Cultivo una rosa blanca

Qué difícil es en estos días encontrar amistad verdadera. Tendemos por sobre todas las cosas a cuidar de nuestra independencia y a salvaguardar nuestra intimidad y nos encontramos las más de las veces solos como la una, sin un hombro amigo sobre el que llorar o sin una carita sonriente para alegrarnos las notas de este trimestre de vida.

Cuánto amarga la naranja amarga y sin embargo qué buena mermelada se hace con ella. Pienso que los minutos de soledad complementan al ser humano, siempre que sea elegida y no encontrada, que ya no impuesta porque eso sería delito de omisión a un derecho tan fundamental del hombre como es el de amar y ser amado.

 La soledad, ese pájaro grande multicolor que cantaría Milanés, pero que tan negro se vuelve cuando aparece de pronto y a veces tan rodeada de gente.
Los mejores poemas se escriben en soledad, las mejores canciones, las mejores quejas, los mejores reproches, la mejor inquina, el mejor despiadado pensamiento siempre está escrito en soledad.

Y mientras tanto cultivas miles de amigos a traves de unas redes cuasi fantasmas, que es posible que sean tan poco reales como el posicionamiento de las páginas que lees ahora, tan enrevesadas como la fórmula mágica del buscador que te ha traido hasta este absurdo artículo, a propósito de nada.

Entre tanto, hay gente por la calle, el sol brilla y otro como tú y como yo se siente solo mientras pasea a su perro por la avenida. Pero fíjate bien, no está solo, le acompaña el sol, el aire, la astenia primaveral, los pájaros esperando una miga de pan, el perro alargando su paseo, el coche que lo ve cruzar, el mundo entero que depende de que sujete su parte de gravedad para no caerse, es un ser importante y no lo sabe, porque nadie se lo ha dicho aún o porque se lo dijeron tantas veces que al final pensó que era otra campaña publicitaria que vendía felicidad.

Hoy hice una llamada. Anduve unos kilómetros y hablé con alguien a quien no hablaba desde hace miles, como dicen ahora los chavales.
Curiosamente no me había olvidado y a las pocas frases retomamos la amistad donde la habíamos dejado.
 He de admitir que me sentí un poco estúpida al marcar su número, ni siquiera lo tenía ya memorizado en el móvil, pero aún lo recordaba.
 Pensé. para tomar valor, que alguien debía apostar por tantos recuerdos y tantas vivencias compartidas, que no merecía la pena olvidar que hubo un tiempo en que compartimos soledades.
Confesaré que también quería compartir el sol, el sonido de los coches, el piar de los gorriones en primavera con alguien que conociera el poema de Martí:  "Cultivo una rosa blanca, para el amigo sincero que me da su mano franca".
 Hoy rememoré lo que es una conversación sin teclados y de nuevo tuve ganas de escuchar.

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