DONDE MUERE LA ESPERANZA. Relato.

De no ser por el cerco de la luna no lo hubiese visto llegar. El color de su piel se fundía con la noche y las sombras de los árboles camuflaban sus pasos presurosos. Lo tengo- me dijo colocando en mi mano el fajo redoblado de billetes-. Ahora él ya podrá ser libre. Luego abrazó mi vientre y me rozó los labios con un beso rápido, demasiado rápido como para ser una despedida, pero no tan rápido como para poder evitar que viese que lloraba.
No pregunté de donde procedía aquel dinero, podía imaginar que había embargado su vida por nosotros. Me limité a entregarlo a la persona indicada del muelle, que tampoco preguntó, y a intentar convencerme de que con mi trabajo pagaría su enorme deuda. No podía salir mal. Tras el mar estaban las oportunidades, una vida nueva donde poder criar a un niño nacido libre. Trabajaría muy duro para enviar dinero y en un par de años a lo sumo volveríamos a ser de nuevo una familia.

Pensaba en él en la fragilidad de la barca, abrazada a mi cintura y a la esperanza del futuro soñado. Rodeados de agua y noche, cuarenta desconocidos en silencio, con nuestra historia a cuesta y nuestros miedos a flor de piel, intentábamos no pensar.
Observamos al patrón mirar la hora, calcular la ganancia, pensar en el siguiente embarco y en le tiempo que le faltaba para soltar la mercancía. Mercancía. Somos sólo mercancía, un trabajo de carga y descarga, lo vemos en sus ojos cuando nos mira. ¿Cómo puede el ser humano acostumbrarse a todo?
El sentimiento no aflora a su rostro en todo el viaje. Mecánico manipula la vieja barca a motor con manos expertas, sin mirarnos. Tampoco hay piedad en sus labios cuando grita que saltemos porque hemos sido descubiertos.
No todos saben nadar pero él no atiende a razones. Debe salvar el negocio a toda costa. A costa de vidas de unos seres que no poseen más que eso, su vida y su esperanza.

Tampoco yo se nadar. Intento que me escuche, convencerlo de que puede llevarnos de vuelta y quedarse con el dinero. No me importa otra cosa que conservar la vida de mi hijo, pero sómos demasiados y la barca no alcanzaría la velocidad suficiente para escapar.
El patrón forcejea con los otros hombres y la barca se vuelca. El agua helada nos recibe con un abrazo de muerte y se traga de un sorbo nuestro sueño de libertad.
Oigo voces mientras me rindo a su abrazo y pienso en la posibilidad de que todo termine aquí.
Me pregunto a dónde irán a parar los restos de las esperanzas sesgadas.
Quién podrá alimentarse del miedo y la desesperación de un semejante.
Qué será de las vidas que se rompen justo antes de empezar, que se quedan en el limbo de los sueños, caminando en círculos, justo ahí, donde muere la esperanza.

Comentarios

  1. Un relato doloroso y que podría ocurrir en cualquier lugar del planeta y en cualquier época. Muy buena prosa e imágenes, Chabela.

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