Canelita o el paso de azúcar amarga.



Capítulo 1: Lunes, menú de la casa.

Sobre el mostrador, resistiendo erguida al vaivén diario, la pizarra anunciaba el especial del día. Lunes: Estofado de carne con tomate, ensaladilla rusa y flan casero.
Canelita aparcó su vieja motocicleta de segunda mano en la parte trasera de la venta. El sol hacía casi una hora que se mantenía colgado encima de los pinares, caldeando a los primeros coches que, enfilados, resistían impasibles el calor del mediodía. Dentro, al fresco del salón, sus agotados dueños intentaban reponerse de las largas horas de conducción.




Volvía a llegar tarde. Seguramente ése sería el momento en el que María Antonia miraba por cuarta vez el reloj, jurando que no permanecería un minuto más a su servicio.
Tímidamente abrió la puerta trasera del local y entró cabizbaja.
-¿Sabes qué hora es? – Oyó al instante sobre su cabeza- Ya hemos empezado a servir almuerzos y no hay postre para ningún cliente. No te quedes ahí parada. Baja al gallinero y trae los huevos. Hay que hacer flan.
-Ayer, antes de salir, preparé una crema de nueces por si me retrasaba –murmuró.
- Entonces es que ya sabías que no llegarías a tu hora, ¿no? No sé qué voy a hacer contigo. Anda –suavizó-, trae acá esa crema antes de que cualquiera de los de ahí fuera asalte la cocina. Y de todas formas baja a por los huevos.




Canelita obedeció en silencio. Había aprendido a callar casi a la misma vez que aprendió a hablar y aún no podía distinguir cuál de las dos actividades le resultaba más provechosa.
Se lavó las manos restregando con jabón verde y estropajo hasta hacerlas enrojecer. La higiene es la norma fundamental de la cocina y ella procuraba cumplirla a rajatabla: Primero jabón, luego estropajo, agua abundante y papel de secar. Siempre en ése orden, sin saltarse un paso.
Acto seguido se encaminó hacia la nevera, un arcón enorme en el que casi se introdujo para acceder a su lugar secreto, y sacó de allí la bandeja que había anunciado a María Antonia.
El famoso lugar secreto no era otra cosa que el hueco que dejaba una pata de jamón mechado al apoyarse sobre un bloque de hielo de la edad de Doña Pilar. Tenía que hacer uso de él porque el hambrón de Bienvenido solía atacar, con nocturnidad y alevosía,  a todo lo que oliera a dulce en la cocina, bajo el pretexto de unas  supuestas y no comprobables bajadas de tensión. Esa y no otra era la razón por la que había ocultado a María Antonia la existencia de la crema de nueces hasta ese mismo momento, aunque desde el día anterior conociera lo de su retraso.



Sabía que hoy llegaría tarde, como sabía que lo haría los próximos días siguientes. Era inevitable. Llevaba dos noches enteras trabajando en la tarta nupcial de su hermana y aún le quedaban dos más, si quería que todos los pastelillos faltantes estuvieran listos para el gran día.
 No quedaba más remedio que ir apañándose con María Antonia e ir aguantando el chaparrón esos dos días, si no quería fallarle a Sara. Que supiera que estaba cometiendo el gran error de su vida no era razón para no cumplir la promesa que le hizo: Tendría el mejor surtido de dulces en su boda. Lo había prometido y lo cumpliría.
Le había podido el sentimentalismo, como siempre, y eso que no se hablaban desde hacía más de dos años. Viviendo en la misma casa y sin hablarse. Turnándose para cuidar a los padres, para hacerles la comida, para asearlos, para medicarlos, para atenderlos en todo y sin hablarse. Viéndose a diario durante dos largos años y sin dirigirse la palabra.
Era demasiado tiempo entre silencios. Por eso cuando llamó a la puerta de su habitación, llorando como Magdalena, con el universo hecho cisco porque se había quedado embarazada, no le quedó otra que rendirse ante lo evidente: Siempre la podría el sentimentalismo.

Puso la bandeja sobre el mármol y comenzó a sacar los moldes de barro, mientras su pensamiento analizaba los pros y los contras de aquella súbita reconciliación. Eran pequeños esos moldes para su gusto. Aunque María Antonia siempre dijera que era preferible que el cliente repitiera antes de que dejara algo en el plato, Canelita sospechaba que aquello era simple tacañería disfrazada de exquisitez. Obviamente se guardaba mucho de exteriorizar su opinión, conocedora como era del mal humor de su jefa.


... Sigue leyendo la primera entrega de mi novela en la revista Spes Única (a la derecha tienes el enlace) y cuéntame tus impresiones.


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