Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

viernes, 26 de agosto de 2011

Agitado día de compras o Los delitos de un viernes.



No me gusta ir de compras, me agobian las multitudes. Generalmente suelo comprarlo todo de una vez para no tener que volver a visitar un supermercado en quince días. Tampoco me hace gracia comprar ropa. Me suelo estudiar los catálogos y voy a tiro hecho por la prenda que necesito, no digo la que me gusta porque generalmente no coinciden, ni en precio ni en posibilidades de pertenecerme. Soy parada de España, no se olvide.


Ropa ibicenca que no viene en mi catálogo

El caso es que hoy no tuve más remedio que acercarme a un centro comercial para comprar algunos regalos. Como es mi costumbre me decanto por regalos útiles, ropa, calzado o similar. No es lo que prefieren los niños pero es lo que más ilusiona a sus mamás que, al fin y al cabo, son las que mejor los conocen.
Estaba en un establecimiento pagando mi compra cuando observé a la dependienta muy alterada pasando las prendas por el escáner. A dos metros de mí, un par de jóvenes árabes estaban quejándose porque no le descambiaban el género (dos enormes bolsas de ropa que subían y bajaban del mostrador).  Le reclamaban a la chica que me cobraba y ella entre apunte y apunte les indicaba que se dirigieran a su responsable. Ellos insistían y el encargado daba vueltas y les pedía que abandonaran el local.
Me dio la cuenta y observé que había equivocado una talla. Le pagué a la chica y la señora que me seguía comenzó  a comentar que tenía que descambiar no sé qué y que ya no sabía cómo acertar con su hija. Luego me señaló con la cabeza a dos chicas de unos veintitantos qué firmaban con el seguridad algo en las cajas. “Yo creo que es algo, con un bolso de doble forro lleno por más de cincuenta euros. Lo querrán para salir esta noche, porque yo no me lo explico.”

Antes las cosas se hacían de otra manera
Me vuelvo hacia los otros y ya estaban con dos policías nacionales al lado. “Es que el establecimiento no se lo quiere descambiar, lo entiende o no lo entiende.” Los chicos se refugian en el idioma para medio contestar y protestan por el cambio. Se explican o se intentan justificar. Entre las voces entiendo que le dicen que la ropa que llevan la han intentado robar y que al pillarlos, la han pagado. Por eso no se lo quieren descambiar.


Robos, hurtos y urta a la roteña


Ellos piden pruebas  y le dicen que si no están conformes pongan una hoja de reclamaciones. Se siguen quejando, dicen que los que roban son los del establecimiento, se caldea el ambiente oigo frases como: “En España así, o pones la reclamación o sales de aquí”. “Ahora te callas, porque estoy hablando yo.” “Pones la reclamación o te vas, o te saco yo” y demás linduras, supongo que propias que no apropiadas, aunque ignoro el procedimiento.
Hago el cambio de talla y vuelvo a la caja. Los árabes le muestran la ropa una y otra vez a los policías dando explicaciones medio en español medio en francés (en español tutean a los policías, en francés los llaman de vous y de Monsieur).
 Las chicas de los cincuenta euros en ropa en el fondo del bolso, doblan sus denuncias y observan en silencio a los policías. Supongo que lo de ellas lo resolvieron con los de seguridad del establecimiento.


Mira para que no te miren.

La cajera se mueve nerviosa, me da el ticket y le doy las gracias. Intento tranquilizarla con un comentario: “ Vaya el día de hoy ¿No?” Ella revienta: “Sí y la mujer que estaba antes aquí y que hablaba tanto de estos, ha hecho exactamente lo mismo. La he cogido robando, lo ha pagado y ahora viene a descambiarlo.”
Entonces la que revienta soy yo: “Bueno, y ¿por qué no se le ha formado lo mismo que a estos y a ella sí se le ha descambiado el jersey? ¿Porque era sólo un jersey o porque era española?
La chica me mira entre sorprendida y resignada. Ya no va a hablar más (omito por ella el nombre del establecimiento). Recojo mi ticket y me voy echando una última mirada a los policías, que sé que me han escuchado.
No acabo de llegar al coche cuando veo a cuatro chicas de otro establecimiento de ropa detrás de un joven, con camiseta de futbol azul y blanca, que lleva tres o cuatro bolsas en la mano. Gritan llamando a seguridad y lo siguen sin atreverse a agarrarlo. Está casi a mi altura cuando un hombre lo para y lo agarra, es un cliente más que andaba por allí. Lo retiene y llega la seguridad del centro.
El de la camiseta de Messi  le dice al hombre que lo va a denunciar por agresión. Al llegar hasta ellos los de seguridad lo agarran y le dicen al captor que mejor que se vaya porque sí que lo puede denunciar y encima se va a llevar él la peor parte.


Preguntas que no tienen respuestas.


Me subo al coche y pongo la música y el aire acondicionado. No entiendo nada. Soy incapaz de posicionarme en ninguno de los cuatro delitos que he presenciado, aunque ahora dudo si serán más de cuatro. Lo único que me queda claro es que la ley tiene muchos agujeros, que hay más delincuencia y más inseguridad cada día en mi ciudad, que la necesidad ha perdido el miedo y la vergüenza y, sobretodo, que no todos somos iguales ante la ley.

jueves, 25 de agosto de 2011

Mi personal JMJ, un encuentro universal.



Escribió Julio M. de la Rosa, en el prólogo de mi libro La Primera Piedra, primero y único publicado hasta la fecha, que el escritor es un “letraherido” afanosamente inclinado sobre los folios, mientras las horas y la vida pasan por delante de su ventana.

Durante éste último mes de cuasi silencio literario, en muchas ocasiones, he tenido la sensación de haber saltado la ventana, de haberme sumergido directamente en las piscina de la vida, de haber nadado entre nubes de realidades fantásticas.

Como todas las cosas importantes, mi encuentro personal con la JMJ fue más casual que premeditado. Cuando ya me disponía a ser la espectadora de sofá de la visita del Papa, recibí la llamada (no la del Altísimo, pero casi) reclamando un rincón de mi casa para el peregrino: Hasta trescientos jóvenes mejicanos (nunca sabré si se escribe o nó con equis) que llegaban a tres pueblos de mi ciudad durante seis días, de camino al encuentro de Madrid.
Acogida de Jóvenes Mejicanos en Camas, Sevilla

Cómo imaginar que al recibir a un par de ellos en el sofá-cama del cuarto de juegos, iba a recibir tanto, que pudiera comprobar en mi propia casa lo que la gente conoce como una bendición.

No son chicos incultos ni niños acomodados económicamente hablando, todos tienen carrera y trabajan duramente en sus países de origen. Tampoco traen el “coco comido” por la religión, poseen un sentido de Dios en sus vidas tan natural  como el sentido de familia o el de trabajo, comparándolo con una de las tres anclas que debe tener un barco para mantenerse firme en el mar, para mantenerse firme en la vida.

No llegaron cerrados a una forma de creer única y especial. Su conversación estaba siempre dispuesta al intercambio de ideas, a la opinión libre, al aprendizaje del otro. Poseían y poseen una verdad tan palpable que no hace falta defender, sólo observarla y dejarse sorprender por una presencia real que los acompaña y los precede: La presencia de Dios.

La Cruz de los Jóvenes


Cómo presencié las ocasiones en las que intentaron acorralarlos con las preguntas típicas y tópicas como las de los tesoros del Vaticano y el hambre del mundo (tan viejas como la película de Las sandalias del pescador, aunque alguno crea que la acaba de inventar), la supuesta “enfermedad” de los homosexuales, o los abusos sexuales de los curas a los niños.


Cómo los vi responder con humildad y sencillez, con una paciencia que sólo da la paz de espíritu, con una dulzura que sólo puede poseer el que conoce de verdad el amor de Dios. No eran las respuestas lo que me maravillaba, sino esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y de reconocer su sufrimiento lo que observaba embobada y sin dar crédito a mis sentidos.

Encuentro JMJ con Benedicto XVI

He de admitir que me avergoncé en numerosas ocasiones de la cuadrícula mental de mis conciudadanos, que temí mucho por ellos y por el daño que la maldad humana y la intransigencia, laica o religiosa, pudiera hacerle a corazones tan libres y tan faltos de dobleces.

Me sorprendieron con una capacidad innata de responder al mal con bien, con una seguridad de creencias espontánea, intrínseca, sin frases aprendidas ni planas calcadas de anteriores oradores. No era facilidad de palabra era fluir de sentimientos sin cotas ni prejuicios, sin ambigüedades ni separatismos. Era lo que yo imaginaba que tenía que ser la Fe.

El Señor es uno

No sólo llenaron mi mesa de bendiciones en cada desayuno, llenaron mi casa de bendiciones. Tuvieron palabras escritas a fuego sobre el corazón de mi hija adolescente, consejos de amigo, de los que se graban sin imponerse, de los que se quieren seguir porque te los dan con cariño.
El lenguaje de los jóvenes

Tuvieron tiempo para cada miembro de mi familia y supieron llegarnos a lo más profundo del alma, dejando una huella que sabemos que no la va a borrar la distancia ni el paso de los años.

Luego siguieron su camino y otros peregrinos llegaron a mi casa. Me sorprendí entregando parte de lo que había recibido y queriendo hacer que se sintieran como yo me había sentido en la anterior acogida.

Comprendí que de eso se trataba, de hacer llegar a todo el mundo el amor incondicional de Dios, de formar una cadena que pudiera traspasar cualquier barrera de rechazo o desencanto, que pudiera abrir una brecha de luz en la oscuridad que produce la falta de amor, la falta de comprensión, la falta de aceptación de la diferencia con el otro.

 Entonces y sólo entonces sentí el pleno convencimiento de que había sido partícipe de una gran verdad universal, que había participado activamente en transmitir el espíritu de la JMJ, que había vivido la experiencia de que Jesucristo pasara por mi casa.