RECUERDOS DE BARRIO ALEGRE.

AQUELLA VECINA.



En mi barrio no hace falta que suene el despertador, en realidad no hace falta si quiera tener reloj, porque todo momento tiene marcado un acontecimiento.
Hoy es martes, no necesito mirar el almanaque para saberlo.
A las 8 de la mañana oigo la voz de mi vecina en el portal. Y qué si vivo en un tercero, ella tiene voz para llegar a mi habitación, salir por la ventana y despertar al resto de terceros que se comunican por el ojo de patio. Yo creo que es capaz de llegar con su voz hasta el ayuntamiento. Tiene una voz tan libre y voladora que se eleva por los cielos y cimbrea los oídos del astronauta ese americano que está arreglando no se qué piececita desprendida de la nave.
- ¡Yo me viá cagá en los muertos y en la puta madre del dueño de los perritos!


Indudablemente, hoy es martes. Los martes mi vecina limpia las escalera del bloque de enfrente y por ende todo el callejón. Porque para limpia, mi vecina.
Ella limpia con lejía hasta las pinzas de tender la ropa, una vez por semana. Cuando la oí decirlo en la tienda del barrio me sentí la ama de casa más incompetente del mundo. Tengo que serlo porque a mí no se me hubiera ocurrido en la vida lavar las pinzas de la ropa.
Pero a ella sí.
Mi vecina limpia escaleras, bueno en realidad limpia todo lo que le sale desde que su marido cayó enfermo. Limpia escaleras, pinta las casas, hace las limpiezas en donde la llaman y friega una pescadería-freiduría que jamás tendrá problemas con Seguridad e Higiene.

Es la mujer que más trabaja del mundo porque es muy limpia, extremadamente limpia, limpia como los chorros del oro, obsesivamente limpia, creo. Pero eso lo creo porque yo soy el ama de casa más incompetente del mundo y lo más probable es que me coma la envidia.

Seguramente hoy martes habrá empezado a las siete de la mañana a limpiar el bloque, incluidos los azulejos de las paredes, después de dejar limpia su casa, y a las ocho de la mañana, cuando su voz se acuerda de los familiares y amigos del dueño del perro, ella ya habrá fregado todas las barandillas de los jardines comunitarios y habrá escamondado con lejía pura cada micción de canino que hubiera vertida en toda la calle.

Su fijación está en las esquinas. Es a la única persona del mundo a la que le he oído decir “que bien huele a zotal”. Lo prometo. Y puedo prometer que la he visto despelucar una escoba refregando la pared de una esquina. Eso sí, sin dejar por un instante de gritar.
Y no es que grite porque grite, es que su tono natural de voz es el grito. Ya cuando se enfada o protesta por algo, generalmente referido a la limpieza, el tono de voz alcanza límites insospechados, de imposible mesura hasta para los audiómetros más sofisticados.

Luego es buena persona, cariñosa y muy servicial, siempre dispuesta a hacer un favor. Es una luchadora nata que ha conseguido levantar su casa, sin haber sabido lo que era trabajar hasta que su marido cayó enfermo. Pero cada martes, a las ocho de la mañana, mis sentimientos hacia ella divergen en extremo. Por una parte, la rabia y la impotencia por no tener una voz potente para decirle que haga el favor de gritar para adentro, por otra, la alegría indescriptible de no ser yo la dueña del perrito.

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