Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

jueves, 22 de marzo de 2012

IV.- CAMAGUEY- CIEGO DE ÁVILA (MORÓN) – EL COBRE

 Mi viaje a Cuba tuvo como eje fundamental la visita a los familiares de mis amigos que ya no viven en la isla.                                                                                                                                                              
Es complejo escribir sobre el desarraigo familiar que se respira en el país. Exteriormente se nota quien tiene a alguien fuera por la forma de vestir. Te encuentras con la última moda de Adidas o Nike América mientras paseas por las calles. Camisetas, piratas, zapatillas deportivas, todo lo que aquí en España vale un pastón allí lo llevan combinado con ropa de hace cinco temporadas con la mayor naturalidad. También llama la atención la cantidad de oro que prende de los cuellos de las gentes más modestas. ¿No tendrá el mismo precio que aquí, o es que tienen todavía algún tesoro escondido con el que no dimos los españoles cuando fuimos a colonizar?

El caso es que Cuba es por sobretodo un lugar de contrastes.
Me llama poderosamente la atención el dominio lingüístico que tiene el cubano medio. Un vocabulario extenso y culto, con palabras que no se usan en España en el lenguaje coloquial. Un lava-coches cualquiera de una gasolinera me sorprendía con vocablos que oigo sólo en congresos o en discursos de profesionales de algún escogido sector universitario. Pero qué ingenua puedo llegar a ser, olvidaba que en Cuba todos son universitarios.
Aunque sinceramente no entiendo qué forma de martirio es esa de abrir la mente con la enseñanza para que sean conscientes de la manera que tienen de reprimirlos.




Pero volviendo al tema que iniciaba, las visitas familiares, tengo que decir que nadie como un cubano para hacerle sentir a una que está en su propia casa. Son los seres más cariñosos y atentos que he tratado. Ni que decir tiene que todo en sus vidas gira en torno a la persona o personas que tienen fuera. Sus fotografías ocupan un lugar privilegiado en sus paredes, sus anécdotas un sitio primordial en sus conversaciones y sus recuerdos la parte fundamental de su existencia.
 No sé aún hoy si les compensa esas pequeñas comodidades que les supone las donaciones mensuales que les giran con el terrible vacío que nadie llena en sus hogares, lo que sí sé es que cualquier noticia que les llegue de sus seres queridos, es acogida con tal fiesta e ilusión que una teme en todo momento no poder estar a la altura.


Nuestra llegada hizo que toda la familia se reuniera y se vistiera de domingo. Se cuidaron mucho de no confesar ni una pena durante nuestra visita, todo lo que debíamos transmitirle a sus familiares era felicidad y serenidad.
Ni un gesto de disgusto, ni una mala cara, nada más que alegría y agradecimiento por nuestra presencia fue lo que percibimos.
 Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo o lo que tuviera previsto por hacer para atendernos.


Aunque eran casa, dentro de la precariedad, de la más favorecidas, le partía a una el alma ver la sorpresa en las caras de los niños cuando veían la foto recién tomada de la cámara digital o cuando escuchaban los tonos de los móviles y se lanzaban corriendo a enseñárselo a los mayores, que no la escuchaban con menos sorpresa.
Algo tan insignificante como las toallitas húmedas de desmaquillarse formó una auténtica revolución entre las mujeres de la casa. No podré olvidar mientras viva la expresión de una señora mayor cuando comprobó que se mantenían mojadas y olían a perfume. Durante el resto de mi viaje me quité el maquillaje con agua y jabón, quería permanecer en su memoria como la española que le regaló los pañuelos perfumados.


                                                    
Como una nunca sabe cuándo la visitará el ángel de la muerte, o cuándo sobrarán los cuartos para volver a coger la maleta, no quise venirme de la isla sin ver Santiago de Cuba.
Salimos cómo ya era la costumbre, bastante temprano y seguimos carreteras ya no tan rectas, como siempre sin señalizar y  cada vez con menos asfalto.


Una parada obligada El Cobre, creo que teníamos la secreta intención de comprobar con nuestros propios ojos si realmente el gobierno cubano había sido capaz de dejar al pueblo sin Dios, o si era Dios el que había desviado la vista del pueblo cubano.
Nada más lejos de la realidad. El Cobre me recordó a cualquier pueblito de romerías de España. Decenas de puestecillos vendían reliquias, imágenes de madera bellísimas y muy bien trabajadas, piedras brillantes y algo que me llamó la atención, flores para las ofrendas.


La venta era demasiado agresiva. Los tenderos te perseguían hasta los restaurantes y pedían precios desorbitados por cualquier recuerdo, como si fuera su última oportunidad de hacer una venta en su vida.
Con la promesa de comprarles algo a la vuelta, nos dejaron proseguir nuestro camino y subir por fin a ver a la Virgen.
Me sorprendió lo pequeñito de las tallas. Viniendo de una región en la que las representaciones religiosas se hacen a tamaño natural y de una ciudad donde cada Semana Santa, sacamos a la calle cinco metros de plataformas con escenas de la Pasión de Cristo, ver aquellas pequeñas figuras me dejó muy claro que los primero pobladores españoles de Cuba desde luego no eran de Sur.


Había poca gente quizás por ser un día laborable. En Cuba todo el mundo trabaja y si no trabaja estudia y si no estudia o trabaja va a la cárcel por vago, porque existe una ley a tal efecto y porque, claro está, si no haces nada te queda tiempo para confabular contra el gobierno o simplemente para pensar por ti mismo. También en España en tiempos de Franco había una ley de vagos y maleantes para confabuladores, rojos y homosexuales. Se diferencian en poco las dictaduras del mundo.



Bajamos tras rendirle culto a La Caridad del Cobre y nos dispusimos a cumplir la promesa dada a los que atendían los puestecillos. Regateamos, los vimos discutir unos con otros por vendernos y al final nos fuimos cargados de tallitas de madera para toda la familia. Todo de lo más natural.
Continuamos camino por el incomparable paisaje verde-sierra hacia oriente. Yo me deleitaba con aquellas vistas de pronto escarpadas de pronto llanas, Cuba es un país con tantos contrastes en todos los sentidos, que puede hacerte sentir cualquier cosa, menos 
indiferencia.


                                                                     
                                                                                                                …. Continúa……

Completa la aventura: 

viernes, 16 de marzo de 2012

Mi viaje a Cuba III.- La olla arrocera y el Caribe.


Llegamos a nuestro primer destino al anochecer. Una primera mirada a la ciudad me descubre un bullir efervescente de gentes en las calles, haciendo nada en particular, viviendo en una constante búsqueda de algo inconcreto.
En una calle cualquiera se amontona un grupo de personas en torno a una carretilla de comida y unas luces como de fiesta.
 Pregunto, porque eso va con mi carácter, y espero que me digan a qué se debe esa algarabía con música y todo.
"Es la cola para la olla arrocera" me responden. Y creo que aún no se me ha cerrado la boca del asombro. Por fin Fidel ha dado la olla arrocera a la ciudad y hay que hacer cola para obtenerla, ya la tienen en casi toda Cuba. Mira, pienso, este gobierno que regala electrodomésticos a la población tampoco es que no mire por el pueblo. Pero vuelvo a equivocarme.



Lo que el gobierno regala es la opción de compra, luego, el cubano tiene que pagar ciento veintitantos pesos si le toca poder comprarla. Estoy alucinando.
Más alucino en cambio cuando conozco "en persona" a la olla arrocera cubana. Es una especie de freidora eléctrica en la que, según dicen, se pone el arroz, el agua y la sal y ella sola se apaga cuando el arroz está cocinado.
No entiendo a qué tanta fiesta por un aparato eléctrico cuando es raro el día que no se tienen  tres o cuatro cortes de luz o apagones, como ellos dicen. Prefiero callarme, la gente está demasiado ilusionada como para que yo abra mi enorme boca.






Me concentro en la casa que nos alquilan, es preciosa. Tiene un patio interior y unas habitaciones amplias, cómodas y limpias. La dueña tiene dos hijos en el extranjero. Es agradable aunque habla poco y nos pide toda una serie de datos para su libro de registro.
Nos aseamos y salimos a cenar. Visitamos uno de los famosos paladares del país. Es una casa muy bien decorada con dos o tres salones de espera. Tardamos un buen rato en que nos toque comer. El dueño nos explica que sólo se le permiten doce sillas en el comedor y que hasta que no se vacíen no puede hacer entrar a nadie más. "Esto no es fácil" es la frase que más veces he oído en Cuba.
 Ahora no se pueden comprar patatas. Si alguien las vende va a prisión, si alguien las compra va a prisión. No se preocupe, le digo, no vamos a pedirle tortilla española.
El hombre agradece nuestra comprensión y nos atiende francamente bien. Por cierto, comimos patatas.




Un par de días más tardes visitamos la playa. Tuvimos que buscar una zona concreta donde no hubiera hoteles ya que las playas de los hoteles son sólo para turistas y nos acompañaba un cubano. Si algo teníamos claro era que donde no entrara él tampoco iban a entrar los españoles, al menos no estos españoles.
Al final dimos con una calita mixta donde había de todo.





 Me sorprendió la indumentaria de las mujeres, todas llevaban pantaloncito encima del bikini o bañador. Con lo sexy que aparecen las cubanas en los anuncios de reggaetón descubrir ese pudor me llenó de curiosidad.
Descubrí con alegría que en el bar donde almorzamos había un grupo de jóvenes pertenecientes a un movimiento cristiano. Tenía la equivocada certeza de que en Cuba no encontraría a personas religiosas cuando lo cierto es que todo el mundo lleva al cuello algún signo religioso bien una cruz, o la imagen de  Cristo o una Virgen.
Hay tanto que se da por hecho con respecto al pueblo cubano que realmente hoy pienso que nada de lo que he oído o leído es del todo cierto.



Me pareció curioso que no se nadara en aquella playa. Todos los bañistas estaban de pie muy quietos, sin apenas moverse. No profundizaban más que hasta la cintura y ahí permanecían agachados, hablando y nada más.
Yo tenía claro que no había llegado hasta El Caribe para quedarme agachada en la orillita, de modo que me hice algunas brazas con mi atlético estilo que tantas pesetas le costó a mi madre en clases de natación.




A las dos brazadas comencé a oír los gritos de “regrese, regrese” y noté aterrorizada que estaba a más de doscientos metros de la orilla. Volví no sin esfuerzo y ahí fue donde me enteré de que las playas donde les estaba permitido bañarse a los cubanos estaban infestadas de tiburones y fuertes corrientes que te llevaban directamente hacia ellos. Me quedé tan blanca que perdí todo el moreno tropical que había ganado en el viaje y aún tiemblo de pensar qué hubiera pasado si no los escucho llamarme.





Mientras nos bañábamos entablamos conversación con un borrachín. Tenía algún líquido transparente en una botellita de agua y nos dio un serial con respecto a los tiburones. Luego se le soltó la lengua y nos contó como las mujeres sólo querían a los hombres que tenían moto o coche y cómo, si te casabas con un extranjero podías salir y entrar con toda la libertad porque de seguro te ibas a pasar la vida llevando dinero a la familia que se quedaba.
- Te veo resentido, le digo, qué pasa, que no te ha tocado la olla arrocera?
 No, no le había tocado.


Más tarde nos contó cómo pudo comprarse su nevera con la venta de una caja de cincuenta mecheros de gas que le habían traído de España. Decía que no se entendía cómo los "gallegos" que fueron los que trajeron a las negras a Cuba ahora se las estuvieran llevando poco a poco.
Nos reímos mucho con él, tenía la inocencia y la poca vergüenza del que se deja llevar por el alcohol. Supongo que al otro día rezaría para que no nos acordásemos de su cara.

                                                                                                                                         .....Continúa….
Mi viaje a Cuba. parte II.-  http://chabelaconbdeisabel.blogspot.com.es/2012/03/mi-viaje-cuba-ii-en-carretera.html

Mi viaje a Cuba, Parte I.- http://chabelaconbdeisabel.blogspot.com.es/2012/03/seis-anos-ya-y-parece-ayer-mi-viaje.html

martes, 13 de marzo de 2012

MANCHAS DE VINO ROJO (Relato)


Las grietas en la mesa de la taberna parecían sonreírle. Unas viejas vetas de una madera desgastada que alguien marcó a navaja, en un vano intento de ganarle memoria al tiempo, desdibujaban sus musas y las volvían a pintar sobre colores indefinidos.
El escritor maldecía su desgana y perseguía con su dedo fino de creador la gota de vino que resbalaba por la boca de la jarra de barro. El charquito que formaba reflejaba la luz de la bombilla que pendía del techo, formando un arcoíris que le recordó a los ojos de la mujer que había compartido con él las últimas noches.




 Sonrió tristemente. Cuánto le envidiaron los compañeros de farra cuando se dieron cuenta de que fue él el elegido y cuánto se creció él a su lado cuando salieron juntos de aquella misma taberna, cogidos de la mano. Qué poco imaginaba cuánto llegaría a arrepentirse de aquel momento sublime, en el que compartió la luz de esa mirada que lo destruía.
Acercó el papel a sus ojos y el blanco de su rostro le golpeó como un sable en el centro del pecho. Nada. Ni una palabra, ni una sílaba para comenzar la historia, nada que pudiera utilizar para expresar tanto y tanto como luchaba por salir de su interior.
Intentó revivir en la mente las últimas vivencias con las que había sorprendido a sus compatriotas, pero cerrar los ojos era volver a perderse en el recuerdo de aquellos otros, que absorbían hasta lo más profundo de su voluntad.




Pasaban los minutos y un opaco sentimiento de fracaso se iba apoderando del escritor. Con los dedos manchados de tinta se dedicaba a estampar su huella sobre el blanco papel.
 A su alrededor, los marineros comenzaban a regresar de su faena. Los oía carcajearse satisfechos del trabajo bien hecho, dispuestos a celebrarlo con una jarrilla de vino. Los envidió en silencio y siguió emborronando manchas, sin atreverse a probar del vaso que hacía ya rato le sirviera el tabernero. La llegada de aquellos hombres no había hecho más que confirmarle que no era merecedor de premio alguno, después de tantos días de abandono de la inspiración.






Probablemente había equivocado la elección. Un soldado no podía dejar de serlo sólo por haberse tropezado alguna vez con las musas. Algo se estaba fraguando en el mundo, un momento histórico que parecía comenzar por España pero que iba más allá. No podía quedarse quieto a esperar. Tenía que ser parte de la historia para poder contarla, ese era su destino.
Pensar en vivir su propio sueño de amor se le antojaba por momentos intolerable, como una pesada losa de egoísmo que le aplastaba el pecho y lo inutilizaba incluso para enfrentarse a un simple papel vacío. Vacío como su pobre alma atormentada, pensó deprimido, y se imaginó en el mar, a bordo de su pequeña barca de pescador, persiguiendo a un pez enorme, al dueño de las olas, a su propio y desquiciado mañana.
Sonrió por primera vez aquella tarde y tomó el vaso de barro entre sus manos. – Brindo por los hombres valientes que saben luchar por su destino – dijo sin dirigirse a nadie en concreto. Y apuró el vino color sangre que le devolvió el pulso y la esperanza.





Ella lo oyó antes de verlo. Renqueaba por las escaleras, con esa cojera recurrente que sólo aparecía cuando el vino lo dejaba ser él mismo. Por el sonido de sus pasos supo que había tomado una decisión y encendió las velas que presidían la mesa de la cena.
Unas flores silvestres resistían enhiestas dentro del único jarrón blanco que sobrevivió al viaje en barco desde Francia. Las servilletas bordadas que compró en un convento de Madrid, daban un aire solemne a lo que presentía que iba a ser su última cena juntos.
No se arrepentía, sabía que aquello tenía que llegar tarde o temprano, aunque hubiera preferido que no ocurriera en primavera. La primavera es la estación del amor, de las parejas cogidas de la mano al atardecer al borde del mar, de las sonrisas y las canciones alegres. Debería estar prohibido dejar de amarse en primavera.



Una lágrima rodó libre de sus ojos y se quedó instalada en la punta de su nariz. La observó tintinear dubitativa, sin atreverse a caer, pero otra más pesada la alcanzó y se lanzó con ella al abismo, hasta estrellarse sobre el mantel bordado con que celebraba el final de su felicidad.
Aún conserva el corazón rojo sangre de la mancha que el vino dibujó caprichoso en el mantel. Lo guarda junto a los recortes de sus éxitos, junto a las fotos de sus visitas, que nunca se espaciaron eternamente.





Lo ve envejecer en su álbum a la vez que las manos que lo sostienen y a veces hasta lo escucha antes de verlo, con el renquear de esos pasos dubitativos, que preceden a las decisiones importantes. Alegre le sonríe siempre desde cualquier  imagen, como sabiendo al posar que terminará entre sus dedos. Rodeado de gente en una plaza o paseando inmenso entre viñedos, con toreros, artistas y jefes de estado, sobresaliendo entre ellos sin pretenderlo. Humilde y reivindicativo a la vez. En sus manos siempre una copa de rojo vino con el que brinda por los hombres valientes y por el amor eterno.
Adora a España, siempre la amó, como amó su libertad y su destino de protagonista anónimo de la historia. No pudo ser, le ganó la fama. Los hombres decididos no pueden pasar por encima de la vida. Ellos dejan huella, aunque sean en forma de corazón, como la mancha de vino sobre el mantel.




Porque no todos los sueños se hacen realidad y ellos lo saben. Hoy tampoco  subirá las escaleras hasta la buhardilla, no son ciertos los pasos que escuchaba, pero espera que mañana lo sean. Apaga otra noche las velas. Las flores resisten altivas en el jarrón blanco. Dos copas de vino tinto medio llenas sobre un mantel bordado ya amarillo, que vuelven a decirle hoy adiós.  

viernes, 9 de marzo de 2012

Mi viaje a Cuba II : En carretera.


Mientras viajo en el asiento posterior del coche de alquiler, paso la mirada por las gentes que esperan en la cuneta.
 Me llama la atención las muchachas que se ofrecen a pie de carretera, algunas parecen no tener más edad que mis hijas.
 En el avión que me llevó a La Habana viajé justo detrás de cinco hombres. Iban solos, creo que por pura lógica, porque eran feos como pegarle a un padre: De mediana edad, tal vez cultos o con estudios universitarios por la conversación que pude ir escuchando. Vestían unas horribles camisas “tropicales” que yo no veía desde que pusieron por televisión española la serie de Corrupción en Miami. Sentía vergüenza ajena tan sólo de pensar que fueran el ejemplo del turismo sexual del que tanto se habla en relación a Cuba.
También viajaban cuatro chicas solas en ese vuelo, puestos a pensar mal, también la liberación de la mujer ha podido degenerar en esos términos. Claro que ellas no eran tan feas, aunque sí desinhibidas y escandalosas. Siempre suele salir ganando el hombre, sea cual sea el tema a tratar.

Esta foto es de www.desdelahabana.net, yo por respeto, no tomé ninguna.



Durante las largas horas de viaje me da tiempo a observarlo todo despacio. Las palmeras parecen rasuradas a base de aterrizajes mal calculados de avionetas. Alguien nos contó la historia de un cargo de la aviación cubana que se escapó en avioneta y luego tuvo los “cojones” de volver a por su familia también en avión. Es un héroe nacional de los que no hay cartel promocional.
Cada cien metros un cartel tipo pancarta dice algo propagandístico o hace predicciones como: Nuestros héroes volverán o los hijos harán lo que te vean hacer. Tendrá intención de ser muy efectivo pero me doy cuenta de que los únicos que nos fijamos somos los turistas, y no todos. La gente pasa por el lado sin mirarlos, como si fuera uno más de los árboles del paisaje. La sicología parece ser un arma de destrucción masiva en este país.


Cada aproximadamente treinta kilómetros hay una vía sin barrera y sin señal previa, tan solo un “pare” junto a las dos aspas cruzadas, ni más luces ni más señal de peligro. Eso sí, junto al “pare” (o señal de stop) un motorista que te multa con una eficacia absoluta si no te paras.
Existen también puntos de recogida, donde se acumula tal cantidad de personas que si les diera por protestar en mi ciudad serían una gran manifestación.
En los puntos de recogida tienen obligación de parar todos los vehículos con matrícula cubana para transportar a los que esperan. Los transportan, no me he equivocado de verbo, los montan de cualquier forma en el vehículo que sea y hasta que quepan, como si fueran cualquier carga, sin medidas de seguridad ni comodidad alguna. Me sentí ridícula con mi cinturón puesto en el asiento de atrás del coche de alquiler.


Dicen que las cosas ahora están mejor porque en los puntos de recogida han puesto casetillas de parada para que se  protejan del frío o del agua los que esperan, aunque allí no caben ni la mitad y los ves desparramados por todo el borde de la carretera, poniéndose en peligro mientras les llega el turno.
También han puesto a personal del gobierno para que obliguen a parar a los vehículos. Los llaman “los amarillos” porque visten un uniforme de un tono ocre descolorido y llevan una carpetilla para apuntar.
En Cuba se apunta todo: Las pizzas que pides, las botellas de cerveza, las rutas de taxi, todos los cubanos llevan una pequeña contabilidad en sus carpetas y se llevan todo el día contando y recontando pesos.


Hay gasolineras para turistas y gasolineras para cubanos, restaurantes para turistas y dispensarios de comida para los cubanos, todo está dividido en peso cubano y divisas. Lo raro es que cosas tan básicas como el gel de baño, el champú o el papel higiénico se vendan en divisas, a precios europeos.
Un cubano tiene que llevarse medio mes sin comer para poder pagar un champú anti-caspa o un gel de baño y ducha. En su lugar existen unas pastillas de jabón blanco que parecen mantequilla y que no huelen a nada ni hacen espuma.
Debe ser muy triste para una mujer no poderse comprar una barra de labios o una crema de manos. En ninguna casa de las que visité había mujeres maquilladas. Pero sí pude comprobar la entrañable transparencia del papel higiénico, donde tenían la suerte de poderlo usar, en lugar del papel de periódico.


Me pareció del todo extraño que en un sitio donde la madera y los muebles son de una calidad extraordinaria en cualquier vivienda, sea un lujo tan exagerado el tener un paquete de clínex en el bolso. Hay cosas que en mi mente europea no tienen sentido de ser. Lo más elemental de la higiene o la primera necesidad se convierte en privilegio para unos pocos, para esos que tienen la suerte de tener desmembrada la familia y reciben ayuda desde fuera.




                                                                          ... continúa …

viernes, 2 de marzo de 2012

Seis años ya, y parece ayer: Mi viaje a Cuba, la llegada.


Después de tanto tiempo esperando, o también por qué no soñando, con ese encuentro con la tierra cubana hoy puedo decir que mereció la pena la espera.
Mereció la pena esperar nueve horas de avión para ver con mis propios ojos lo que son tres horas de espera para pasar por la aduana, la mirada acusadora de quien mira y remira la foto de mi pasaporte y parece acusarme de estar viva, mientras intenta descubrir en mi mirada el tremendo delito de intentar pasar un aparato electrónico.
-Pero pase, es española.


Y me entero de cómo la paisana casada en mi país tiene que pagar por la ropa de bebé que no coincide con  talla del que lleva a conocer a su familia.
 Con doscientos euros se hubiera librado de la molestia, doscientos euros y no te abren la maleta, dice otra más asidua de las aduanas, éstos te cobran por todo.
Y yo abro mucho los ojos y pienso que lo legal y lo ilegal no tienen traducción en este idioma, aunque digan que también hablan español.



El camino hasta el hotel es una vuelta por  los centros de estudios, investigación  y producción del gobierno. Oyendo hablar a la guía cualquiera diría que estamos ante una potencia europea de tecnología puntera del descubrimiento humano, miro alrededor y veo edificios que parecen hospitales abandonados o institutos de bachillerato por reformar o a punto de ser demolidos. No sé por qué no coinciden las palabras y las cosas en ese lugar del mundo.



Y me siento engañada.
Me engañó Guillén cuando dijo que siendo un negro nadie te puede detener, a la puerta de un dancing  o de un bar.
 En la misma entrada al hotel una pareja de ancianos negros son invitados a salir: -“Es mejó que lo deje volá hemmano”
Y ellos bajan la cabeza y salen en silencio. Y se me aprietan solos los dientes y oigo una voz que me dice que me calle, que no diga nada que allí las cosas son así.
Entonces mastico la mala leche española e intento comportarme como una turista alegre que va a disfrutar del paisaje y el lujo mientras me dejan muy claro cuáles son los sitios donde puedo hacerlo.




Y me hago la tonta cuando compruebo que no es ésa la forma en la que he dejado puestos los candados de mi maleta. Y aguanto hasta dos veces que me paren en la puerta de los ascensores para pedirme la documentación porque subo sola hasta mi cuarto.
 Pero Dios quiere que no haya dos sin tres y entonces estallo:

“¿ Es que todavía no os habéis quedado con mi cara? A ver, dónde está la cámara. No, no llevo la documentación del hotel, tengo el pasaporte. Si quiere la documentación del hotel suba conmigo y se la doy porque no pienso volver a bajar. ¿Es que en este país no puede entrar una mujer sola en un hotel? ¿Y éste es el país donde el hombre y la mujer son iguales? Pues esto en mi pueblo se llama machismo y me parece muy fuerte y además me estáis tocando los huevos!


Creo que entonces el hombre empieza a darse cuenta de que no soy cubana e intenta disculparse diciendo que no es machismo, que él tiene que parar a todo el que no conozca. Pretende hacerme creer que con veinte plantas de clientes él conoce a todo el que entra y sale. Me río creo que por no llorar y muevo la cabeza. Entonces suena su teléfono interno y yo sigo mi camino, esperando que no vuelva a cortarme el paso porque mis dientes no van a resistir más presión, ni mala leche.

Al día siguiente salgo sin guía ni excursión programada y me encamino hacia el centro del cocodrilo, a cumplir con los encargos y a conocer la verdadera Cuba. Ni que decir tiene mi sorpresa al conocer las autopistas cubanas, esas extensiones de carretera de triple carril sin señalizar, donde las personas se te echan sobre el coche intentando que las recojas y las vacas se te cruzan con toda impunidad, atentando contra tu vida y tu libertad, porque son quince años los que te caen de cárcel si matas a una vaca.



Las vacas, esas son las que viven bien en Cuba. Ellas tienen toda la libertad, pasto y verde para que se harten siete vidas que tuvieran y protegidas como si estuvieran en la mismísima India y de animales sagrados se tratara.
Seguro que son las vacas las que todavía apuestan por la revolución con los ojitos de vaca cerrados.

Los que de seguro no apuestan son los cientos de cubanos que se apiñan bajo el sol esperando a que un camión oxidado los recoja y los desplace unos kilómetros. De pronto les llueve encima y ellos de pie, sujetos apenas a la chapa del trasto de hace cincuenta años y viendo caer los rayos sobre los árboles junto a la carretera. De pronto el sol parece que se funde con el escaso asfalto y ni una mísera sombra los resguarda. Ni a ellos ni a sus hijos, a veces pequeñitos y colgados a la cintura, sujetos con una mano mientras con la otra se ofrecen pesos en abanico para que, si no por obligación, se pare por negocio.




No, no hay otro medio de transporte. Claro que hay autobuses  pero a un precio que es el triple del sueldo de un médico y para qué lo necesitan si tienen trabajo y casa en un sitio, no tienen necesidad, ni para qué moverse a otro.
Sigo apretando los dientes. Este viaje a Cuba va a hacer de oro a mi dentista.
                                                                                                                                    ....      Continúa….