Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

sábado, 16 de marzo de 2013

Canelita, 4ª Entrega: De amores y desengaños.


Nada más entrar, María Antonia la saludó con una de sus enigmáticas sonrisas y Canelita comprendió que aquel era uno de esos días en los que Rufino y ella habían limado asperezas en la cama. Lo cierto es que le resultaba bien curioso lo que una buena ración de sexo era capaz de conseguir de una persona tan metódica y severa, como era María Antonia.
Habitualmente trataba a su marido como a uno más de sus empleados, dejando bien claro con su actitud, quién era la dueña de la venta. Pero el día señalado, previsto y previamente elegido para el goce y disfrute matrimonial, María Antonia despertaba respetando el lugar de su hombre como antaño. Le preparaba el desayuno y se lo servía ella misma en la cama, le planchaba la camisa y el pantalón y se mostraba sumisa y agradable durante todo lo que duraba el día.



Era una lástima que aquellas apasionadas veladas no se celebraran más a menudo, porque lo cierto es que su jefa ganaba mucho cuando sonreía. Su pelo ceniza adquiría un brillo especial, tal vez reflejo de la luz de sus ojos, y su boca se perfilaba entre unos dientes blanquísimos y hacía olvidar el rictus de amargura que de continuo, exhibía su rostro.
Desgraciadamente, María Antonia olvidaba al día siguiente su escapada al mundo de los sentidos y volvía a ser la misma señora seria y desabrida  que, a media tarde, contaba las historias más maravillosas jamás contadas.



Nadie podía decir cómo habían acabado juntos aquellos dos. Todo el mundo sabía que María Antonia había sido desde niña la novia de Rafael, el dueño del hostal, el que ahora era marido de Margarita, la de ojos de folclórica. Y todos pensaban que acabarían juntos, es más, que envejecerían juntos, de tan enamorados y felices que se les veía. Pero cuando Rafael volvió del servicio militar, ya, dicen, traía la cara del culpable de amor.
Tuvo que conocer a Margarita en algún punto entre Cádiz y Valencia, que fue donde estuvo destinado, y no pudo olvidarla a su regreso.
Y parece ser que el hombre lo intentó, porque incluso se comprometió con María Antonia y hasta compró el solar para construir el solar y la casa de la pareja. Pero se ve que aquel sentimiento fue más fuerte que él y el compromiso adquirido desde niño, porque Rafael terminó abandonando a María Antonia para irse en busca de Margarita.





Siempre según la gente, la decisión la tomó un mes justo antes de la boda, con toda la casa amueblada y las invitaciones impresas. Nadie en cambio puede saber qué fue lo que pasó por la mente de María Antonia, ni en cuantos trozos debió romperse su corazón, tampoco qué la impulsó a comprar la ruinosa venta que vendían justo enfrente del hostal.
Se sabe en cambio, que cerró el trato con el dinero que tenía ahorrado para el viaje de novios y el banquete, y que vendió los muebles y el traje de novia para seguir pagando aquel incierto negocio.
Es de suponer que además, debió de entramparse hasta los ojos, a juzgar por el cambio que le dio al Paso de Azúcar. De ser una venta de mala muerte en un cruce de carreteras poco transitado, pasó a ser uno de los puntos turísticos por excelencia de la comarca, cita obligada de camioneros y lugar de encuentro de veraneantes.




Nadie preparaba mejor las fiestas y celebraciones, las actuaciones para celebrar las fechas importantes, ni los platos para sorprender a paladares exigentes. María Antonia consiguió hacer resurgir la vida en la vieja carretera de la playa y, gracias a la fama de la venta,  prosperó el hostal y, gracias al éxito de los dos negocios, surgieron varios más en la zona, resucitando el viejo itinerario que ya nadie utilizaba para llegar a la playa.
Pero mientras más dinero ganaba, más tristeza había en el rostro de la abandonada. Su madre, que a la muerte de su marido se trasladó a vivir con ella, su hermano, que a la vuelta de sus vueltas por el mundo se quedó a trabajar con ella y el niño, que le nació tras la inauguración de la venta sin sorprender a nadie, no pudieron o no supieron recuperar la sonrisa que María Antonia perdió, en algún lugar del pasado, pegada a un trozo del corazón.


Un día, siempre según los comentarios que Canelita escuchó en el pueblo, Rufino llegó a la venta, como un cliente más para comer. Era un viajante del norte, con la mirada sincera y la palabra parca. No se explica nadie cómo logró captar la atención de la dueña del local, pero lo cierto es que ése día se volvió a escuchar la risa franca y espontánea de una María Antonia relajada y feliz, en pleno salón del Paso de Azúcar.

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