CUENTO DE UNA NOCHE DE VIERNES.

Creo que eran más de las diez de la noche cuando encontré a mi padre trabajando en su taller de restauración. No es que sea restaurador, no, mi padre es pintor de brocha gorda pero como dice mi madre, "se da arte" con esto de sacarle la edad a los muebles viejos o desechados.
Aún no le ha dado por rastrear en los mercadillos o buscar lo que la gente tira, todo llegará, aunque  tiene, eso sí,  la habilidad de dar con ellos como si tuviera un radar orientado. En cada proyecto de obra y pintura que acomete, consigue algún mueble para restaurar, un trabajillo extra para el fin de semana con el consiguiente disgusto de mi madre, que no encuentra el momento libre adecuado para hacer el ansiado viaje al Caribe, que se llevan prometiendo toda la vida.
En ello estaba cuando llegué para mi cena familiar semanal, no con el sueño del viaje al Caribe sino con la realidad de una preciosa cama victoriana entre las manos.
- Pero ¿quién te ha dado eso?- Le pregunté.
- ¿Puedes creerlo? El hotel que estoy pintando lo tenía en el sótano y pretendían que lo tirara al contenedor.
En realidad no suelo prestar atención a los muebles que mi padre rescata de las fauces del olvido, pero esa cama tenía una belleza espectacular aún sin restaurar. El cabecero era de madera y tenía en el centro unas rosas en relieve maravillosamente talladas. Los traveseros estaban trabajados en forma de avispero de roble macizo con un calado imposible de definir de tanta dificultad y ornamentación artesanal como encerraban. Me contó mi padre que entre cuatro hombres no pudieron mover aquella cama y que tuvieron que optar por desmontarla, para lo cual emplearon casi tres horas. No podía salir de mi asombro.

Durante más de un mes fui cada día a ver los progresos que iban consiguiendo, pacientemente, con aquella obra de arte. Y digo iban porque la viajera caribeña también se unió a los trabajos y anduvo forrando de terciopelo salmón cuanta superficie plana encontraba, dándole un aspecto de bombonera lujosa al resultado. Era sencillamente espectacular lo que estaban consiguiendo.
Mientras ellos trabajaban, queriendo quizás hacerme un hueco en el proyecto o por pura y simple curiosidad, yo me dediqué a investigar la historia del hotel, de su constructor, de su decorador, de las personas importantes que pasaron por él en los casi doscientos años de historia de su existencia y lo cierto es que quedé francamente sorprendida. El primer dueño del edificio fue un duque alemán, un incansable viajero que se estableció en nuestra ciudad después de casarse en América. De allí fue precisamente de donde trajeron los cargueros de madera para el interior del hotel, de la mismísima selva amazónica, de donde se creía que era originaria la esposa de nuestro duque. Dicen las crónicas de esa época que todos los muebles fueron encargados en un famoso taller de Flandes y que se tardó más de diez años en inaugurar el hotel, por la dificultad para el transporte y el coste que supuso. Pero lo más interesante estaba en las historias de la historia, es decir, en la leyenda que arrastraba.
Se decía que existía un verdadero interés por dormir en la suite nupcial del hotel y que los más distinguidos personajes habían llegado a mayores por acceder a ese privilegio.
 Al parecer, según contaban, después de pasar una noche en aquella habitación se les revelaba en sueños la solución a las decisiones que debían tomar para encontrar el camino hasta la felicidad. Era tal la fuerza de aquellas revelaciones que se decía que en aquella cama llamada "la del ramo de rosas" fue donde se decidieron los nombres de muchos gobernantes de la Europa de la época y también donde se determinaron muchos proyectos y conjuras.
Soy una mujer adulta, no creo en cuentos de hadas ni de brujas, pero hoy estoy realmente nerviosa e ilusionada. La cama lleva ya diez días majestuosa, presidiendo la habitación de mis padres, siendo admirada por unos y envidiada por otros, y hoy por fin yo voy a dormir en ella. Tengo la intranquilidad y el hormigueo en la boca del estómago de cuando me mandaban a dormir de pequeña en la noche de Reyes. Claro que no creo en poderes misteriosos ni en bulos de pueblo, ni en historias de brujas amazónicas,  pero me siento expectante por lo que quiera que sea que pueda ocurrir. Siento la sensación de que es una noche importante y no es porque mis padres me pidieran que cuidara de su casa mientras no estaban, es otra cosa que no sé explicar.

Aquí me encuentro, a los pies de esta cama de la leyenda, pensando si no tendría que haberle hablado a mis padres sobre lo que averigüé de su procedencia. Podrían haberme contado algo, si es que había algo que contar. Ahora casi me da miedo acostarme y ellos no están aquí para aconsejarme qué hacer. Si no me equivoco, en estos momentos su avión debe estar tomando tierra a orillas del mar Caribe. Quizás ese sea su camino para encontrar la felicidad.

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