Canelita en la Spes Única: Entrega nº 2 / Enero



 

Daniela la sacó de sus cavilaciones. Entró como siempre, como un hermoso vendaval que lo movía todo a su paso. En esta ocasión buscaba un extraño aparato que María Antonia había comprado para mondar las patatas hervidas, como si no fuera más rápido y cómodo el hacerlo con los dedos. Dónde podrá estar, se iba preguntando en voz alta mientras revolvía cajones y armarios sin el menor miramiento.
Era una chica algo mayor que Canelita, con el pelo de un rubio aparentemente natural y una sonrisa pronta sobre un rostro cuasi perfecto.
De no ser por aquel físico, hubiera sido Canelita quien ocupara su lugar en la barra sirviendo las mesas. Pero María Antonia debía pensar que era mucho más agradable para la clientela poder observar un buen meneo de carnes prietas a la hora de elegir almuerzo, que la insignificante figura de aquel palo sin gracia que era Canelita. 



Al menos así ella lo pensaba. La realidad era tan diferente como que no había nadie en toda la comarca, que pudiera equipararse a Canelita a la hora de hacer dulces, y eso era una evidencia que no pudo escapar a agudo ojo mercantil de una mujer como María Antonia.

Pero esa es una de esas evidencias que todo el mundo aprecia menos la protagonista de la historia, evento u objeto de estudio. Canelita pasaba por alto el hecho de que sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, habían regentado durante años, primero el molino y después la más antigua panadería que existía en el pueblo. Incluso su madre, antes de caer enferma, continuó durante toda su vida la tradición y, justo cuando todos esperaban que el relevo lo tomaría su hija mayor, ésta sorprendió al pueblo transformando en estilosa cafetería, lo que hasta entonces había sido el pan, de todas las generaciones conocidas.



Las malas lenguas decían que era mala influencia de un novio forastero que le había llenado la cabeza de pajaritos sin plumas. Decían también que desde el momento que Sara tomó esa decisión, las hermanas se habían dejado de dirigir la palabra, y que la joven Canelita había preferido trabajar en cualquier sitio, antes de ver como su hermana quemaba la herencia familiar.
El caso es que a María Antonia le había venido muy bien aquella circunstancia, fuera la que quiera que fuera, porque Canelita acertó a pasar por la Venta del Paso de Azúcar a pedir trabajo, justo en el momento que su ayudante de cocina anunció que se marchaba. Y desde el día que tuvo la fortuna de aceptarla, la fama de los postres de la venta se había extendido como polvo sobre caoba, multiplicándose las referencias entre turistas y camioneros más allá de los confines de la región.



Nunca le había dicho a Canelita la bendición que supuso para el negocio, su providencial llegada. Ella no era mujer de halagos fáciles, aunque lo cierto es que se la pagaba mucho mejor que a Daniela y era tratada con mayor condescendencia que el resto del personal. Luego estaba lo de los horarios y las rarezas de la chica, que también se las traía, pero esa era otra cuestión. Como todo genio, tenía genio propio.

....Sigue leyendo en la Spes Única de este mes.

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