Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

miércoles, 18 de mayo de 2011

En mitad de Mayo, flores para un mundo mejor


No hubo flores para Juan Wilfredo Soto, El Estudiante, el último disidente muerto en Cuba en circunstancias nunca esclarecidas, en las que todo apunta a una causa demasiado trágica como para que sea una realidad en el siglo XXI. Una paliza en el parque después de haber sido invitado a desalojar por la policía castrista y un triste sepelio a los tres días, acompañado de un valiente Pastor, que se juega la vida gritando que a Dios no le gustan las mentiras, junto a otros noventa amenazados más, vigilados a corta distancia por mucho más miedo que odio.
Flores que no soportaron la impotencia de mantenerse erguidas ante el dolor humano y la injusticia. Flores que miran a sus hijos deshojarse mientras visten de blanco apoyadas en un nardo, camino a ninguna parte porque en Cuba todos los caminos conducen a Cuba y cuando se toma un camino diferente, siempre es para no volver.

Hubo flores en Sevilla, en la celebración de un sueño por dos años aplazados. Cuando todo lo demás defrauda, siempre al español le queda el futbol.
Cien mil personas en la calle gritando en verde y blanco, tocando con los dedos un éxito que sólo es en espíritu y nunca en cuerpo, una alegría que los hace creer que pertenecen a club de los ganadores, que les llena el sentimiento de colores aunque sus frigoríficos sigan vacíos al llegar a casa y tengan que levantarse temprano al día siguiente, si no quieren que se les pase la fecha de sellar el paro.
No son diferentes a los que celebraron la copa en Madrid, ni a los que ganaron la liga en Barcelona, son gente sencilla, con ganas de soñarse vencedores, gentes que agarran la ilusión con las dos manos porque con una sola se les caería. Flores que se tiñen de colores en los corazones de los hombres, que los llenan de efímera alegría intermitente, domingo a domingo, hasta mutarse en euforia o transformarse en anécdota para el resto de su historia.

Habrá flores en los jóvenes de España, esos que salieron a protestar contra todo en las ciudades. Era necesaria una protesta en la calle aunque se hicieron los locos los que tienen la obligación de organizarla, aquellos en los que confiamos como nuestros representantes sindicales. Claro que olvidamos que son sindicatos de trabajadores y si no hay trabajo no hay a quien representar, ese era el matiz.
Ahora son los jóvenes los que gritan a la clase política su disconformidad, nuestra disconformidad con la realidad que vivimos. Los que nos gritan que no votemos a los grandes partidos. Son jóvenes y quizás desconozcan cómo se pierden los votos dispersos, cómo se pacta con los votados minoritariamente, cómo se compran parcelitas de poder con los acuerdos posteriores.
Son jóvenes y no han visto la cara de tonto que a uno se le queda después de haber escuchado en un mitin gritos de acusaciones y sentencias contra el del otro partido que luego resulta ser la única opción de gobernabilidad para que “los otros” no accedan al poder.
Demasiado jóvenes tal vez  porque, en la educación que recibimos los de mi generación, patalear era un derecho pero para rechazar algo, tenías que ofrecer una opción mejor y era de bebés aquello de “no quiero porque no”.
Nos ha costado mucho llegar a conseguir que uno se pueda echar a la calle a protestar por lo que considere injusto o ilegal, eso es la democracia y eso lo tenemos. Todo lo demás son opciones susceptibles de ser cambiadas por otras opciones mejores que hay que proponer, que hay que luchar y hay que conseguir por los cauces que tenemos: nuestro voto.
No nos gustan los políticos porque no nos los creemos. Son demasiadas mentiras ya, demasiada corrupción, demasiado enchufismo, demasiado quítate tú, para ponerme yo. Pero todo puede cambiar si para ser político se exige una carrera universitaria como en otros países, si sólo los profesionales pueden acceder a las listas, si se elimina a todo ese elenco de arrimados que quieren vivir del resto, el resto de sus vidas.
Una nueva generación de clase política podría surgir de toda esa protesta. Indignados honrados por la democracia y la transparencia política del gobernante con carrera. Ese partido sí contaría con mi apoyo incondicional, esa opción compondría un ramillete de confianza y seguramente nadie lo convertiría en flor de un día.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Primero vinieron a por unos...

Con qué facilidad y qué ligereza pasamos página de los acontecimientos y seguimos con nuestra vida asumiéndolo todo, aceptándolo todo, como indolentes que celebran su existencia porque ésta vez no nos ha tocado a nosotros.

Me parece falto de sensibilidad apretar el paso y hacer como que nada pasa cuando alrededor de nosotros pasan cosas, por no señalarnos, por no enfocar la luz sobre nuestra cabeza, por no ser los siguientes.

No acabo de entender qué pasa con el género humano, nos conformamos con las explicaciones a medias y no intentamos ahondar en la verdad, esa verdad que es lo único que puede hacernos libres. No interesa, encaja ahí, que no noten que miramos.

Somos como sombras de personas, gente que se escuda en el anonimato (ahora de los sobrenombres en internet) para decir lo que piensa sin dar la cara, para camuflarse entre la masa y conseguir ser el fantasma creador de una idea, que sólo será factible si muchos otros espíritus invisibles pinchan el botón "me gusta".

¿Qué nos está pasando? Vivimos del recuerdo de la libertad y perdimos el poder de cambiar las cosas con el exfuerzo. No protestamos por nada, nos tragamos las mentiras e incluso celebramos las verdades a medias, como triunfos de la libertad de expresión.

Nos parecen normales las acciones militares en países ajenos, la ejecución sin juicio a desarmados, la desaparición de cuerpos... Ya nos sirve aquello de que el fin justifica los medios siempre que se refiera a los demás.

Me pregunto qué hubiera pasado si el mayor terrorista del mundo se hubiera escondido en mi pueblo. Seguramente en mi vecindario no hubiera pasado desapercibido, somos muy curiosos por aquí. Lo más probable es que tuviéramos algún roce previo con él por los aparcamientos y alguien le mandara a los municipales para que pagara un vado.

Cualquier cosa me imagino menos que llegaran helicópteros a mi ciudad con la orden de matarlo. Eso sólo puede pasar en países lejanos, países que no son de fiar, no en mi país, ni en mi ciudad, ni en mi barrio... Todavía.

Pienso que hay demasiado dolor que se ha quedado sin justicia, que ha tenido que conformarse con la venganza.