Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

martes, 12 de noviembre de 2013

Abelardo y su viuda. (Canelita X entrega)

Todo parecía normal  hasta que, a los seis meses más o menos, ingresaron en el hospital a Abelardo con unas fiebres muy persistentes.
- No podéis imaginaros cómo lloraba su mujer y cómo se desvivía por atenderlo. Lo lavaba, lo cambiaba de ropa, lo cuidaba. Ni siquiera dejaba que le dieran de comer las enfermeras, todo se lo hacía ella.
- Lógico madre, si tenemos en cuenta que lo estaba envenenando.
- Eso no se probó María Antonia. Y él sigue negándolo. Incluso la va a visitar a la cárcel.
- La policía la detuvo en el hospital. Es verdad que nadie la vio poner el matarratas en la comida, pero era el tercer marido que se le enfermaba de aquella forma y ya había enterrado a los otros dos. En aquella época eran pocos los cadáveres que se exhumaban y tampoco se dijo si llegaron a hacerlo con sus otros dos finados, pero el caso es que vigilaban desde hacía tiempo a la maestra y no tardaron en descubrir el veneno escondido en su cocina.
Luego vinieron los análisis y las comprobaciones y acabaron llevándosela presa. A todo esto Abelardo, que llevaba ya unos días inconsciente, empezó a reaccionar al tratamiento y en poco más de dos meses, estuvo fuera del hospital.


Los agentes lo visitaron varias veces y estuvieron contándole lo que su mujer había tratado de hacer con él. Le mostraron pruebas y lo informaron de lo que les pasó a sus anteriores maridos, pero él no les creyó.
Y ahí sigue, yendo a verla cada domingo, sufriendo con ella los veinticinco años de cárcel a los que fue condenada. Si le preguntáis, os contará que se cometió con ella una injusticia atroz y la defenderá por encima de cualquier evidencia. Hay mujeres que tienen ese poder sobre los hombres, los vuelven locos.
- La loca es ella –dijo Rufino, adivinando la amargura de su mujer -. Esa mujer tiene una enfermedad que consiste en la necesidad de ser imprescindible para la vida de otra persona. Lo vi en una película. Se dedican a hacer que los hijos o los maridos enfermen para luego darles los mayores cuidados. Tiene un nombre, pero no recuerdo ahora mismos cómo se llama ésa enfermedad.


- Siempre buscándole nombres a las cosas. Si eso es verdad, es simplemente tener muy mala leche el nombre. Fuera o no fuera de la acera de enfrente, tampoco era como para jugarse la vida por querer demostrar su hombría.
- Madre es usted cerradita –dijo Bienvenido-. Abelardo no intentaba ocultar su homosexualidad al casarse, se enamoró de verdad de aquella mujer. Si no, como se explica que continúe visitándola después de tantos años. La quiere todavía y la seguirá queriendo mientras esté encerrada. En el fondo él sabe que le hizo daño y sólo así es capaz de seguir amándola, con una reja de por medio.
- Él la defiende a muerte delante de todos los que, según dice, la ofenden, pero no ha movido ni un solo papel para que consiga la condicional o para que se revise su caso. La defendió un abogado de oficio, cuando todo el mundo sabe que Abelardo tiene tierras y fincas para vivir tres vidas sin dar golpe. No quiero creer que no sea consciente de todo eso.

- Es posible que sólo la seguridad que le da verla encerrada, sea lo único que le permita seguir enamorado de ella –dijo María Antonia-.


martes, 30 de julio de 2013

La Reciprocidad o el equilibrio del universo.

La  reciprocidad es el pago justo que se da o que se espera ante un acto, un sentimiento o la falta de ambos. Es algo tan natural, que la mayoría de la gente piensa que constituye el verdadero equilibrio del universo, la verdad absoluta del bien y el mal que se complementan.

Por recíproco se entiende lo merecido, lo esperado, lo que es de ley. No hay nada más desesperante a no obtener la respuesta “debida” al gesto ofrecido o lanzado a la cara. La expresión “como perro al que le paran coche” adquiere su máxima expresión en esos casos.



La reciprocidad como respuesta humana es la contestación prevista en un diálogo constante y,  teniendo en cuenta que el ser humano es el único que presume de tener comunicación verbal y gestual clara, es algo así como lo más lógico de todas las cosas lógicas.

El problema aparece cuando simplemente no se da. Cuando uno ama y no es correspondido, cuando uno odia y no es correspondido, cuando uno provoca y no es correspondido, cuando uno da y no es correspondido, cuando uno se esfuerza y no es correspondido.




Qué mal sienta cuando no aparece la reciprocidad esperada. Cuánta frustración puede provocar la ausencia de reacción, la desaparición total de respuesta en una comunicación clara y directa. Es como el dejar de ser, como el no existir, como el absoluto nihilismo en súmmum desprecio.

Cuando alguien quiere con toda el alma y no es querido, el ser humano piensa que no lo merece por ser como es, o por no ser como debiera ser. ¿Puede haber mayor tragedia para una persona, que llegar a dejar de quererse a sí mismo porque otro no lo quiere?

Cuando alguien odia o desprecia espera, al menos, que el otro se dé cuenta de su animadversión. Es tremendamente injusto que alguien soporte la injusticia sin responderla, que ignore tan descaradamente la provocación voluntaria de dolor sin volverse a responder la dentellada. Somos humanos ¿no?



Cuando alguien da, comparte sus bienes, atiende al menos favorecido, espera al menos el agradecimiento, la sonrisa tímida de reconocimiento del ser inferior a nuestra magnanimidad. ¡Qué desagradecida la persona que no corresponde al gesto con humillación! Es tan cierto el refrán de que no es biennacida, no se merece que se vuelva a repetir jamás un detalle con ella.

Cuando uno estudia y no aprueba, cuando busca trabajo y no lo encuentra, cuando trabaja y no le pagan lo justo, cuando limpia y nadie se da cuenta, cuando cocina y nadie halaga sus guisos, cuando se arregla y nadie le dice que está guapa, cuando pone todo de su parte y no obtiene el resultado esperado … ¿Puede haber algo más injusto que la falta de reciprocidad?


Ah, pero queda la esperanza del equilibrio universal, de que todo se paga en esta vida, de que Dios no se queda con nada de nadie, de que el mundo es redondo y todo vuelve a uno, lo bueno y lo malo.
Alguno lo llamará el consuelo de los tontos, la espera absurda del que se sienta en el zaguán a ver pasar el ataúd del enemigo, la creencia prehistórica de la justicia divina. Pero al dueño del arado eso le da igual, el siembra lluvia y recogerá tempestades, aunque la tierra o los cielos parezcan no producir el mínimo fruto, aunque el vacío más absoluto sea la respuesta recíproca al vacío de su alma.
                                                                             
                                                                                                                Chabela Jiménez, Julio 2013


miércoles, 29 de mayo de 2013

Recreándonos en nuestra triste realidad.

Es cierto que la situación económica de España no pasa por su mejor momento de la historia. Es más, estamos pasando por una de las mayores crisis de nuestra historia y tenemos el mayor índice de paro que se ha conocido nunca.
Cierto es que hay casos verdaderamente desesperados a lo largo y ancho de toda la piel de toro: Fraudes bancarios que han llevado a mucho padre de familia a la ruina, desempleo sangrante, pérdidas de viviendas, familias desahuciadas, pobreza inesperada y desesperante.




Es verdad, todo está muy mal, pero no es necesario que estemos constantemente recreándonos en nuestra triste realidad. Hablo en concreto de los programas de televisión. Es imposible ver un magazine en el que no aparezcan las tragedias diarias de cada familia que lo ha perdido todo, que ha tenido que abrir una casa vacía para ocuparla, que está viviendo de la caridad de los vecinos o de la iglesia, que está con sus hijos en la calle reclamando su derecho a una vida digna.

Es tarea y obligación de los medios de comunicación denunciar esas situaciones. A algunas familias es lo único que les queda, que se conozca su desesperación, que se les mueva algo en el interior a los que tienen el poder de solucionar en algo su angustia, pero en serio que ya se convierte en algo insoportable.


Pones la televisión y una pareja cuenta su amarga realidad. La simple mención de la falta de lo básico como alimento o techo, ya es motivo de tristeza y lleva implícita la denuncia social de una situación insostenible. Si a la vez lo equilibra con los casos de corrupción política, el número de cargos públicos acusados de malversación de fondos públicos, la avaricia de bancos y banqueros, el tráfico de influencia, los enchufismos o los enriquecimientos opulentos y sospechosos con visos de impunidad patente, ya tiene suficiente el telespectador para que le hierba la sangre y su indignidad roce la rayita roja de "a punto de reventar".


Ya es suficiente, no es necesario más. En serio que no se necesita que la entrevista a la pareja dure por espacio de más de media hora. Se comprende que les rellena espacio, pero la idea se capta desde el primer momento y el fin está cumplido. No hace falta que extiendan con anécdotas ilustrativas, que los acorralen hasta que lloren, que les reiteren que no tienen mañana, que les recuerden que no pueden darles a sus hijos ni de comer, que les pongan lo más negro de su vida delante de sus caras y de las de toda España. Déjenles un poco de dignidad, señores, déjenle un poco de esperanza. ¡Déjennos un poco de esperanza!

Los que buscan o buscamos trabajo sin encontrarlo, tenemos muy presente que nuestra situación puede llegar a ser como la de ellos. No es preciso que nos sigan metiendo el miedo en el cuerpo. Estamos tan acobardados que ni siquiera nos atrevemos a aspirar a los puestos de trabajo para los que estamos capacitados.
Los que tienen trabajo ni se plantean una queja o una reclamación cuando es obvio que los están explotando por miedo a perder lo que tienen.
No compramos, apuramos al máximo la ropa y los zapatos, no nos permitimos un capricho, comemos marca blanca, fumamos lo más barato, repostamos los lunes, olvidamos el sabor de la carne y el pescado fresco,tenemos en el vocabulario escrito a fuego "no se puede"
Están creando una sociedad amedrentada y débil, ideal para el gobernante sea del color que sea. Vivimos una constante inseguridad que nos descuartiza como seres humanos.



El fin de semana pasado escuché en la radio un programa sobre emprendedores. Gente normal que se arriesga y pone un negocio agudizando el ingenio. No me lo podía creer ¿En serio que todavía se puede?
Fue como una inyección de esperanza el ver que hay gente que no se está quedando en sus casas amenazados por la ruina, esperando la epidemia de miseria que parece que se extiende rodeando a cada español. ¡Hay gente que lo sigue intentando!

¿No puede ese mensaje insertarse en medio de los casos desesperados de pobreza y desempleo, desahucio y desesperanza? ¿No merecemos saber que siempre es posible comenzar de nuevo, que mientras hay vida hay una posibilidad de cambiar nuestro mañana? ¿Atiende ésta proliferación de entrevistas de casos desesperados a una exposición de denuncia social o a un intento de ahogar la poca esperanza que nos queda?


No se me malinterprete. Es cierto que la denuncia social es necesaria, que no se deben ocultar las situaciones a las que hemos llegado por la avaricia de algunos y la mala gestión de otros. Pero recrearse en la peor parte de nuestra realidad roza la mala intención. Parece un intento de amedrentarnos, de hacernos creer que será nuestro futuro inevitable, que más temprano que tarde llegaremos a ése momento terrible si hacemos un gesto distinto de los que venimos realizando. ¡Quietos! ¡No os mováis! ¡Podéis ser los siguientes!
Sinceramente me parece que ya está bueno lo bueno.

viernes, 5 de abril de 2013

Canelita y el chico de los botines negros


Con el olor a pescado impregnándolo todo, era difícil concentrarse en los olores propios del postre del menú. Canelita tuvo que probar por dos veces el relleno de la tarta para asegurarse de que llevaba todos los ingredientes.

Aunque tenía la base preparada del día anterior, el secreto de una buena tarta de manzana radicaba en el flan que la cubría y en la mermelada que lo bañaba y en eso, precisamente, era en lo que se estaba esmerando en aquellos momentos.

- ¿Te ayudo a cortar manzanas? –preguntaba Daniela, mirándola sonriente.
Canelita era consciente de que despertaba verdadera admiración en la camarera de los pechos altos pero, en ése instante preciso, no estaba por la labor de mantener con ella una de sus intrascendentes y vacías conversaciones de compañera.



- Ya están cortadas y bañándose en limón –respondió secamente.

- Eso se hace para que no se pongan negras ¿verdad?  - seguía intentándolo.

- Y desde cuándo te interesa a ti la repostería –preguntó sin responder.

- Bueno, se puede decir que desde que andas enamorando a la clientela con     tus postres –sonrió-. Ahí fuera está otra vez el chico de los botines negros. Ya ha preguntado por el postre del día y no quita los ojos de la puerta de la cocina, para ver si apareces.

- ¡Deja de decir tonterías! No conozco al tal chico de los botines negros. De hecho nadie de mi barrio viene nunca por la venta, de modo que no se te ocurra meterme en problemas, o tendré que arrastrarte de los pelos por todo el gallinero.



- ¡Qué carácter, mujer! Si lo único que quería era darte conversación y ser simpática. Y, además,  que yo no me invento nada. También Rufino y María Antonia han notado que te mira. Y Doña Pilar dice que lo ha visto sentado en la parada del autobús, esperando a que salgas para verte marchar.
- ¡Yo es que no puedo creerlo! ¿Habláis de mí a mis espaldas? –Aquello era lo que se conoce vulgarmente como pasarse de castaño oscuro. Estaba claro que había llegado el momento de pararle los pies a aquella Barbie Cotilla, si no quería ser la diana de todos los comentarios de la cocina. – Mira Daniela –dijo haciendo acopio de una paciencia que desconocía que existiera en su persona-, si de verdad deseas ser simpática, empieza por olvidarte de mí y de mi vida. No quiero escuchar ni un comentario más sobre el chico de los botines negros que, entre otras cosas, dudo de que sea el protagonista de la película que os estáis montando.
- Desde luego que no te enteras de nada, chica. Parece que vivieras en la luna. ¿De verdad que no te has dado cuenta de nada?




- ¡Qué se va a dar cuenta! –Intervino Doña Pilar- Ella viene aquí a trabajar y es lo que hace.
- ¡Oiga que yo también trabajo! –Daniela se sentía dolida en lo más profundo, siempre teniendo en cuenta la profundidad que poseía Daniela-.
- Si hija sí, además de todo lo demás.
- Está visto que no se puede ser amable con la gente. Ya ven, yo sólo quería alegrarle el día a canelita. Con ésa cara que trae de amargada de la vida, siempre tan seria. Pero se ve que, hasta para ser agradable, hay que pedir permiso. Pues que sepan … -Y su voz se fue apagando, que no extinguiendo, a través del pasillo, en busca quizás de algún otro misterio que requiriera de su intelecto con urgencia.
- Ve con Dios, querida –dijo Bienvenido sin levantar la vista del pescado que se doraba en la sartén.
- ¡No blasfemes hijo, que lo que te hacía falta era que Dios te castigara!

... síguela en la Revista Spes Únina de Abril.








Chabela Ximénez.

sábado, 16 de marzo de 2013

Canelita, 4ª Entrega: De amores y desengaños.


Nada más entrar, María Antonia la saludó con una de sus enigmáticas sonrisas y Canelita comprendió que aquel era uno de esos días en los que Rufino y ella habían limado asperezas en la cama. Lo cierto es que le resultaba bien curioso lo que una buena ración de sexo era capaz de conseguir de una persona tan metódica y severa, como era María Antonia.
Habitualmente trataba a su marido como a uno más de sus empleados, dejando bien claro con su actitud, quién era la dueña de la venta. Pero el día señalado, previsto y previamente elegido para el goce y disfrute matrimonial, María Antonia despertaba respetando el lugar de su hombre como antaño. Le preparaba el desayuno y se lo servía ella misma en la cama, le planchaba la camisa y el pantalón y se mostraba sumisa y agradable durante todo lo que duraba el día.



Era una lástima que aquellas apasionadas veladas no se celebraran más a menudo, porque lo cierto es que su jefa ganaba mucho cuando sonreía. Su pelo ceniza adquiría un brillo especial, tal vez reflejo de la luz de sus ojos, y su boca se perfilaba entre unos dientes blanquísimos y hacía olvidar el rictus de amargura que de continuo, exhibía su rostro.
Desgraciadamente, María Antonia olvidaba al día siguiente su escapada al mundo de los sentidos y volvía a ser la misma señora seria y desabrida  que, a media tarde, contaba las historias más maravillosas jamás contadas.



Nadie podía decir cómo habían acabado juntos aquellos dos. Todo el mundo sabía que María Antonia había sido desde niña la novia de Rafael, el dueño del hostal, el que ahora era marido de Margarita, la de ojos de folclórica. Y todos pensaban que acabarían juntos, es más, que envejecerían juntos, de tan enamorados y felices que se les veía. Pero cuando Rafael volvió del servicio militar, ya, dicen, traía la cara del culpable de amor.
Tuvo que conocer a Margarita en algún punto entre Cádiz y Valencia, que fue donde estuvo destinado, y no pudo olvidarla a su regreso.
Y parece ser que el hombre lo intentó, porque incluso se comprometió con María Antonia y hasta compró el solar para construir el solar y la casa de la pareja. Pero se ve que aquel sentimiento fue más fuerte que él y el compromiso adquirido desde niño, porque Rafael terminó abandonando a María Antonia para irse en busca de Margarita.





Siempre según la gente, la decisión la tomó un mes justo antes de la boda, con toda la casa amueblada y las invitaciones impresas. Nadie en cambio puede saber qué fue lo que pasó por la mente de María Antonia, ni en cuantos trozos debió romperse su corazón, tampoco qué la impulsó a comprar la ruinosa venta que vendían justo enfrente del hostal.
Se sabe en cambio, que cerró el trato con el dinero que tenía ahorrado para el viaje de novios y el banquete, y que vendió los muebles y el traje de novia para seguir pagando aquel incierto negocio.
Es de suponer que además, debió de entramparse hasta los ojos, a juzgar por el cambio que le dio al Paso de Azúcar. De ser una venta de mala muerte en un cruce de carreteras poco transitado, pasó a ser uno de los puntos turísticos por excelencia de la comarca, cita obligada de camioneros y lugar de encuentro de veraneantes.




Nadie preparaba mejor las fiestas y celebraciones, las actuaciones para celebrar las fechas importantes, ni los platos para sorprender a paladares exigentes. María Antonia consiguió hacer resurgir la vida en la vieja carretera de la playa y, gracias a la fama de la venta,  prosperó el hostal y, gracias al éxito de los dos negocios, surgieron varios más en la zona, resucitando el viejo itinerario que ya nadie utilizaba para llegar a la playa.
Pero mientras más dinero ganaba, más tristeza había en el rostro de la abandonada. Su madre, que a la muerte de su marido se trasladó a vivir con ella, su hermano, que a la vuelta de sus vueltas por el mundo se quedó a trabajar con ella y el niño, que le nació tras la inauguración de la venta sin sorprender a nadie, no pudieron o no supieron recuperar la sonrisa que María Antonia perdió, en algún lugar del pasado, pegada a un trozo del corazón.


Un día, siempre según los comentarios que Canelita escuchó en el pueblo, Rufino llegó a la venta, como un cliente más para comer. Era un viajante del norte, con la mirada sincera y la palabra parca. No se explica nadie cómo logró captar la atención de la dueña del local, pero lo cierto es que ése día se volvió a escuchar la risa franca y espontánea de una María Antonia relajada y feliz, en pleno salón del Paso de Azúcar.

... Síguela leyendo en la revista Spes Única del mes de Marzo.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La historia de Sebastián en Canelita o el Paso de Azúcar amarga (3)

....Lee el principio del capítulo en la revista Spes Única  (pg.12) ...

De lo que hablamos es de la vida del pobre Sebastián: El hombre al que de chiquillo arroyó un tren y salió ileso. El hombre que asegura que desde aquel incidente puede ver lo que va a pasar antes de que pase. El hombre al que todos temen cuando fija la mirada.
- Seguramente el tren le dio un mal golpe en la cabeza –dijo Rufino con el chato a medio camino hacia los labios-, no cabe otra explicación.
- Tú siempre tan incrédulo –continuó María Antonia-. Sin embargo yo he visto erizársele el vello al más escéptico  al comprobar cómo le acertaba el día y la hora en que su hijo nacería, cuando ni siquiera tenía esperanzas de ser padre. Es un hombre prodigioso. Según contaba, recibía una especie de impresión en blanco y negro de lo que iba a suceder, sin posibilidad de controlarlo a voluntad.
- Lógico teniendo en cuenta que cuando lo cogió el tren no había sino televisión en blanco y negro.
- ¡Cállate de una vez, Rufino! –cortó Doña Pilar- ¡Haces hablar a las piedras. No sé si lo harás por miedo o por total ignorancia, pero me estás poniendo de los nervios!








- Bueno –prosiguió María Antonia, como si nada la hubiera interrumpido-, el caso es que Sebastián siempre fue un hombre desgraciado a causa de ese don. Nadie desea que le asalten por la calle y le digan el futuro a bocajarro y sin preguntar y él, sencillamente, no podía evitarlo. Por menos de nada, en plena fiesta del pueblo o en mitad de una reunión de café, señalaba al futurible y lo empapaba de hechos y acontecimientos posteriores e inevitables.
La gente lógicamente empezó a rehuirlo. Se apartaba de él como si fuera un apestado. Nadie quería ser el siguiente destinatario de una de sus visiones. Las madres prohibían a sus hijos hablar con él, los hombres le hacían el cerco en la taberna y jamás tuvo un compañero de trabajo.
Sebastián tuvo que dedicarse al campo. Al duro y solitario trabajo del campo. Allí pasaba su vida aprendiendo a doblegar en silencio aquel don maldito con el que la naturaleza y su capricho habían decidido que él cargara.
Se encerró en sí mismo y rompió con el mundo. Tan sólo una vez al mes salía de su encierro voluntario y bajaba al pueblo para ver a sus padres y alguna que otra vez en el año, pasaba a hacernos una de sus esporádicas visitas silenciosas. No hablaba entonces, se limitaba a observarnos y apuntaba en una vieja libreta las cosas que se había jurado a sí mismo que no volvería a contar. Ni siquiera comía con nosotros. Pedía en la barra algún menú y se marchaba al terminar, sin decir adiós. Creo que sólo pretendía comprobar que nos encontrábamos bien.
- ¡Pobre hombre! – No pudo reprimir Daniela, secándose un par de lágrimas que asomaban de sus enrimeladas pestañas.


- Si, era muy desgraciado – asintió la jefa-. Nosotros hacíamos lo imposible por animarlo: Le presentábamos a clientes y amigos, lo invitábamos a fiestas en la venta, incluso lo visitábamos si tardaba en venir a vernos, pero él se negaba a todo. Parecía rechazar al resto de la humanidad. Hasta que apareció ella.
- ¿Quién apareció? – Preguntó Rufino realmente interesado-.
- ¡Vaya –saltó su suegra-, parece que te está empezando a interesar la historia!
- No es la historia, mujer, es la forma de contarlo de su hija. Mi mujer siempre ha tenido madera de cuenta-cuentos.
- Sí, lo aprendió de su padre –sentenció Doña Pilar. Y nadie supo a ciencia cierta qué quiso decir concretamente. María Antonia optó por proseguir, como si no fuera con ella:
- La primera vez que esa mujer vino por El Paso de Azúcar, llovía. Lo recuerdo porque aquel fue uno de los cuatro días de la historia de la venta, en los que tuvimos que cambiar el menú. En vez de aliño del aliño de mariscos que anunciamos, pusimos una sopa de pescado, creo recordar. Aquel fue un raro agosto, frío y lluvioso.



Ella llegó empapada y pidió algo caliente para comer. Como no había mucha gente en el comedor, me entretuve vistiéndole la mesa y dándole un poco de conversación. Fue así como supe que procedía de un pueblecito del norte y que se dedicaba al estudio de la tierra. Estaba trabajando en uno de los yacimientos de pirita de la zona, localizando vetas o algo así, dijo. Y estaba tan absorta en su trabajo que ni siquiera notó que llovía hasta que, estornudando, comprobó que estaba calada hasta los huesos. Se subió apresuradamente a su coche y condujo sin cesar sin saber muy bien hacia dónde. El destino, según creía firmemente, la había traído hasta aquí.
Tuvo que leer en mi rostro la incredulidad más absoluta porque añadió en voz baja: Aunque soy una buena científica, creo en algo superior que gobierna nuestros momentos y nos define como personas. Y siguió sorbiendo la sopa.
Llegando al postre, la sorpresa petrificó mi espalda. Sebastián entró en el comedor, miró a su alrededor y se dirigió con seguridad hacia la mesa de la geóloga. Sonrió, hablaron dos palabras y se sentó frente a ella.



Yo aguardé unos minutos temiéndome lo peor y, cuando estuve segura de que era cierto que conversaban y ella no había salido disparada, me acerqué tímidamente a preguntarle qué tomaría.
“Tomaré a ésta mujer por esposa” dijo sonriendo y recordé que hacía mucho, pero que mucho tiempo que no había visto sonreír a Sebastián.
En poco más de dos meses se casaron y celebraron en la venta su boda. Hoy tienen dos hijos preciosos, alegres y traviesos, como cuenta mi madre que en otra vida fue su padre.
Con el tiempo, y tras mucho preguntar, me contaron que ambos soñaron con aquel encuentro hacía años. En el caso de Sebastián, la fecha y la hora del acontecimiento se encontraban anotadas en su vieja libreta. No me cabe duda de que es cierto porque de otra forma nunca se hubiera acercado por voluntad propia a Rosa. Pero ella, una mujer de estudios, una científica, de ideas pragmáticas y comprobables, tan inteligente, no sé, me da mucho que pensar.


- ¿Porque admite que cree en el destino? –Habló por primera vez Canelita-.
- Puede ser, no sé. Siempre se ha pensado que creer en ese tipo de cosas denota falta de cultura y es propia de supersticiosos e ignorantes. ¿No es verdad?
- Es cierto –dijo la chica-, siempre se ha pensado. De hecho llevan más de dos mil años diciendo lo mismo.
Todos guardaron silencio. Rufino se volvió a llenar el vaso de vino y Bienvenido se sirvió un nuevo cucharón de estofado en el plato del postre.

                                                                                                                                    Chabela Ximénez.

lunes, 14 de enero de 2013

El misterio del silencio

El silencio es el silencio, no es más. Intentar buscarle el significado a una respuesta que no llega pasa por ser una absoluta pérdida de tiempo.

En términos personales resulta la forma de libertad más completa, el derecho que todo ser humano tiene a no pronunciarse sobre algo que, o bien no es de su interés, o bién tendría una respuesta de consecuencias impredecibles, que prefiere no producir.

Mientras que el silencio impuesto se precibe como una forma de tortura, el silencio voluntario puede a la vez ser una losa de un peso indescriptible, o una basa de poder ante la provocación.

Dicen los expertos en el control fonético, que no existe placer más grande como el de dejar una respuesta por dar. Al parecer, la sensación de desconcierto del que la espera es como el fruto del paraiso, aunque nadie sabe a ciencia cierta a qué sabe el fruto del paraiso o, al menos, no ha vuelto para contarlo.

Y tiene su lógica porque cuando alguien pregunta algo, sea o no correcto preguntarlo, o sugiere o provoca una situación para obtener una reacción y no obtiene la respuesta presupuesta, la frustración debe ser manifiesta dado que por descontado ya habría ensayado una contrarespuesta a la cuestión. Mi gozo en un pozo, como se suele decir por mi tierra. 

 

El problema no es permanecer en silencio y dejar que el mundo siga su curso, eso hasta cierto punto es lo más fácil del ejercicio. Lo realmente artístico es conseguir no acudir al silencio para contestar y en una absurda parrafada, no responder a nada de lo que la espectante concurrencia anhela saber.

Debe ser un don como el de la palabra o ha de tener un entrenamiento ferreo en algún tipo de academia dialéctica porque los profesionales del ramo lo bordan con puntillita y todo.

Aún así, es cierto que uno es dueño absoluto de su silencio y esclavo de sus palabras y ese es un pensamiento que en los últimos tiempos debe resonar en los oídos de muchos con rotundidad meridiana. Máxime al comprobar como la tecnología inmortaliza cada gesto y cada palabra y la conserva entre sus fauces, para devolverla en el momento menos esperado y más oportuno a sus fines.

 


 

El silencio, en el mejor de los casos es una espada de doble filo que tanto puede cortar una conversación aburrida o sin sentido, como puede disolver una disputa.

Con todo, es la fórmula menos violenta de acabar con un tema que tenga visos de volverse interminable y absolutamente tedioso. Es una forma de protección como otra cualquiera, lo único que la diferencia del resto es que el silencioso, con su fórmula de no agresión, desarma las ofensas y consigue silenciar al auditorio.

 

viernes, 11 de enero de 2013

Canelita en la Spes Única: Entrega nº 2 / Enero



 

Daniela la sacó de sus cavilaciones. Entró como siempre, como un hermoso vendaval que lo movía todo a su paso. En esta ocasión buscaba un extraño aparato que María Antonia había comprado para mondar las patatas hervidas, como si no fuera más rápido y cómodo el hacerlo con los dedos. Dónde podrá estar, se iba preguntando en voz alta mientras revolvía cajones y armarios sin el menor miramiento.
Era una chica algo mayor que Canelita, con el pelo de un rubio aparentemente natural y una sonrisa pronta sobre un rostro cuasi perfecto.
De no ser por aquel físico, hubiera sido Canelita quien ocupara su lugar en la barra sirviendo las mesas. Pero María Antonia debía pensar que era mucho más agradable para la clientela poder observar un buen meneo de carnes prietas a la hora de elegir almuerzo, que la insignificante figura de aquel palo sin gracia que era Canelita. 



Al menos así ella lo pensaba. La realidad era tan diferente como que no había nadie en toda la comarca, que pudiera equipararse a Canelita a la hora de hacer dulces, y eso era una evidencia que no pudo escapar a agudo ojo mercantil de una mujer como María Antonia.

Pero esa es una de esas evidencias que todo el mundo aprecia menos la protagonista de la historia, evento u objeto de estudio. Canelita pasaba por alto el hecho de que sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, habían regentado durante años, primero el molino y después la más antigua panadería que existía en el pueblo. Incluso su madre, antes de caer enferma, continuó durante toda su vida la tradición y, justo cuando todos esperaban que el relevo lo tomaría su hija mayor, ésta sorprendió al pueblo transformando en estilosa cafetería, lo que hasta entonces había sido el pan, de todas las generaciones conocidas.



Las malas lenguas decían que era mala influencia de un novio forastero que le había llenado la cabeza de pajaritos sin plumas. Decían también que desde el momento que Sara tomó esa decisión, las hermanas se habían dejado de dirigir la palabra, y que la joven Canelita había preferido trabajar en cualquier sitio, antes de ver como su hermana quemaba la herencia familiar.
El caso es que a María Antonia le había venido muy bien aquella circunstancia, fuera la que quiera que fuera, porque Canelita acertó a pasar por la Venta del Paso de Azúcar a pedir trabajo, justo en el momento que su ayudante de cocina anunció que se marchaba. Y desde el día que tuvo la fortuna de aceptarla, la fama de los postres de la venta se había extendido como polvo sobre caoba, multiplicándose las referencias entre turistas y camioneros más allá de los confines de la región.



Nunca le había dicho a Canelita la bendición que supuso para el negocio, su providencial llegada. Ella no era mujer de halagos fáciles, aunque lo cierto es que se la pagaba mucho mejor que a Daniela y era tratada con mayor condescendencia que el resto del personal. Luego estaba lo de los horarios y las rarezas de la chica, que también se las traía, pero esa era otra cuestión. Como todo genio, tenía genio propio.

....Sigue leyendo en la Spes Única de este mes.