Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

jueves, 4 de diciembre de 2014

A mis Treinta y Quince.

Haciendo balance de mis treinta y quince, veo que tanto lo ganado como lo perdido ha sido necesario para ser quien soy. 
Es esta una etapa de mi vida en la que ya no temo decir lo que pienso ni me importan las reacciones que en los demás provoquen mis creencias, ya sean religiosas, políticas o morales.
Me siento libre de ir o no ir a los lugares esperados y lo único que me impide no estar donde se me espera, es la falta de tiempo, de dinero o de ganas.


He limado asperezas con el mundo. No guardo rencor, aunque tengo muy claro por dónde, por quién, o por qué no voy a volver a pasar.
He perdonado, más por mala memoria que por intención o capacidad, más por el amor que Dios me tiene que por el que yo le pueda tener al prójimo.
Tengo a mi lado a toda mi familia, siento que me quieren y que son mi raíz y la parte más alta de mis ramas. Tengo ausencias irreemplazables que me cuidan desde lo alto y me recuerdan que soy mortal y sólo tengo un tiempo para decirte que te quiero.






Tengo amigos, muchos más de los que merezco. Algunos ni siquiera saben que lo son y otros apenas lo recuerdan, pero ahí están, ocupando una parcelita de mi corazón.
Tengo enemigos? No lo sé, o no me acuerdo, ya antes dije que tengo mala memoria. Es posible, principalmente por lo que escribí al principio: No temo decir lo que pienso y me importan poco las reacciones que provoquen en los demás las cosas y las personas en las que creo.








Tengo a una persona especial, un compañero de viaje que está siempre y para todo y me soporta hasta cuando yo misma no me aguanto. Tengo tres alegrías que son mi vida, tres hijas que me hacen creer en el futuro y me convencen de perdurar a través del tiempo y el espacio.
Tengo una fe que me mantiene viva, una seguridad puesta en la vida eterna, hermanos que están y se les ve y un camino por delante que nunca estoy segura de poder o querer seguir.
Tengo amor, tengo vida y esperanza, tengo, vamos a ver... Como dijo el poeta, lo que tenía que tener.                                                            

                                                                 Chabela Ximenez.





viernes, 10 de octubre de 2014

De apestados y despechados

La crisis del ébola en la que España es tristemente el primer caso europeo de contagio, así como las reacciones personales y las opiniones particulares de propios y ajenos al tema, me llevan a pensar en los difícil que es mantener la ética, la moral o, si ustedes quieren, la misericordia cristiana o el propio sentido de amor o caridad hacia el prójimo, cuando nos domina el miedo.



Conocer que los mismos compañeros de la afectada por el virus se han negado a atenderla por miedo al contagio,p que sus vecinos se afanen en limpiar todos los lugares que haya podido utilizar o tocar esta mujer, no me ha sorprendido.
 Incluso comprendo su forma de actuar, porque el miedo enturbia el entendimiento y anestesia los sentimientos, provoca reacciones que en otras circunstancias nos parecerían absurdas y saca de nuestro interior el egoísmo propio del instinto de la supervivencia.  Y en éste tema hay miedo, mucho miedo, inseguridad y falta de confianza en los que dirigen el cotarro. Ojo, que no estoy diciendo que nos comportemos como animales enjaulados, abandonados en la selva con un león al lado, pero lo estoy pensando.

En mi poco sana costumbre de ponerme en el lugar de la enfermera, que está ajena a todos los comentarios y culpas con que la están acribillando, o de su marido, que asiste a todo, en plena consciencia de estar al borde de perder a su mujer y que ya ha perdido a su mejor amigo, su perro, que en el caso de las parejas solas es como su propio hijo, y realmente no acierto a abarcar tanta desesperación.


Lo cierto es que lo más cerca que me he sentido de ése desprecio o del trato de apestados que están sufriendo fue hace veinte años, cuando se me ocurrió no dejarme plagiar las ideas e iniciativas por parte de un tiranillo jefezuelo de pueblo, que gozaba del apoyo de las masas y la admiración populista. Aquello me reportó el mayor de los destierros afectivos que he sufrido en mi vida, hasta el punto de llegar a abandonar la más satisfactoria de mis aficiones, la comunicación.

No suelo volver sobre aquello porque es pasado pisado y, desde el punto y hora en que mi corazón no busca cobrarlo, considero que perdoné. Pero lo cierto es que a partir de entonces el temor a ser el centro de una injusticia me ha perseguido hasta el día de hoy y, la solidaridad que me brota ante el caso de éste matrimonio fatalmente famoso, e inevitablemente solo, me remueve por dentro y me hace preguntarme de qué clase de material estamos hechos.



Es verdad que a partir de ésa experiencia de hace ya veinte años he formado parte de otras desagradables situaciones, que yo misma me he buscado por mi falta de indiferencia hacia la injusticia humana.

 Es cierto que por no callar o no acatar, por dar la cara o no tragar, por señalar el egocentrismo o resaltar la soberbia de alguna persona casi intocable, me he visto envuelta en circunstancias tensas, desagradables o casi irrisorias.

No paso por alto que hay veces en las que antes del saludo ha venido la duda y antes, la mirada panorámica del miedo a ver quien observa y pueda comentar, y antes, la sonrisa forzada y la incomodidad de tener que responder al saludo de quien nada le hizo, pero alguien antes señaló con el dedo.


Cosas como éstas entran dentro de la proyección de los miedos propios en las personas débiles y realmente me provocan un sonrisa de lástima y me animan a saludar con más énfasis a quienes quieren evitarme el saludo.
 Así soy yo, dando siempre tres por uno, como el Carrefour, en pleno proceso siempre de conversión y siempre pecando. Dios me perdone o me quite la ocasión.

Porque la situación de esta pobre pareja multiplica por mil ése sentimiento de repulsa hacia la injusticia, que aterra más por la soledad y la falta de sentimientos que provoca, que por la propia virulencia de la enfermedad mortal con la que se han encontrado, fortuitamente o gracias a la ineptitud de otros.
                                                    
                                                                  Chabela Jiménez.

lunes, 6 de octubre de 2014

Pérdidas y despedidas.

Quizás no estemos preparados para decir adiós. Desde pequeños nos evitan el sufrimiento, nos ocultan el dolor, nos esconden la muerte.
Es muy posible que si hubiéramos sido educados para verla con la misma naturalidad con la que nos enseñaron a recibir un nacimiento, a la hora de afrontar una muerte, estaríamos más preparados para superarla con más fuerza.


No iba a dejar de doler, pero estaríamos predispuestos a aceptarla como parte de la vida, como aceptamos que anochece y amanece, como sabemos que después del calor llega el frío. Pero no está en nuestra naturaleza común el concepto de un adiós para siempre.
Queremos creer que todo dura eternamente. Nuestro miedo a la pérdida nos hace a veces vivir supeditados a personas y cosas en las que tenemos puesta la vida.
 Si supíeramos que la vida como tal es mucho más que encajar en un engranaje o formar parte de una concreta realidad, tal vez pudíeramos despojarnos de miedos como el de la soledad, la dependencia o la misma muerte.


Cada día morimos un poco a todo lo que conocemos. De una mañana a otra nos damos cuenta de que lo que antes era ilusionante y vital, ahora se presenta como una pesada carga en la que ya no recordamos como pudimos meternos.
 La realidad golpea en ocasiones con tanta fuerza que pensamos que perdimos un tiempo precioso dejando nuestros exfuerzos y nuestra vida en batallas que ni siquiera debimos empezar, en campos que no debimos sembrar, con personas que no debimos conocer.


 Sin embargo todo tiene un por qué, todo tiene causa y consecuencia, todo pasa por y para algo, lleva una enseñanza y sirve para nuestro crecimiento personal.
Lo que ningún libro de autoayuda explica es para qué queremos crecer tanto personalmente. Es posible que cuando acabemos de crecer la experiencia nos diga qué hacer y qué no hacer, pero es bien sabido que la experiencia propia no le sirve a nadie más que al que la experimenta. Nadie va a aporvechar tus conocimientos de la vida, nadie se fía de lo que la vida le enseñó al que vino antes que de uno.

Con cada pérdida, cada despedida, uno deja un trozo de corazón y se despoja, a la vez que se reviste de una coraza interior que lo hace más fuerte o, más insensible. Nuestro miedo a sufrir nos hace encerrarnos y arriesgar menos, nuestro interior apego a la vida nos encierra en nosotros mismos y nos retrae al más oscuro rincón de la habitación del desencanto.
Perder a un amigo nos lleva a ser más selectivos en el momento de conocer y confiar en las nuevas personas que se ponen en nuestro camino, a la vez que nos volvemos exigentes con los que queremos sin tener en cuenta que son los que se quedan, que son los que siempre estuvieron.


Perder a un amor nos convierte en tiranos legalistas ante la nueva oportunidad de amar, portadores de una armadura compacta por donde rara vez puede volver a entrar un atisbo de confianza total.
Perder a un ser querido nos deja vacíos y desesperados, llenos de ira contra la vida o quien la creó porque no la pensó sin fin y sin dolor.
No nos basta a los creyentes con saber de la vida eterna, no consuela pensar que nos volveremos a encontrar en un tiempo no demasiado largo. Si bien es cierto que la resignación llega mucho antes al alma del que confía en otra vida, no es menos cierto que la despedida nos rasga dentro con la misma intensidad del que piensa que hasta ahí llegó la historia.


Decir adiós no es fácil. Nadie nos ha entrenado para ello. Decir adiós es renuncia, es desarraigo, es traición. Un sentimiento que es un dejar de sentir al resto del mundo. Un hueco en el alma que no es fácil de cerrar.
Pero con la muerte el Creador nos dio el tiempo, el pasar de los días, el correr del reloj. El esperar nuevos soles, nuevos amaneceres, nuevas vidas. El sabernos necesarios para los que aún están, el sentirnos importantes para los que viven temiendo el día en el que seamos nosotros su pérdida o despedida.
                                        Chabela Jiménez.


viernes, 11 de julio de 2014

Decepciones y Decisiones.


La decepción forma parte de la vida como la ilusión, la esperanza, la confianza o la inspiración.
Somos muy dados a poner todas nuestras espectativas sobre un proyecto, cosa o persona si pararnos a pensar qué pasará si aquello o aquella nos fallan y terminamos totalmente hundidos, cuando la realidad de la imperfección nos estalla en toda la cara.
Tendemos a esperar de las cosas que cumplan nuestros deseos de triunfo o permanencia, como si fuéramos a vivir para siempre en su reflejo.


Tendemos a esperar de las personas que cumplan el ideal que que hemos soñado o, al menos, que nos respondan del mismo modo en el que nosotros hemos respondido por ellas.
Somos en definitiva soñadores y jueces implacables.
¿Qué nos puede hundir más que una decepción o un desengaño? La historia está llena de casos reales, de gente que jamás superó una humillación o una ofensa. Pensar que el universo no está girando a nuesto ritmo es impensable. Que la realidad no se va a adaptar a nuestros exfuerzos es un desastre de proporciones desmesuradas. Que las personas no nos valoran en nuestro justo precio es un horror. Que no nos quieren como nosotros queremos, una tragedia de consecuencias desmesuradas.
Nos destruye que tanto y tanto como damos por una ilusión o un ser querido no sea correspondido como merece.
¿Pero qué nos creemos que somos?


Vivimos engañados pensando que todo es justo y equitativo, que el equilibrio del universo volverá a darnos en esta vida lo que pensamos que nos es arrebatado, que la justicia más pronto que tarde pondrá las cosas en su sitio. Y puede que de alguna manera las cosas sean así, pero que no quepa la menor duda de que nunca será de la forma y en el tiempo que estamos anhelando con todo nuestro corazón herido.

Tenemos prisa por llegar, por permanecer, por ser. Tenemos prisa por que nos quieran, nos adulen, nos admiren, nos reconozcan. Hasta el punto de que ya nos da igual de dónde venga el reconocimiento y de si es simple y falsa adulación interesada, o sincera muestra de afecto y distinción.
Hemos trabajado duro y queremos ya nuestro salario.En caso contrario nuestra decepción nos hará tomar las decisiones oportunas que, en la mayoría de los casos, nos llevarán a una mayor y más profunda decepción con nosotros mismos.


Somos únicamente imperfectos y quebradizos seres humanos. No se nos puede pedir la sabiduría de Dios, la misericordia de Dios, la humildad de Dios.
Somos lo que somos y continuaremos fallando a los demás y a nosotros mismos, pero no consentiremos que nos fallen. Somos únicos, soberbios, intocables, intachables, nadie puede osar hacernos una crítica y mucho menos un desprecio.
Cuánto tenemos todavía que aprender! Cuánto nos falta para hacernos pequeñitos como un niño, para entender las cosas con claridad.


Quizás el aprendizaje llega al final de nuestros días, cuando la sonrisa de un nieto baste para llevarnos hasta la plenitud como personas o la felicidad más absoluta. Cuando nos sintamos débiles y necesitados de ayuda para las tareas más básicas, cuando cada día sea un regalo porque tenemos claro que ahora sí que puede ser el último. Cuando miremos atrás y tengamos la certeza de que hemos perdido demasiado tiempo en reclamar todo lo que no nos vamos a llevar al dejar éste mundo. Cuando seamos verdaderamente libres.





                                                                                                                    Chabela Ximénez.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Canelita, entrega XI "Cerrar los ojos"



Canelita observaba a María Antonia mientras preparaba las cremas para el menú del jueves. Generalmente hubieran servido arroz con leche al estilo del norte, largamente elaborado y muy cremoso, pero la afluencia de clientes que se esperaba con la visita al campamento, obligó a cambiarlo por la siempre bien acogida tarta a los tres chocolates.
No eran complicadas de hacer pero, ante su más que probable tardanza, la chica prefería dejar parte preparado.
En ello estaba, mirando a su jefa y preguntándose si sería conveniente avisarla en aquel momento de que era el sábado siguiente el día fijado para la boda de su hermana, o debía esperar a la comida. Aún no había decidido si iría o no al evento, pero estaba claro que de una u otra forma, iba a faltar al trabajo. 



No había forma de dejar solos a sus padres en casa mientras todos celebraban el banquete en el piso de abajo. Era impensable que ambos utilizaran las sillas de rueda que Sara había traído de la asistencia social, entre otras cosas porque Canelita no iba a permitir que vieran su panadería de más de un siglo convertida en cafetería de pueblo.
Ya hacía tiempo que ninguno de los dos andaba. Quizás más por atrofia muscular y desgana, que por cualquier otra consecuencia directa de sus respectivas enfermedades. Desde que su madre sufriera la apoplejía, ambos parecieron decidir al unísono que no se levantarían más.
Ella sufría desde entonces la paralización de la parte izquierda de su cuerpo y fácilmente hubiera podido recuperar movilidad con la ayuda de un fisioterapeuta, pero no quiso ni oír hablar del tema. Ya se me pasará, dijo. Desde entonces su mente dormitaba en una apatía constante, que la convertía en un mueble más de la casa, siempre observando un punto indeterminado del espacio, mientras la televisión emitía día y noche un mismo canal.



Él pareció culparse del estado de su mujer y se encerró al otro lado de la casa, en una habitación fría y con poca luz, que hasta entonces se utilizaba para guardar trastos inservibles. Nunca se quejó de una dolencia, ni tampoco cruzó el pasillo una sola vez para preguntarle cómo estaba. Sencillamente no quiso ser testigo de su decisión de dejarse morir y así mismo decidió que en aquello la seguiría sin hablar, caminando como siempre un paso detrás de ella.
Tal vez fue el frío, que ya se había instalado en su corazón, lo que le provocó la afección pulmonar que lo condenó a vivir entre silbidos y toses toda la vida de silencios que había escogido a voluntad.
Claro que habían pensado que un centro sería lo más apropiado para ellos, el médico que los visitaba, sin ir más lejos, no dejaba de recomendarlo. Pero ésta vez fue Canelita la que no quiso ni oír hablar del tema. No van a salir de aquí, dijo, no han salido en veinte años y no van a hacerlo ahora.
Con todo consintió en contratar a una señora con conocimientos de enfermería, para que los atendiera durante el día, cuando ellas trabajaban.
Aquello les reportó un poco de libertad de acción y pudieron llevar a cabo algunas de las ideas innovadoras de Canelita, como la de repartir ellas mismas el pan que elaboraban o comenzar a utilizar algunos conservantes naturales para poder distribuir la pastelería tradicional a los pueblos colindantes.
En poco tiempo el negocio familiar prosperó y pudieron pagar muchas deudas contraídas desde la enfermedad de sus padres. fue entonces cuando decidieron comprar una furgoneta y contrataron a un repartidor y fue entonces cuando Francisco apareció en sus vidas para trastornarlo todo.
Ni siquiera sabía en qué momento su hermana había comenzado a hablar de un cambio de negocio. De la noche a la mañana la panadería se había convertido a sus ojos en un negocio obsoleto que había que transformar para atender a la demanda turística que dominaba la zona. Un bar era una opción perfecta. Podrían turnarse, cerrarían un día a la semana para descansar y tendrían la clientela asegurada durante todo el año.


La presión a la que la sometía era constante. Día y noche la inundaba de razones y más razones por las que debían abandonar el negocio anticuado y esclavizante de la panadería. Canelita escuchaba de la boca de Sara palabras que jamás antes había pronunciado. Llegó un momento en que la manipulación a la que era sometida era tan evidente, que aquello rompió en una discusión tan acalorada que ambas se dijeron más cosas de las que hubieran deseado y terminaron por retirarse la palabra. De aquello hacía más de un año.
Canelita supuso que, dejándole el camino libre, Sara recapacitaría y comprendería que Francisco la estaba utilizando para hacer el negocio de su vida. Decidió marcharse y, como no tenía a quien comunicarle su baja laboral, se limitó a hacer un balance de beneficios y a retirar su parte de la cuenta común que tenían. Liquidó los préstamos que se pidieron a su nombre y con lo que quedó compró una motocicleta de segunda mano, atravesó los pinares y pidió trabajo en El Paso de Azúcar. Fue una buena decisión. Al menos aún no se había arrepentido de haberlo hecho.
Por su parte Sara accedió a los deseos de Francisco e invirtió su parte de las ganancias en la reforma del negocio. Ahora no era más que un bar de tapas, regentado por Francisco, en el que su hermana se dejaba las manos cocinando y despegando grasa de los azulejos. Canelita se preguntaba qué harían cuando el embarazo le impidiera seguir aquel ritmo de trabajo y él tuviera que encargarse de todo.
Seguramente contratarían a alguien a quien no podrían pagar y volverían a endeudarse hasta los ojos. No podía dejar de ver a su futuro cuñado como un vividor que buscaba quedarse con el local de sus padres y con el trabajo de toda una vida. Apenas había sabido del ofrecimiento que hizo para la celebración de la boda, aprovechando el incipiente acercamiento entre las hermanas, le había lanzado una propuesta para comprarle su parte del negocio con el dinero que recaudaran en la boda.
Desde luego que no participaría en aquella encerrona, no pensaba aceptar su opción de compra y no iba a bajar a celebrar la destrucción personal de su única hermana. Diría que tenía trabajo y dejaría a sus padres a cargo de Rosario, su cuidadora.
Y en lo referente a Francisco, tendría que armarse de paciencia y esperar a que su mujer heredara para ser co-propietario de algo en su vida. Al fin y al cabo sus padres aún vivían y ella no era quién para vender algo que no le pertenecía. De esta forma su hermana tendría algo a lo que agarrarse cuando su matrimonio se fuera al traste y Francisco quisiera reclamar su parte ganancial del negocio.
Decidida, retiró las cremas del fuego y lo dispuso todo para marcharse. Primero puso en funcionamiento el lavavajillas y luego a buen recaudo los dulces recién hechos, para evitar su trágica desaparición o merma ante una inesperada bajada de azúcar de Bienvenido. Sonrió a su pesar imaginando la desesperación del cocinero, en su infructuosa búsqueda nocturna. 


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