MIERCOLES DE MIERDA.

Recuerdo que hubo un lunes de fiesta. No puedo poner en pie de qué festividad se trataba pero hubo un puente y la semana empezó el martes.
En un mundo tan programado como es el de un niño de cuatro años, mi hija tenía bien definidas sus prioridades y obligaciones:
Un cuadrante pegado al frigorífico con imanes nos decía qué había que llevar de desayuno cada día de la semana. Lunes: galletas o bizcocho casero, Martes: bocadillo, Miércoles: fruta, Jueves: Lacteos, Viernes: lo que más le haya gustado.
Otra hojilla repartida a primero de curso nos avisaba de que el miércoles debía llevar ropa deportiva con calzado de velcro para la gimnasia y la sicomotricidad.
Una octavilla por trimestre, coincidiendo con el cambio de estación, nos recordaba la necesidad de revisar las cabezas de los niños por los riesgos de visitantes.
Todo estaba organizado y milimétricamente previsto. Lógicamente porque para los niños los hábitos son el aprendizaje y la costumbre, la seguridad.

Si hasta ahí yo lo entiendo, si me aprendí lo de Lunes-luna, Martes-martillo, Miércoles-miel, Jueves-juguete y viernes-viento, si estoy de acuerdo con los métodos de enseñanza de los cursos de infantil (ya de los otros habría que abrir página extra, pero de los de infantil, conforme al cien por cien). Lo dicho, nada que objetar al respecto.

Pero claro, hay un día de fiesta, se te enajena la cotidianidad, ni te has dado cuenta del festivo porque has puesto el mismo número de lavadoras y has barrido y limpiado lo de todos los días, y entonces puede ocurrir.

Y claro que ocurrió. El Martes-martillo, muy alerta: bocadillo. Y el Miércoles-miel, abducida y fuera de órbita: bocadillo de nuevo, faldita vaquera corta, medias blancas con margarita bordada en el tobillo y zapatitos de hebilla.

La tragedia se masticaba en el ambiente cuando llegamos a la puerta del colegio. Algunas madres miraban como si directamente hubíeramos cavado con nuestras manos el mísmisimo agujero de ozono.
Una, bienintencionada y sagaz como ella sola señora, se acerca a la niña y con voz de dirigirse a los niños o a los gnomos de la madre de "La niña Repelente", le dice a mi hija:
- Ceci, ¿tú no sabes que hoy es Miércoles-miel y toca frutita y ropa deportiva?

La criatura abre los abanicos de los ojos y me interroga con un halo de desesperación en la mirada:
- Mamá, hoy qué es, ¿Miércoles-miel?

Entonces yo miro sus zapatitos de hebilla, su faltida vaquera corta y sus medias blancas con margaritas bordadas en los tobillos, recuerdo el bocadillo de chorizo que lleva en la cartera e imagino cómo será el día de colegio que le espera, cuando la "Seño" le ponga carita disgustada en la hoja de hábitos y en el salón de deporte no pueda hacer el paso del cangrejo por el suelo, como todos sus compañeros.
La miro y pienso que la vida empieza ese día a mostrarle que puede ser amarga, que si es diferente y no sigue la corriente establecida va a sufrir lo indecible, que hoy puede ser el primer día de una lista interminable de días imperfectos y decepcionantes de su existencia como ser humano...

Y fue cuando lo hice, lo reconozco, perdí toda compostura, me salió la ordinaria que todas llevamos dentro, se me borraron de un soplo las buenas maneras y la educación exquisita de la que hago gala, y contesté.

A su pregunta inocente de "hoy qué es, miércoles-miel" le contesté con toda la decepción y la ira de años de no estar a la altura:
-Hoy no es miércoles-miel, hija, hoy es ¡miércoles de mierda!
Ese día le cambiamos el nombre al puñetero miércoles y bautizamos nuestras saga anécdotas íntimas de madre e hija.
Ahí quedó.
00:26:00 . 06 Mayo 2010

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