La historia de Sebastián en Canelita o el Paso de Azúcar amarga (3)

....Lee el principio del capítulo en la revista Spes Única  (pg.12) ...

De lo que hablamos es de la vida del pobre Sebastián: El hombre al que de chiquillo arroyó un tren y salió ileso. El hombre que asegura que desde aquel incidente puede ver lo que va a pasar antes de que pase. El hombre al que todos temen cuando fija la mirada.
- Seguramente el tren le dio un mal golpe en la cabeza –dijo Rufino con el chato a medio camino hacia los labios-, no cabe otra explicación.
- Tú siempre tan incrédulo –continuó María Antonia-. Sin embargo yo he visto erizársele el vello al más escéptico  al comprobar cómo le acertaba el día y la hora en que su hijo nacería, cuando ni siquiera tenía esperanzas de ser padre. Es un hombre prodigioso. Según contaba, recibía una especie de impresión en blanco y negro de lo que iba a suceder, sin posibilidad de controlarlo a voluntad.
- Lógico teniendo en cuenta que cuando lo cogió el tren no había sino televisión en blanco y negro.
- ¡Cállate de una vez, Rufino! –cortó Doña Pilar- ¡Haces hablar a las piedras. No sé si lo harás por miedo o por total ignorancia, pero me estás poniendo de los nervios!








- Bueno –prosiguió María Antonia, como si nada la hubiera interrumpido-, el caso es que Sebastián siempre fue un hombre desgraciado a causa de ese don. Nadie desea que le asalten por la calle y le digan el futuro a bocajarro y sin preguntar y él, sencillamente, no podía evitarlo. Por menos de nada, en plena fiesta del pueblo o en mitad de una reunión de café, señalaba al futurible y lo empapaba de hechos y acontecimientos posteriores e inevitables.
La gente lógicamente empezó a rehuirlo. Se apartaba de él como si fuera un apestado. Nadie quería ser el siguiente destinatario de una de sus visiones. Las madres prohibían a sus hijos hablar con él, los hombres le hacían el cerco en la taberna y jamás tuvo un compañero de trabajo.
Sebastián tuvo que dedicarse al campo. Al duro y solitario trabajo del campo. Allí pasaba su vida aprendiendo a doblegar en silencio aquel don maldito con el que la naturaleza y su capricho habían decidido que él cargara.
Se encerró en sí mismo y rompió con el mundo. Tan sólo una vez al mes salía de su encierro voluntario y bajaba al pueblo para ver a sus padres y alguna que otra vez en el año, pasaba a hacernos una de sus esporádicas visitas silenciosas. No hablaba entonces, se limitaba a observarnos y apuntaba en una vieja libreta las cosas que se había jurado a sí mismo que no volvería a contar. Ni siquiera comía con nosotros. Pedía en la barra algún menú y se marchaba al terminar, sin decir adiós. Creo que sólo pretendía comprobar que nos encontrábamos bien.
- ¡Pobre hombre! – No pudo reprimir Daniela, secándose un par de lágrimas que asomaban de sus enrimeladas pestañas.


- Si, era muy desgraciado – asintió la jefa-. Nosotros hacíamos lo imposible por animarlo: Le presentábamos a clientes y amigos, lo invitábamos a fiestas en la venta, incluso lo visitábamos si tardaba en venir a vernos, pero él se negaba a todo. Parecía rechazar al resto de la humanidad. Hasta que apareció ella.
- ¿Quién apareció? – Preguntó Rufino realmente interesado-.
- ¡Vaya –saltó su suegra-, parece que te está empezando a interesar la historia!
- No es la historia, mujer, es la forma de contarlo de su hija. Mi mujer siempre ha tenido madera de cuenta-cuentos.
- Sí, lo aprendió de su padre –sentenció Doña Pilar. Y nadie supo a ciencia cierta qué quiso decir concretamente. María Antonia optó por proseguir, como si no fuera con ella:
- La primera vez que esa mujer vino por El Paso de Azúcar, llovía. Lo recuerdo porque aquel fue uno de los cuatro días de la historia de la venta, en los que tuvimos que cambiar el menú. En vez de aliño del aliño de mariscos que anunciamos, pusimos una sopa de pescado, creo recordar. Aquel fue un raro agosto, frío y lluvioso.



Ella llegó empapada y pidió algo caliente para comer. Como no había mucha gente en el comedor, me entretuve vistiéndole la mesa y dándole un poco de conversación. Fue así como supe que procedía de un pueblecito del norte y que se dedicaba al estudio de la tierra. Estaba trabajando en uno de los yacimientos de pirita de la zona, localizando vetas o algo así, dijo. Y estaba tan absorta en su trabajo que ni siquiera notó que llovía hasta que, estornudando, comprobó que estaba calada hasta los huesos. Se subió apresuradamente a su coche y condujo sin cesar sin saber muy bien hacia dónde. El destino, según creía firmemente, la había traído hasta aquí.
Tuvo que leer en mi rostro la incredulidad más absoluta porque añadió en voz baja: Aunque soy una buena científica, creo en algo superior que gobierna nuestros momentos y nos define como personas. Y siguió sorbiendo la sopa.
Llegando al postre, la sorpresa petrificó mi espalda. Sebastián entró en el comedor, miró a su alrededor y se dirigió con seguridad hacia la mesa de la geóloga. Sonrió, hablaron dos palabras y se sentó frente a ella.



Yo aguardé unos minutos temiéndome lo peor y, cuando estuve segura de que era cierto que conversaban y ella no había salido disparada, me acerqué tímidamente a preguntarle qué tomaría.
“Tomaré a ésta mujer por esposa” dijo sonriendo y recordé que hacía mucho, pero que mucho tiempo que no había visto sonreír a Sebastián.
En poco más de dos meses se casaron y celebraron en la venta su boda. Hoy tienen dos hijos preciosos, alegres y traviesos, como cuenta mi madre que en otra vida fue su padre.
Con el tiempo, y tras mucho preguntar, me contaron que ambos soñaron con aquel encuentro hacía años. En el caso de Sebastián, la fecha y la hora del acontecimiento se encontraban anotadas en su vieja libreta. No me cabe duda de que es cierto porque de otra forma nunca se hubiera acercado por voluntad propia a Rosa. Pero ella, una mujer de estudios, una científica, de ideas pragmáticas y comprobables, tan inteligente, no sé, me da mucho que pensar.


- ¿Porque admite que cree en el destino? –Habló por primera vez Canelita-.
- Puede ser, no sé. Siempre se ha pensado que creer en ese tipo de cosas denota falta de cultura y es propia de supersticiosos e ignorantes. ¿No es verdad?
- Es cierto –dijo la chica-, siempre se ha pensado. De hecho llevan más de dos mil años diciendo lo mismo.
Todos guardaron silencio. Rufino se volvió a llenar el vaso de vino y Bienvenido se sirvió un nuevo cucharón de estofado en el plato del postre.

                                                                                                                                    Chabela Ximénez.

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