Relato: Abandono, una paranoia de sábado.

ABANDONO: 
Todas la noches se acostaba con la sensación de que sería la última y cada mañana se levantaba con la intención de suicidarse. No era un hombre infeliz, su vida era una sucesión de días anodinos que terminaban con la esperanza nocturna de no volver a levantarse.
Vivía solo desde que Carmen se marchó con el mismo entusiasmo con el que se instaló en su casa una mañana de resaca.
Encontró sin duda a alguien mas divertido con quien beber las noches de los sábados, o eso dijeron,  y mudaron sus pertenencias a otro sitio.
Se llevaron también la tortuga, el único dinosaurio milenario tan acostumbrado a sobrevivir, que podía incluso aguantar semanas sin comer rodeado de agua sucia y olvido.
Desde entonces sólo mirar la ventana de enfrente le causaba alguna especie de felicidad velada. Ver a la vecina regar las plantas en camisón y adivinar sus movimientos tras los visillos representaba para Manuel un aliciente morboso en aquel vivir sin causa, en que se había convertido su existencia.
Sin Carmen no tenía razones para beber, ni para vivir. Su monótono trabajo poniendo sellos con la fecha en los expedientes recibidos de la Seguridad social, tampoco le animaban para continuar. Las visitas programadas mensualmente a casa de sus progenitores le resultaban pesadas, como los días previos a la visita al dentista. Nada que no fueran las miradas furtivas prodigadas a su vecina, le provocaba el más mínimo interés.
El día que recibió la primera nota curiosamentes no había pensado en suicidarse.
“Vas a morir” decía escuetamente. Manuel esbozó su primera sonrisa en meses.
La segunda nota llegó al día siguiente.
“La muerte está frente a ti”. Manuel no pudo evitar mirar por la ventana. Su vecina regaba un geranio rosa. Llevaba su camisón azul cielo.
Las siguientes notas de aquella semana le hicieron pensar que la broma ya estaba durando demasiado. Pensó en avisar a la policía, en consultar con alguien, pero no tenía nada que denunciar ni sospechaba de nadie.
Sin más dejó de abrir su buzón. Tampoco volvió a abrir la ventana.
Días más tarde vio movimiento tras las cortinas. Unos hombres trajeados medían las paredes y anotaban datos en una carpeta. Uno de ellos colocó un cartel de Se Vende en el balcón.
 Miró a los pies de la cama, donde asomaba un trozo de tejido azul cielo.Una sensación de abandono inundó su alma y lo invadieron de nuevo los deseos de morir.
 Manuel comprendió que ella también se había ido, igual que Carmen. Y ni siquiera se había llevado el camisón. 

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