran las miradas furtivas prodigadas a su vecina, le provocaba el más mínimo interés.
El día que recibió la primera nota curiosamentes no había pensado en suicidarse.
“Vas a morir” decía escuetamente. Manuel esbozó su primera sonrisa en meses.
La segunda nota llegó al día siguiente.
“La muerte está frente a ti”. Manuel no pudo evitar mirar por la ventana. Su vecina regaba un geranio rosa. Llevaba su camisón azul cielo.
Las siguientes notas de aquella semana le hicieron pensar que la broma ya estaba durando demasiado. Pensó en avisar a la policía, en consultar con alguien, pero no tenía nada que denunciar ni sospechaba de nadie.
Sin más dejó de abrir su buzón. Tampoco volvió a abrir la ventana.
Días más tarde vio movimiento tras las cortinas. Unos hombres trajeados medían las paredes y anotaban datos en una carpeta. Uno de ellos colocó un cartel de Se Vende en el balcón.
 Miró a los pies de la cama, donde asomaba un trozo de tejido azul cielo.Una sensación de abandono inundó su alma y lo invadieron de nuevo los deseos de morir.
 Manuel comprendió que ella también se había ido, igual que Carmen. Y ni siquiera se había llevado el camisón. 

DE LUNES, BIENVENIDA A ESPAÑA, LA TIERRA.

EL LUNES COMIENZA CON UNA RETENCIÓN DE ESAS QUE TE HACEN TOMARLE CARIÑO AL CONDUCTOR DE DELANTE. EL DÍA LO INTENTA, TE RECIBE CON SOL Y UN AIRECILLO APETECIBLE SI FUERA DOMINGO Y ESTUVIÉRAMOS EN EL CAMPO.
UN MILLON DE PARADOS MAYORES DE 45 AÑOS TEME DESPERTARSE PARA VIVIR OTRO DÍA DE DESASOSIEGO. PERO NUESTROS SINDICATOS HOY SÍ PROTESTAN, AUNQUE ES SÓLO PORQUE SE FILTRARON LAS CIFRAS DEL PARO ANTES DE TIEMPO.
HAY UNA OFERTA DE AUXILIAR EN LA QUE EL REQUISITO MÍNIMO ES SER DIPLOMADO, NO ES LA ÚNICA. ME DIVIERTE Y ME APENA LA OFERTA DE AYUDANTE DE FRUTERO CON INGLÉS ALTO PARA UN PUEBLO DE DOS MIL HABITANTES. VA A PASAR ESTE LUNES COMO TANTOS OTROS, ESA ES LA BUENA NOTICIA. LA MALA TAMBIÉN. ADORO MI PAÍS.
18:25:49 . 03 Mayo 2010

RESIGNACIÓN MARCIANA, DE MARTES.

Sin sentido figurado o desfigurado, seguimos con paso lento y casi tumbado, nada que ver con el "tumbao" caribeño por cierto, sin ganas de empezar algo porque no hay por donde terminar.
Se nos transfigura tanto la persona que somos más agresivos que nunca al volante. Despiertas a bocinazos y malos gestos en las mañanas maravillosas de la primavera, que hace lo que puede con el entorno, intentando que se nos contagie un brote de esperanza.
Tenemos veinte mil parados menos dice triunfalista el telediario. Me pregunto de dónde serán, en mi barrio los coches siguen aparcados a las diez de la mañana.
Aún así vamos a colaborar con el resurgimiento de los paises con verdaderos problemas económicos, eso sí. Mis dirigentes se reunen para tratar el tema de la ayuda a Grecia y no dejan de repetir que no es el suyo nuestro caso. Son tran creibles que hoy la bolsa ha caído varios puntos por el miedo al contagio.
Me pregunto si será otra epidemia como esa de la gripe A, tan voraz que iba a acabar con la población mundial, tan selectiva que sólo tendría vacunas para unos pocos y tan ignorada que ni esos pocos fueron a reclamarlas. Espero ciertamente que pudieran devolver las dosis porque yo creo que ese gasto desmedido bien pudo ser uno de los causantes de que mi médico de cabecera me recete ibuprofeno para todo.
Debe ser un ahorro ahora para la Seguridad Social, pero teniendo en cuenta que las mujeres a partir de los 40 tenemos cambios hormonales importantes, junto con la ingesta escesiva del retenedor de líquidos por escelencia, vease ibuprofeno, el ahorro se les puede convertir en gasto desmesurado en endocrinos, cuando estos cuerpos serranos reaccionen y se rebelen.
No está mal para ser martes, he descubierto que mi futuro inmediato en este país es ser una obesa-parada-de España. Bueno, qué le vamos a hacer, podía ser peor, no sé de que manera pero debe de poder ser peor. Habrá que resignarse porque no vamos a ser obesa-parada-de España-insurrecta, ¿no? Tendría que cambiarle el título al artículo y tampoco vamos a ser tan perfeccionistas.
Ahí quedó.

19:30:23 . 04 Mayo 2010

MIERCOLES DE MIERDA.

Recuerdo que hubo un lunes de fiesta. No puedo poner en pie de qué festividad se trataba pero hubo un puente y la semana empezó el martes.
En un mundo tan programado como es el de un niño de cuatro años, mi hija tenía bien definidas sus prioridades y obligaciones:
Un cuadrante pegado al frigorífico con imanes nos decía qué había que llevar de desayuno cada día de la semana. Lunes: galletas o bizcocho casero, Martes: bocadillo, Miércoles: fruta, Jueves: Lacteos, Viernes: lo que más le haya gustado.
Otra hojilla repartida a primero de curso nos avisaba de que el miércoles debía llevar ropa deportiva con calzado de velcro para la gimnasia y la sicomotricidad.
Una octavilla por trimestre, coincidiendo con el cambio de estación, nos recordaba la necesidad de revisar las cabezas de los niños por los riesgos de visitantes.
Todo estaba organizado y milimétricamente previsto. Lógicamente porque para los niños los hábitos son el aprendizaje y la costumbre, la seguridad.

Si hasta ahí yo lo entiendo, si me aprendí lo de Lunes-luna, Martes-martillo, Miércoles-miel, Jueves-juguete y viernes-viento, si estoy de acuerdo con los métodos de enseñanza de los cursos de infantil (ya de los otros habría que abrir página extra, pero de los de infantil, conforme al cien por cien). Lo dicho, nada que objetar al respecto.

Pero claro, hay un día de fiesta, se te enajena la cotidianidad, ni te has dado cuenta del festivo porque has puesto el mismo número de lavadoras y has barrido y limpiado lo de todos los días, y entonces puede ocurrir.

Y claro que ocurrió. El Martes-martillo, muy alerta: bocadillo. Y el Miércoles-miel, abducida y fuera de órbita: bocadillo de nuevo, faldita vaquera corta, medias blancas con margarita bordada en el tobillo y zapatitos de hebilla.

La tragedia se masticaba en el ambiente cuando llegamos a la puerta del colegio. Algunas madres miraban como si directamente hubíeramos cavado con nuestras manos el mísmisimo agujero de ozono.
Una, bienintencionada y sagaz como ella sola señora, se acerca a la niña y con voz de dirigirse a los niños o a los gnomos de la madre de "La niña Repelente", le dice a mi hija:
- Ceci, ¿tú no sabes que hoy es Miércoles-miel y toca frutita y ropa deportiva?

La criatura abre los abanicos de los ojos y me interroga con un halo de desesperación en la mirada:
- Mamá, hoy qué es, ¿Miércoles-miel?

Entonces yo miro sus zapatitos de hebilla, su faltida vaquera corta y sus medias blancas con margaritas bordadas en los tobillos, recuerdo el bocadillo de chorizo que lleva en la cartera e imagino cómo será el día de colegio que le espera, cuando la "Seño" le ponga carita disgustada en la hoja de hábitos y en el salón de deporte no pueda hacer el paso del cangrejo por el suelo, como todos sus compañeros.
La miro y pienso que la vida empieza ese día a mostrarle que puede ser amarga, que si es diferente y no sigue la corriente establecida va a sufrir lo indecible, que hoy puede ser el primer día de una lista interminable de días imperfectos y decepcionantes de su existencia como ser humano...

Y fue cuando lo hice, lo reconozco, perdí toda compostura, me salió la ordinaria que todas llevamos dentro, se me borraron de un soplo las buenas maneras y la educación exquisita de la que hago gala, y contesté.

A su pregunta inocente de "hoy qué es, miércoles-miel" le contesté con toda la decepción y la ira de años de no estar a la altura:
-Hoy no es miércoles-miel, hija, hoy es ¡miércoles de mierda!
Ese día le cambiamos el nombre al puñetero miércoles y bautizamos nuestras saga anécdotas íntimas de madre e hija.
Ahí quedó.
00:26:00 . 06 Mayo 2010

PUES NO, YO NO SOY ROCIERA.

Hace más de dos meses que en la puerta de mis vecinos hay aparcado un carromato que día a día se ha ido convirtiendo en carreta rociera. Dadas las dimensiones del artefacto a ruedas hemos perdido en la calle seis aparcamientos.
Cada tarde al llegar a casa tengo que jugar al tetris para acoplar mi utilitario no demasiado lejos de mi casa, con idea de no parecer un burro con alforjas acarreando la compra desde cien metros de distancia. Acabo agotada de cargar y descargar y encima tengo que aguantar la cara larga de mi vecina porque le he aparcado en su puerta y, cuando llegue su hijo, será él el que tenga que jugar al tetris con su coche. Pero no pasa nada, todo sea por el Rocío.

Ayer y hoy han sido festivos para los niños, no ha habido colegio en el pueblo donde estudian porque salen las carretas de Rocío. Durante toda la mañana y hasta pasadas las seis de la tarde un bombardeo de cohetes ha amenizado los cielos de mi pueblo, que, aunque no tiene su salida de carretas hoy, es lugar de paso para todas las que vienen subiendo el Aljarafe.

Para ir a comprar al supermercado he tenido que salir por la autopista porque todos los caminos y carreteras generales estaban cortados, llenos de caballos y yeguas, carretas y carromatos, flamencos y flamencas, romeros y romeras (hay que decir bien todos los géneros que si nó se nos enfada la ministra de igualdad). Para volver del supermercado me he tragado diez minutos de coche parado por un fornido guardia al que tanto le daba que estuviera en frente de mi casa.

Todos mis vecinos han salido a ver pasar las carretas de los otros pueblos y a terminar de preprar las suyas propias para la salida de mañana. Mañana no hay que olvidar que será festivo aquí, luego ni pensar en salir de la casa en coche, so pena de volver a la caída de la noche.

A todo esto la pregunta que se repite a todas horas: Niña, ¿tú no vas al Rocío?
No señora, me dan alergia los pinos. Y esas caras que te miran como si hubieras sido tú la que puso la reja para que no se saltaran a sacar a la Virgen.

Y qué le hago si no me gusta la idea de estar siete días vestida de flamenca montada en un carro y tragando polvo, si no me imagino con este calor cantando por entre los caminos y arrascándome como un mono con las alergias primaverales, si no me parece que sea lo más lógico para mi maltrecha economía el gastarme lo que no tengo para llevar un bar ambulante por el gusto de derrochar alegría con todo el que me encuentre. ¿Qué puedo hacer yo si no me gusta el Rocío?

Si yo no digo que no sea bonito, para el que le guste, si no digo que no haya fe y que esa sea una forma como otra cualquiera de demostrarla, si no se me ocurriría pensar que todo es pasarlo bien y que hay quien se viene sin siquiera ver a la Virgen, ¿quién soy yo para manifestarme de esa forma?

Yo lo que digo es que la Virgen va a estar allí todo el año y cualquiera de los días es bueno para ir a verla y a rezarle, que no pasa un año sin que la visite, escuche misa y le prenda una vela de agradecimiento. Entonces, ¿Para qué tanta pregunta? ¿Acaso haría falta una sosa como yo en la romería? Andando, a disfrutarla, que Nuestra Señora del Rocío los acompañe y los proteja, que vuelvan llenos de fe y alegría para todo el año, que el próximo puedan ir a verla. Llévense mis mejores deseos pero déjenme aquí, sin caballos, sin cohetes, sin calor, sin polvo y arena, sin pinos, cantes ni bailes, que yo no soy rociera.
18 Mayo 2010

RECUERDOS DE BARRIO ALEGRE.

AQUELLA VECINA.



En mi barrio no hace falta que suene el despertador, en realidad no hace falta si quiera tener reloj, porque todo momento tiene marcado un acontecimiento.
Hoy es martes, no necesito mirar el almanaque para saberlo.
A las 8 de la mañana oigo la voz de mi vecina en el portal. Y qué si vivo en un tercero, ella tiene voz para llegar a mi habitación, salir por la ventana y despertar al resto de terceros que se comunican por el ojo de patio. Yo creo que es capaz de llegar con su voz hasta el ayuntamiento. Tiene una voz tan libre y voladora que se eleva por los cielos y cimbrea los oídos del astronauta ese americano que está arreglando no se qué piececita desprendida de la nave.
- ¡Yo me viá cagá en los muertos y en la puta madre del dueño de los perritos!


Indudablemente, hoy es martes. Los martes mi vecina limpia las escalera del bloque de enfrente y por ende todo el callejón. Porque para limpia, mi vecina.
Ella limpia con lejía hasta las pinzas de tender la ropa, una vez por semana. Cuando la oí decirlo en la tienda del barrio me sentí la ama de casa más incompetente del mundo. Tengo que serlo porque a mí no se me hubiera ocurrido en la vida lavar las pinzas de la ropa.
Pero a ella sí.
Mi vecina limpia escaleras, bueno en realidad limpia todo lo que le sale desde que su marido cayó enfermo. Limpia escaleras, pinta las casas, hace las limpiezas en donde la llaman y friega una pescadería-freiduría que jamás tendrá problemas con Seguridad e Higiene.

Es la mujer que más trabaja del mundo porque es muy limpia, extremadamente limpia, limpia como los chorros del oro, obsesivamente limpia, creo. Pero eso lo creo porque yo soy el ama de casa más incompetente del mundo y lo más probable es que me coma la envidia.

Seguramente hoy martes habrá empezado a las siete de la mañana a limpiar el bloque, incluidos los azulejos de las paredes, después de dejar limpia su casa, y a las ocho de la mañana, cuando su voz se acuerda de los familiares y amigos del dueño del perro, ella ya habrá fregado todas las barandillas de los jardines comunitarios y habrá escamondado con lejía pura cada micción de canino que hubiera vertida en toda la calle.

Su fijación está en las esquinas. Es a la única persona del mundo a la que le he oído decir “que bien huele a zotal”. Lo prometo. Y puedo prometer que la he visto despelucar una escoba refregando la pared de una esquina. Eso sí, sin dejar por un instante de gritar.
Y no es que grite porque grite, es que su tono natural de voz es el grito. Ya cuando se enfada o protesta por algo, generalmente referido a la limpieza, el tono de voz alcanza límites insospechados, de imposible mesura hasta para los audiómetros más sofisticados.

Luego es buena persona, cariñosa y muy servicial, siempre dispuesta a hacer un favor. Es una luchadora nata que ha conseguido levantar su casa, sin haber sabido lo que era trabajar hasta que su marido cayó enfermo. Pero cada martes, a las ocho de la mañana, mis sentimientos hacia ella divergen en extremo. Por una parte, la rabia y la impotencia por no tener una voz potente para decirle que haga el favor de gritar para adentro, por otra, la alegría indescriptible de no ser yo la dueña del perrito.

UN ALTO PARA EL PENSAMIENTO, REFLEXIONES.

Nunca deja de sorprenderme la condición humana.
Somos capaces de los gestos más loables como a la vez y casi hasta al mismo tiempo, de los más bajos o soeces.
Hay quien teme la soledad con tanta intensidad que,  para no sentirse solo, se presta hasta límites insospechados a juegos de sibuaneo (palabra de mi cosecha resultante del conocido “si, buana”) que lo reducen a la mínima expresión de la dignidad.
Hay quien, por la necesidad de estar en la cresta de la ola, pasa por encima de todo y de todos olvidando hasta el menor sentido de la decencia, el agradecimiento, la amistad o la fidelidad a uno mismo y sigue los cantares de las sirenas que más gritan, suponiendo que por ello serán las más escuchadas.
He llegado a un momento en mi vida en el que me cuesta catalogarme. Me siento tan libre en mi gama de colores entre el blanco y el negro que disfruto enormemente de mi condición de ser pensante e incluso escribiente sin necesidad del reconocimiento de las masas, sólo con mi propio convencimiento de estar haciendo lo correcto.
Dormir toda la noche sin lastres ni malas conciencias es algo que valoro más que cualquier premio a la valentía por poner en mi boca los pensamientos ajenos que otros insinúan y no se atreven a decir. Ya no me llenan los falsos halagos ni me vanaglorio por estar en la onda de los pensamientos punteros o de la mayoría.

En mi particular búsqueda de la libertad, descubrí que ese es un estado físico y mental al que se llega cuando no te afectan los comentarios de los que ni conoces ni te conocen y sólo te hacen daño las malas interpretaciones de los que aprecias.
La honestidad, la falta de dobleces, la transparencia moral, son virtudes que valoro por sobre todas las cosas, sin tener en cuenta que coincidan o no con mis propios valores, porque la verdad es relativa para el género humano y jamás existieron dos personas con idénticas formas de sentir.

Si consigo coincidir en algunos puntos con la gente de la que me rodeo me doy por satisfecha porque es probable que los picos de nuestra gráfica de probabilidades puedan limarse y la vida nos regale momentos curvilíneos de acercamiento intelectual, personal y espiritual,  que nos hagan aprender a los unos de los otros para llegar a ser mejores personas.
No me gustan las apuestas, no me gusta bailar al son del que tiene puesta la radio más fuerte, no me gustan los coletazos mentales, pensar hoy una cosa de una persona y mañana darle la espalda porque no sigue mi pensamiento a rajatabla.
Me parece de una bajeza grande volver mi espalda a alguien sólo porque los demás lo hacen. Probablemente que mi espalda se vuelva o no, le afectará muy poco a la persona a quien todos se la vuelven, pero yo no quiero formar parte del muro que no la deje ver la luz del sol y es por mí y por mi propia libertad por lo que decido no ser ladrillo de ninguna muralla que coarte la libertad de nadie de ser ella misma.
El dolor no da derechos. El haber sufrido no te exime de responsabilidades. La responsabilidad de cada persona es superarse y mejorar, construir un entorno mejor para los que se quedan, romper la cadena del odio y dividir la fuerza de la venganza desbocada.

El día que el hombre entienda que es desde el amor desde donde se construye el mundo, algo cambiará para la humanidad.
Yo espero colaborar para dejar a mis hijos y a los hijos de mi generación un mundo menos  interesado del que mis padres me pudieron dejar a mí.

En este día yo les reconozco el esfuerzo de intentarlo con todas sus ganas y con muy pocos medios, el esfuerzo de enseñarme unos valores no para defenderme en el mundo, sino para participar en su reconstrucción.

 Ese esfuerzo seguramente no dará frutos en mí, pero yo confío en que podré actuar de hilo conductor hasta mis hijos, mis nietos o los nietos de mis hijos y en un futuro espero que no muy lejano, alguno de ellos pueda alcanzar a ver el final de todos los males e injusticias que hemos ido creando y dejando que subsistan, más pendientes de nuestro propio ombligo que de lo que de verdad importa al ser humano.
Chabela Jiménez.
12:25:11 . 05 Jul 2010

LA FAMILIA, RAICES DEL CORAZÓN.

Son como barquitas de una mar llena de corrientes, cada una navegando en una dirección, arrastradas por múltiples tareas de vida. Viven alejadas unas de otras, remando en direcciones contrarias o compartidas, a millas de distancia o rozándose la proa con la popa hasta arañar el cascarón.

Si las ves juntas, miles de estrellas de colores te anuncian que son felices de encontrarse. Una ruidosa algarabía te transportará hasta días de niñez y felicidad, de gamberradas y risas, de trastos y pan con aceite.

Nadie puede evitar que se les salte la pintura, que sus anclas se oxiden, que se destiñan sus nombres grabados sobre madera que ya va siendo vieja y quebradiza. Nadie evitará que el navegar juntas les produzca algún arañazo de tan cercanas, ni que alguno sea más grieta que rozadura, siempre se dijo que el roce produce chispas y las chispas fuego, pero también es verdad que el fuego purifica.

De vez en cuando el encuentro se hace inevitable. Una alegría, una pena, un nacimiento, una despedida.
Hasta en los momentos más tristes se nos escapa una sonrisa por volvernos a encontrar, por reconocernos los unos en los otros.Captamos como por instinto que somos un todo, que pertenecemos a la misma identidad que camina por nuestro cuerpo acercándonos, uniéndonos, haciéndonos entender que estamos en casa. Somos de la misma sangre.

Mis mayores decían que la sangre tira. Lo he escuchado tantas veces y jamás lo creí. Siempre he pensado que eran cosas de viejos, de aquellos que vivieron la guerra, la dictadura, el hambre, de aquellos que nunca entenderán que somos parte de Europa, que pertenecemos a una sociedad individualista donde tus mejores amigos son los que conoces por internet, porque nunca van a presentase en tu casa sin ser invitados y jamás ocuparán de tu espacio más que el rincón donde tienes el PC.

Siempre pensé que eso eran cosas de los niños que se criaron en los hospicios, de los recogidos y alimentados con la leche en polvo de los americanos, de los que se conocían al salir y se llevaban toda la vida añorando la infancia perdida en la distancia.

Pero tan curioso como encontrar en tus primos los gestos de tu madre o descubrir en sus hijos la sonrisa de tu abuela a la que jamás conocieron, es verte impresa en el resto de ellos como fotografía a color, como calcomanía en tu piel, como resto de ti que vive en otra dimensión. La sangre tira, ahora lo comprendo.

La sangre tira porque te duelen sus cosas, porque te alegran sus alegrías y te mueres de dolor con sus tristezas. La sangre tira porque aunque no los veas los sientes dentro, porque los presientes y los divisas a varios kilómetros de distancias, porque no olvidas sus voces ni sus rostros, porque siempre son reflejo de ti mismo.

Pero sobre todo tira porque te permite dejar de ser lo que no eres, porque te rompe la máscara que creaste frente al mundo, porque tanto les da que no seas lo que soñaste o que tu vida no sea un dechado de logros y de virtudes. Ellos te quieren así, tal y como eres.

Porque, cuando los tienes cerca, vuelves a ser el crío revoltoso, el niño gordito que acababa con la leche condensada, la presumida incorregible que se pintaba la cara frente al espejo, la que se hacía bocatas con un pico y una rodaja de chorizo, el que le quitaba las chucherías a la del puesto de la playa,
la marimacho, la bobalitrona, la moniata, la nani, el chicho, el chamarreta, la currita, la mariquilla terremoto, el yonga y la madre que nos parió.

21:30:28 . 23 Jul 2010

PERSIGUIENDO HORMIGAS: OTRO INVIERNO LLUVIOSO.

 Me he llevado todo el verano persiguiendo hormigas. No sabía que pudieran haber tantas, que hubiera tantos frentes atacando la intimidad de mi hogar. Durante todo el invierno no se ven y una fantasea con la idea de que vive sola con su familia, sin molestos invasores que quieren compartir tu espacio y aniquilar tu tranquilidad. De acuerdo, creo en la existencia de los ácaros porque soy una persona de fe, no porque los haya visto y porque alguna vez estornudo al airear las mantas o las alfombras. Pero lo de las hormigas ciertamente es un misterio.
De un día a otro aparecen en la cocina, en el salón, en el dormitorio, como un reguero de motas, como pespunte negro en traje blanco, como caravana en el desierto. Te armas de insecticida haciendo caso omiso del calentamiento global y atacas sin piedad. Aparecen más, las primas, las tías del pueblo, las amigas de la infancia de todas y cada una a las que arrasaste con el soplido maldito de veneno pulverizado. Vuelves al supermercado y te agencias uno que dice durar todo un año. Levantas armarios, macetas, paraguero, retiras sofás, mandas a todos a la calle para que no se intoxiquen y bañas de muerte a presión toda la casa. Sigues las instrucciones religiosamente: dos días sin mojar la zona afectada, ventilar venticuatro horas, no respirar el ambiente tratado y al tercer día parecen resucitar sin visitar los infiernos.
La desesperación se apodera de tu alma. Escuchas a las viejas veintemil remedios y acabas por comprar cola de carpintero para sellar una a una las entradas y salidas de sus cuevas malditas instaladas ilegalmente en tu propiedad. Para ello las sigues y las persigues, por algún sitio tienen que entrar, una quema, una junta, un agujerillo entre losetas, un desnivel en el suelo, un rinconcillo, cualquier sitio es bueno para que se escondan. Y tu sellas y sellas, taponas, sepultas, toda la casa llena de pegamento, limpias y relimpias por ver si de aburrimiento o de hambre se marchan y esperas con los ojos tan abiertos que tu familia empieza a creer que algo mental te está pasando. Entonces pasa, cada vez ves menos, parece que ya no hay tantas, por este lado ya no pasan pero,¿ estarán todas por debajo de la casa? ¿Se dedicarán ha hacer subterraneos hasta que hundan literalmente los cimientos de éste mi humilde hogar? ¿Continuarán su escarba-escarba hasta ir a visitar a sus sobrinas de China? Creo que me estoy obsesionando. Ya hasta veo personas-hormigas entre los contactos de mis contactos de internet. Persistentes con su escarba-escarba retorciendo los temas, saliendo de debajo de las losetas, de cualquier rincón de debajo de la superficie, en fila india, como motas, como pespunte negro en ropa blanca, con un erre que erre que quiere desgastar mi psique, mi equilibrio, mi claridad mental. Ah! pero no cuentan con mis remedios de viejas, no saben de la existencia de la cola de carpintero que todo lo sepulta. Realmente están perdidas.

LA GENERACION DEL DESENGAÑO.

Es posible que estemos viviendo los últimos momentos de muchas condiciones. Nuestra condición de clase media emprendedora vive sus últimos instantes.
La condición de padre de familia, pilar de la casa y muro de contención ante los vaivenes de la vida, también se tambalea.
 Se muere el estado de bienestar. Se apaga lentamente la sensación de seguridad que se adivinaba con cada amanecer, cuando los hombre y mujeres salían a la calle a buscarse la vida con el convencimiento de que, al terminar el día, se habrían ganado el pan de su casa.Hoy siguen levantándose al alba para engordar las filas en la oficina de empleo. Hay días que desde la esquina se distingue el reguero de paraguas como negro augurio de lo que siempre se está avecinando y nunca termina de explotar. Hoy los más aventajados aún conservan empleos tambaleantes en los que aguantan bajadas de sueldos y cobros que se juntan mes tras mes, porque al pobre empresario no le pagan.  El miedo ante la elección de eso o nada, los mantiene en el eterno aguante, en la miserable alegría de ser uno de los elegidos, de los que todavía pueden decir que están trabajando.El resto, esa masa informe que se arrastra de oferta en oferta de empleo, tiene que bregar con selecciones de personal interminables, con intentos de estafa a cada paso, con la soberbia pedantería de la niña de márketing llegada de la capital, que se permite tildarte de inepto mientras fija su mirada sobre tu hombro, donde esperan cincuenta ineptos más para seleccionar.
 
Si tienes suerte, entrarás en el proceso de formación en el que tendrás dos días de teórica  y el  resto del mes de prácticas, sacándole trabajo a la empresa sin contrato ni sueldo. Trabajando de gratis y legalmente, para que se me entienda.
 El mes siguiente será de prueba y antes de llegar al día treinta se te comunicará que no cumples con las expectativas que se pusieron en ti.
 No te quejes, hay cuarenta y nueve detrás tuya y con tres chollos más como ése, juntas lo necesario para ser subvencionado con la ayuda familiar, un engañabobos más, un caramelito que se te regala sin avisarte de que el relleno es hiel, porque es lo que te ganaste, una ayudita de mierda con la que no sentirte del todo despreciado.
Pero eso si tienes suerte. Si por el contrario fuiste emprendedor, de esos de los que se decía que eran necesarios para que el país funcionara, porque pusiste tus miserables ahorros al servicio de la comunidad y abriste una tiendecita de barrio o te hiciste fontanero, e incluso contrataste a un ayudante en paro, mientras las grandes fortunas sabrá Dios o wikileaks dónde se escondieron, entonces te cagaste fuera, hermano.
Dichoso serás si no arrastras deudas o impagos que ponen en peligro tu techo, dichoso si pudiste pagarle todo a hacienda y a la Seguridad social, dichoso si conservas tu vehículo o si pudiste colocar el género a algún mercadillero de la provincia.
 Más dichoso si conseguiste que te devolvieran la fianza del alquiler del local, o si alguno de los que te dejaban fiado al final se apiadó de ti y te liquidó la cuenta. Porque de los no dichosos se cuentan por millares las depresiones y lo que no se cuenta porque sería hacernos pinchitos de tristeza y tragedia.
Ajenos a subvenciones por cuenta propia, se debería llamar ese grupo inmenso de autónomos de España. Ajenos a derecho a paro, a ayuda familiar, a préstamos con los que liquidar sus deudas. Los bancos están cerrados para ellos, las ayudas gubernamentales también, las subvenciones, el desempleo.
 Son los desterrados de la condición de protegidos. Los abandonados de todas las organizaciones, la clase agonizante de trabajadores en paro.
Generalmente son personas mayores de treinta y cinco años, acostumbrados a trabajar para ellos mismos, formados en una etapa de su vida y pulidos por la experiencia del trabajo de calle. Auténticos profesionales del día a día, tiburones de la lucha a brazo partido con la iniciativa, verdaderos ineptos para empresas explotadoras de la desgracia ajena y abanderadas de la mercadotecnia del chupaculismo nacional.Fueron, fuimos, el futuro de España. Son, somos, la generación del desengaño.