LA FAMILIA, RAICES DEL CORAZÓN.

Son como barquitas de una mar llena de corrientes, cada una navegando en una dirección, arrastradas por múltiples tareas de vida. Viven alejadas unas de otras, remando en direcciones contrarias o compartidas, a millas de distancia o rozándose la proa con la popa hasta arañar el cascarón.

Si las ves juntas, miles de estrellas de colores te anuncian que son felices de encontrarse. Una ruidosa algarabía te transportará hasta días de niñez y felicidad, de gamberradas y risas, de trastos y pan con aceite.

Nadie puede evitar que se les salte la pintura, que sus anclas se oxiden, que se destiñan sus nombres grabados sobre madera que ya va siendo vieja y quebradiza. Nadie evitará que el navegar juntas les produzca algún arañazo de tan cercanas, ni que alguno sea más grieta que rozadura, siempre se dijo que el roce produce chispas y las chispas fuego, pero también es verdad que el fuego purifica.

De vez en cuando el encuentro se hace inevitable. Una alegría, una pena, un nacimiento, una despedida.
Hasta en los momentos más tristes se nos escapa una sonrisa por volvernos a encontrar, por reconocernos los unos en los otros.Captamos como por instinto que somos un todo, que pertenecemos a la misma identidad que camina por nuestro cuerpo acercándonos, uniéndonos, haciéndonos entender que estamos en casa. Somos de la misma sangre.

Mis mayores decían que la sangre tira. Lo he escuchado tantas veces y jamás lo creí. Siempre he pensado que eran cosas de viejos, de aquellos que vivieron la guerra, la dictadura, el hambre, de aquellos que nunca entenderán que somos parte de Europa, que pertenecemos a una sociedad individualista donde tus mejores amigos son los que conoces por internet, porque nunca van a presentase en tu casa sin ser invitados y jamás ocuparán de tu espacio más que el rincón donde tienes el PC.

Siempre pensé que eso eran cosas de los niños que se criaron en los hospicios, de los recogidos y alimentados con la leche en polvo de los americanos, de los que se conocían al salir y se llevaban toda la vida añorando la infancia perdida en la distancia.

Pero tan curioso como encontrar en tus primos los gestos de tu madre o descubrir en sus hijos la sonrisa de tu abuela a la que jamás conocieron, es verte impresa en el resto de ellos como fotografía a color, como calcomanía en tu piel, como resto de ti que vive en otra dimensión. La sangre tira, ahora lo comprendo.

La sangre tira porque te duelen sus cosas, porque te alegran sus alegrías y te mueres de dolor con sus tristezas. La sangre tira porque aunque no los veas los sientes dentro, porque los presientes y los divisas a varios kilómetros de distancias, porque no olvidas sus voces ni sus rostros, porque siempre son reflejo de ti mismo.

Pero sobre todo tira porque te permite dejar de ser lo que no eres, porque te rompe la máscara que creaste frente al mundo, porque tanto les da que no seas lo que soñaste o que tu vida no sea un dechado de logros y de virtudes. Ellos te quieren así, tal y como eres.

Porque, cuando los tienes cerca, vuelves a ser el crío revoltoso, el niño gordito que acababa con la leche condensada, la presumida incorregible que se pintaba la cara frente al espejo, la que se hacía bocatas con un pico y una rodaja de chorizo, el que le quitaba las chucherías a la del puesto de la playa,
la marimacho, la bobalitrona, la moniata, la nani, el chicho, el chamarreta, la currita, la mariquilla terremoto, el yonga y la madre que nos parió.

21:30:28 . 23 Jul 2010

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