Abelardo y su viuda. (Canelita X entrega)

Todo parecía normal  hasta que, a los seis meses más o menos, ingresaron en el hospital a Abelardo con unas fiebres muy persistentes.
- No podéis imaginaros cómo lloraba su mujer y cómo se desvivía por atenderlo. Lo lavaba, lo cambiaba de ropa, lo cuidaba. Ni siquiera dejaba que le dieran de comer las enfermeras, todo se lo hacía ella.
- Lógico madre, si tenemos en cuenta que lo estaba envenenando.
- Eso no se probó María Antonia. Y él sigue negándolo. Incluso la va a visitar a la cárcel.
- La policía la detuvo en el hospital. Es verdad que nadie la vio poner el matarratas en la comida, pero era el tercer marido que se le enfermaba de aquella forma y ya había enterrado a los otros dos. En aquella época eran pocos los cadáveres que se exhumaban y tampoco se dijo si llegaron a hacerlo con sus otros dos finados, pero el caso es que vigilaban desde hacía tiempo a la maestra y no tardaron en descubrir el veneno escondido en su cocina.
Luego vinieron los análisis y las comprobaciones y acabaron llevándosela presa. A todo esto Abelardo, que llevaba ya unos días inconsciente, empezó a reaccionar al tratamiento y en poco más de dos meses, estuvo fuera del hospital.


Los agentes lo visitaron varias veces y estuvieron contándole lo que su mujer había tratado de hacer con él. Le mostraron pruebas y lo informaron de lo que les pasó a sus anteriores maridos, pero él no les creyó.
Y ahí sigue, yendo a verla cada domingo, sufriendo con ella los veinticinco años de cárcel a los que fue condenada. Si le preguntáis, os contará que se cometió con ella una injusticia atroz y la defenderá por encima de cualquier evidencia. Hay mujeres que tienen ese poder sobre los hombres, los vuelven locos.
- La loca es ella –dijo Rufino, adivinando la amargura de su mujer -. Esa mujer tiene una enfermedad que consiste en la necesidad de ser imprescindible para la vida de otra persona. Lo vi en una película. Se dedican a hacer que los hijos o los maridos enfermen para luego darles los mayores cuidados. Tiene un nombre, pero no recuerdo ahora mismos cómo se llama ésa enfermedad.


- Siempre buscándole nombres a las cosas. Si eso es verdad, es simplemente tener muy mala leche el nombre. Fuera o no fuera de la acera de enfrente, tampoco era como para jugarse la vida por querer demostrar su hombría.
- Madre es usted cerradita –dijo Bienvenido-. Abelardo no intentaba ocultar su homosexualidad al casarse, se enamoró de verdad de aquella mujer. Si no, como se explica que continúe visitándola después de tantos años. La quiere todavía y la seguirá queriendo mientras esté encerrada. En el fondo él sabe que le hizo daño y sólo así es capaz de seguir amándola, con una reja de por medio.
- Él la defiende a muerte delante de todos los que, según dice, la ofenden, pero no ha movido ni un solo papel para que consiga la condicional o para que se revise su caso. La defendió un abogado de oficio, cuando todo el mundo sabe que Abelardo tiene tierras y fincas para vivir tres vidas sin dar golpe. No quiero creer que no sea consciente de todo eso.

- Es posible que sólo la seguridad que le da verla encerrada, sea lo único que le permita seguir enamorado de ella –dijo María Antonia-.


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