MANCHAS DE VINO ROJO (Relato)


Las grietas en la mesa de la taberna parecían sonreírle. Unas viejas vetas de una madera desgastada que alguien marcó a navaja, en un vano intento de ganarle memoria al tiempo, desdibujaban sus musas y las volvían a pintar sobre colores indefinidos.
El escritor maldecía su desgana y perseguía con su dedo fino de creador la gota de vino que resbalaba por la boca de la jarra de barro. El charquito que formaba reflejaba la luz de la bombilla que pendía del techo, formando un arcoíris que le recordó a los ojos de la mujer que había compartido con él las últimas noches.




 Sonrió tristemente. Cuánto le envidiaron los compañeros de farra cuando se dieron cuenta de que fue él el elegido y cuánto se creció él a su lado cuando salieron juntos de aquella misma taberna, cogidos de la mano. Qué poco imaginaba cuánto llegaría a arrepentirse de aquel momento sublime, en el que compartió la luz de esa mirada que lo destruía.
Acercó el papel a sus ojos y el blanco de su rostro le golpeó como un sable en el centro del pecho. Nada. Ni una palabra, ni una sílaba para comenzar la historia, nada que pudiera utilizar para expresar tanto y tanto como luchaba por salir de su interior.
Intentó revivir en la mente las últimas vivencias con las que había sorprendido a sus compatriotas, pero cerrar los ojos era volver a perderse en el recuerdo de aquellos otros, que absorbían hasta lo más profundo de su voluntad.




Pasaban los minutos y un opaco sentimiento de fracaso se iba apoderando del escritor. Con los dedos manchados de tinta se dedicaba a estampar su huella sobre el blanco papel.
 A su alrededor, los marineros comenzaban a regresar de su faena. Los oía carcajearse satisfechos del trabajo bien hecho, dispuestos a celebrarlo con una jarrilla de vino. Los envidió en silencio y siguió emborronando manchas, sin atreverse a probar del vaso que hacía ya rato le sirviera el tabernero. La llegada de aquellos hombres no había hecho más que confirmarle que no era merecedor de premio alguno, después de tantos días de abandono de la inspiración.






Probablemente había equivocado la elección. Un soldado no podía dejar de serlo sólo por haberse tropezado alguna vez con las musas. Algo se estaba fraguando en el mundo, un momento histórico que parecía comenzar por España pero que iba más allá. No podía quedarse quieto a esperar. Tenía que ser parte de la historia para poder contarla, ese era su destino.
Pensar en vivir su propio sueño de amor se le antojaba por momentos intolerable, como una pesada losa de egoísmo que le aplastaba el pecho y lo inutilizaba incluso para enfrentarse a un simple papel vacío. Vacío como su pobre alma atormentada, pensó deprimido, y se imaginó en el mar, a bordo de su pequeña barca de pescador, persiguiendo a un pez enorme, al dueño de las olas, a su propio y desquiciado mañana.
Sonrió por primera vez aquella tarde y tomó el vaso de barro entre sus manos. – Brindo por los hombres valientes que saben luchar por su destino – dijo sin dirigirse a nadie en concreto. Y apuró el vino color sangre que le devolvió el pulso y la esperanza.





Ella lo oyó antes de verlo. Renqueaba por las escaleras, con esa cojera recurrente que sólo aparecía cuando el vino lo dejaba ser él mismo. Por el sonido de sus pasos supo que había tomado una decisión y encendió las velas que presidían la mesa de la cena.
Unas flores silvestres resistían enhiestas dentro del único jarrón blanco que sobrevivió al viaje en barco desde Francia. Las servilletas bordadas que compró en un convento de Madrid, daban un aire solemne a lo que presentía que iba a ser su última cena juntos.
No se arrepentía, sabía que aquello tenía que llegar tarde o temprano, aunque hubiera preferido que no ocurriera en primavera. La primavera es la estación del amor, de las parejas cogidas de la mano al atardecer al borde del mar, de las sonrisas y las canciones alegres. Debería estar prohibido dejar de amarse en primavera.



Una lágrima rodó libre de sus ojos y se quedó instalada en la punta de su nariz. La observó tintinear dubitativa, sin atreverse a caer, pero otra más pesada la alcanzó y se lanzó con ella al abismo, hasta estrellarse sobre el mantel bordado con que celebraba el final de su felicidad.
Aún conserva el corazón rojo sangre de la mancha que el vino dibujó caprichoso en el mantel. Lo guarda junto a los recortes de sus éxitos, junto a las fotos de sus visitas, que nunca se espaciaron eternamente.





Lo ve envejecer en su álbum a la vez que las manos que lo sostienen y a veces hasta lo escucha antes de verlo, con el renquear de esos pasos dubitativos, que preceden a las decisiones importantes. Alegre le sonríe siempre desde cualquier  imagen, como sabiendo al posar que terminará entre sus dedos. Rodeado de gente en una plaza o paseando inmenso entre viñedos, con toreros, artistas y jefes de estado, sobresaliendo entre ellos sin pretenderlo. Humilde y reivindicativo a la vez. En sus manos siempre una copa de rojo vino con el que brinda por los hombres valientes y por el amor eterno.
Adora a España, siempre la amó, como amó su libertad y su destino de protagonista anónimo de la historia. No pudo ser, le ganó la fama. Los hombres decididos no pueden pasar por encima de la vida. Ellos dejan huella, aunque sean en forma de corazón, como la mancha de vino sobre el mantel.




Porque no todos los sueños se hacen realidad y ellos lo saben. Hoy tampoco  subirá las escaleras hasta la buhardilla, no son ciertos los pasos que escuchaba, pero espera que mañana lo sean. Apaga otra noche las velas. Las flores resisten altivas en el jarrón blanco. Dos copas de vino tinto medio llenas sobre un mantel bordado ya amarillo, que vuelven a decirle hoy adiós.  

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