Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

lunes, 14 de enero de 2013

El misterio del silencio

El silencio es el silencio, no es más. Intentar buscarle el significado a una respuesta que no llega pasa por ser una absoluta pérdida de tiempo.

En términos personales resulta la forma de libertad más completa, el derecho que todo ser humano tiene a no pronunciarse sobre algo que, o bien no es de su interés, o bién tendría una respuesta de consecuencias impredecibles, que prefiere no producir.

Mientras que el silencio impuesto se precibe como una forma de tortura, el silencio voluntario puede a la vez ser una losa de un peso indescriptible, o una basa de poder ante la provocación.

Dicen los expertos en el control fonético, que no existe placer más grande como el de dejar una respuesta por dar. Al parecer, la sensación de desconcierto del que la espera es como el fruto del paraiso, aunque nadie sabe a ciencia cierta a qué sabe el fruto del paraiso o, al menos, no ha vuelto para contarlo.

Y tiene su lógica porque cuando alguien pregunta algo, sea o no correcto preguntarlo, o sugiere o provoca una situación para obtener una reacción y no obtiene la respuesta presupuesta, la frustración debe ser manifiesta dado que por descontado ya habría ensayado una contrarespuesta a la cuestión. Mi gozo en un pozo, como se suele decir por mi tierra. 

 

El problema no es permanecer en silencio y dejar que el mundo siga su curso, eso hasta cierto punto es lo más fácil del ejercicio. Lo realmente artístico es conseguir no acudir al silencio para contestar y en una absurda parrafada, no responder a nada de lo que la espectante concurrencia anhela saber.

Debe ser un don como el de la palabra o ha de tener un entrenamiento ferreo en algún tipo de academia dialéctica porque los profesionales del ramo lo bordan con puntillita y todo.

Aún así, es cierto que uno es dueño absoluto de su silencio y esclavo de sus palabras y ese es un pensamiento que en los últimos tiempos debe resonar en los oídos de muchos con rotundidad meridiana. Máxime al comprobar como la tecnología inmortaliza cada gesto y cada palabra y la conserva entre sus fauces, para devolverla en el momento menos esperado y más oportuno a sus fines.

 


 

El silencio, en el mejor de los casos es una espada de doble filo que tanto puede cortar una conversación aburrida o sin sentido, como puede disolver una disputa.

Con todo, es la fórmula menos violenta de acabar con un tema que tenga visos de volverse interminable y absolutamente tedioso. Es una forma de protección como otra cualquiera, lo único que la diferencia del resto es que el silencioso, con su fórmula de no agresión, desarma las ofensas y consigue silenciar al auditorio.

 

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