Mi viaje a Cuba III.- La olla arrocera y el Caribe.


Llegamos a nuestro primer destino al anochecer. Una primera mirada a la ciudad me descubre un bullir efervescente de gentes en las calles, haciendo nada en particular, viviendo en una constante búsqueda de algo inconcreto.
En una calle cualquiera se amontona un grupo de personas en torno a una carretilla de comida y unas luces como de fiesta.
 Pregunto, porque eso va con mi carácter, y espero que me digan a qué se debe esa algarabía con música y todo.
"Es la cola para la olla arrocera" me responden. Y creo que aún no se me ha cerrado la boca del asombro. Por fin Fidel ha dado la olla arrocera a la ciudad y hay que hacer cola para obtenerla, ya la tienen en casi toda Cuba. Mira, pienso, este gobierno que regala electrodomésticos a la población tampoco es que no mire por el pueblo. Pero vuelvo a equivocarme.



Lo que el gobierno regala es la opción de compra, luego, el cubano tiene que pagar ciento veintitantos pesos si le toca poder comprarla. Estoy alucinando.
Más alucino en cambio cuando conozco "en persona" a la olla arrocera cubana. Es una especie de freidora eléctrica en la que, según dicen, se pone el arroz, el agua y la sal y ella sola se apaga cuando el arroz está cocinado.
No entiendo a qué tanta fiesta por un aparato eléctrico cuando es raro el día que no se tienen  tres o cuatro cortes de luz o apagones, como ellos dicen. Prefiero callarme, la gente está demasiado ilusionada como para que yo abra mi enorme boca.






Me concentro en la casa que nos alquilan, es preciosa. Tiene un patio interior y unas habitaciones amplias, cómodas y limpias. La dueña tiene dos hijos en el extranjero. Es agradable aunque habla poco y nos pide toda una serie de datos para su libro de registro.
Nos aseamos y salimos a cenar. Visitamos uno de los famosos paladares del país. Es una casa muy bien decorada con dos o tres salones de espera. Tardamos un buen rato en que nos toque comer. El dueño nos explica que sólo se le permiten doce sillas en el comedor y que hasta que no se vacíen no puede hacer entrar a nadie más. "Esto no es fácil" es la frase que más veces he oído en Cuba.
 Ahora no se pueden comprar patatas. Si alguien las vende va a prisión, si alguien las compra va a prisión. No se preocupe, le digo, no vamos a pedirle tortilla española.
El hombre agradece nuestra comprensión y nos atiende francamente bien. Por cierto, comimos patatas.




Un par de días más tardes visitamos la playa. Tuvimos que buscar una zona concreta donde no hubiera hoteles ya que las playas de los hoteles son sólo para turistas y nos acompañaba un cubano. Si algo teníamos claro era que donde no entrara él tampoco iban a entrar los españoles, al menos no estos españoles.
Al final dimos con una calita mixta donde había de todo.





 Me sorprendió la indumentaria de las mujeres, todas llevaban pantaloncito encima del bikini o bañador. Con lo sexy que aparecen las cubanas en los anuncios de reggaetón descubrir ese pudor me llenó de curiosidad.
Descubrí con alegría que en el bar donde almorzamos había un grupo de jóvenes pertenecientes a un movimiento cristiano. Tenía la equivocada certeza de que en Cuba no encontraría a personas religiosas cuando lo cierto es que todo el mundo lleva al cuello algún signo religioso bien una cruz, o la imagen de  Cristo o una Virgen.
Hay tanto que se da por hecho con respecto al pueblo cubano que realmente hoy pienso que nada de lo que he oído o leído es del todo cierto.



Me pareció curioso que no se nadara en aquella playa. Todos los bañistas estaban de pie muy quietos, sin apenas moverse. No profundizaban más que hasta la cintura y ahí permanecían agachados, hablando y nada más.
Yo tenía claro que no había llegado hasta El Caribe para quedarme agachada en la orillita, de modo que me hice algunas brazas con mi atlético estilo que tantas pesetas le costó a mi madre en clases de natación.




A las dos brazadas comencé a oír los gritos de “regrese, regrese” y noté aterrorizada que estaba a más de doscientos metros de la orilla. Volví no sin esfuerzo y ahí fue donde me enteré de que las playas donde les estaba permitido bañarse a los cubanos estaban infestadas de tiburones y fuertes corrientes que te llevaban directamente hacia ellos. Me quedé tan blanca que perdí todo el moreno tropical que había ganado en el viaje y aún tiemblo de pensar qué hubiera pasado si no los escucho llamarme.





Mientras nos bañábamos entablamos conversación con un borrachín. Tenía algún líquido transparente en una botellita de agua y nos dio un serial con respecto a los tiburones. Luego se le soltó la lengua y nos contó como las mujeres sólo querían a los hombres que tenían moto o coche y cómo, si te casabas con un extranjero podías salir y entrar con toda la libertad porque de seguro te ibas a pasar la vida llevando dinero a la familia que se quedaba.
- Te veo resentido, le digo, qué pasa, que no te ha tocado la olla arrocera?
 No, no le había tocado.


Más tarde nos contó cómo pudo comprarse su nevera con la venta de una caja de cincuenta mecheros de gas que le habían traído de España. Decía que no se entendía cómo los "gallegos" que fueron los que trajeron a las negras a Cuba ahora se las estuvieran llevando poco a poco.
Nos reímos mucho con él, tenía la inocencia y la poca vergüenza del que se deja llevar por el alcohol. Supongo que al otro día rezaría para que no nos acordásemos de su cara.

                                                                                                                                         .....Continúa….
Mi viaje a Cuba. parte II.-  http://chabelaconbdeisabel.blogspot.com.es/2012/03/mi-viaje-cuba-ii-en-carretera.html

Mi viaje a Cuba, Parte I.- http://chabelaconbdeisabel.blogspot.com.es/2012/03/seis-anos-ya-y-parece-ayer-mi-viaje.html

Comentarios

  1. Tú artículo publicado hoy en Cjaronu, gracias,

    http://cjaronu.wordpress.com/2012/03/19/mi-viaje-a-cuba-iii-la-olla-arrocera-y-el-caribe/

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  2. Gracias amiga. Eres un sol caribeño.
    Besos.

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