Canelita, entrega XI "Cerrar los ojos"



Canelita observaba a María Antonia mientras preparaba las cremas para el menú del jueves. Generalmente hubieran servido arroz con leche al estilo del norte, largamente elaborado y muy cremoso, pero la afluencia de clientes que se esperaba con la visita al campamento, obligó a cambiarlo por la siempre bien acogida tarta a los tres chocolates.
No eran complicadas de hacer pero, ante su más que probable tardanza, la chica prefería dejar parte preparado.
En ello estaba, mirando a su jefa y preguntándose si sería conveniente avisarla en aquel momento de que era el sábado siguiente el día fijado para la boda de su hermana, o debía esperar a la comida. Aún no había decidido si iría o no al evento, pero estaba claro que de una u otra forma, iba a faltar al trabajo. 



No había forma de dejar solos a sus padres en casa mientras todos celebraban el banquete en el piso de abajo. Era impensable que ambos utilizaran las sillas de rueda que Sara había traído de la asistencia social, entre otras cosas porque Canelita no iba a permitir que vieran su panadería de más de un siglo convertida en cafetería de pueblo.
Ya hacía tiempo que ninguno de los dos andaba. Quizás más por atrofia muscular y desgana, que por cualquier otra consecuencia directa de sus respectivas enfermedades. Desde que su madre sufriera la apoplejía, ambos parecieron decidir al unísono que no se levantarían más.
Ella sufría desde entonces la paralización de la parte izquierda de su cuerpo y fácilmente hubiera podido recuperar movilidad con la ayuda de un fisioterapeuta, pero no quiso ni oír hablar del tema. Ya se me pasará, dijo. Desde entonces su mente dormitaba en una apatía constante, que la convertía en un mueble más de la casa, siempre observando un punto indeterminado del espacio, mientras la televisión emitía día y noche un mismo canal.



Él pareció culparse del estado de su mujer y se encerró al otro lado de la casa, en una habitación fría y con poca luz, que hasta entonces se utilizaba para guardar trastos inservibles. Nunca se quejó de una dolencia, ni tampoco cruzó el pasillo una sola vez para preguntarle cómo estaba. Sencillamente no quiso ser testigo de su decisión de dejarse morir y así mismo decidió que en aquello la seguiría sin hablar, caminando como siempre un paso detrás de ella.
Tal vez fue el frío, que ya se había instalado en su corazón, lo que le provocó la afección pulmonar que lo condenó a vivir entre silbidos y toses toda la vida de silencios que había escogido a voluntad.
Claro que habían pensado que un centro sería lo más apropiado para ellos, el médico que los visitaba, sin ir más lejos, no dejaba de recomendarlo. Pero ésta vez fue Canelita la que no quiso ni oír hablar del tema. No van a salir de aquí, dijo, no han salido en veinte años y no van a hacerlo ahora.
Con todo consintió en contratar a una señora con conocimientos de enfermería, para que los atendiera durante el día, cuando ellas trabajaban.
Aquello les reportó un poco de libertad de acción y pudieron llevar a cabo algunas de las ideas innovadoras de Canelita, como la de repartir ellas mismas el pan que elaboraban o comenzar a utilizar algunos conservantes naturales para poder distribuir la pastelería tradicional a los pueblos colindantes.
En poco tiempo el negocio familiar prosperó y pudieron pagar muchas deudas contraídas desde la enfermedad de sus padres. fue entonces cuando decidieron comprar una furgoneta y contrataron a un repartidor y fue entonces cuando Francisco apareció en sus vidas para trastornarlo todo.
Ni siquiera sabía en qué momento su hermana había comenzado a hablar de un cambio de negocio. De la noche a la mañana la panadería se había convertido a sus ojos en un negocio obsoleto que había que transformar para atender a la demanda turística que dominaba la zona. Un bar era una opción perfecta. Podrían turnarse, cerrarían un día a la semana para descansar y tendrían la clientela asegurada durante todo el año.


La presión a la que la sometía era constante. Día y noche la inundaba de razones y más razones por las que debían abandonar el negocio anticuado y esclavizante de la panadería. Canelita escuchaba de la boca de Sara palabras que jamás antes había pronunciado. Llegó un momento en que la manipulación a la que era sometida era tan evidente, que aquello rompió en una discusión tan acalorada que ambas se dijeron más cosas de las que hubieran deseado y terminaron por retirarse la palabra. De aquello hacía más de un año.
Canelita supuso que, dejándole el camino libre, Sara recapacitaría y comprendería que Francisco la estaba utilizando para hacer el negocio de su vida. Decidió marcharse y, como no tenía a quien comunicarle su baja laboral, se limitó a hacer un balance de beneficios y a retirar su parte de la cuenta común que tenían. Liquidó los préstamos que se pidieron a su nombre y con lo que quedó compró una motocicleta de segunda mano, atravesó los pinares y pidió trabajo en El Paso de Azúcar. Fue una buena decisión. Al menos aún no se había arrepentido de haberlo hecho.
Por su parte Sara accedió a los deseos de Francisco e invirtió su parte de las ganancias en la reforma del negocio. Ahora no era más que un bar de tapas, regentado por Francisco, en el que su hermana se dejaba las manos cocinando y despegando grasa de los azulejos. Canelita se preguntaba qué harían cuando el embarazo le impidiera seguir aquel ritmo de trabajo y él tuviera que encargarse de todo.
Seguramente contratarían a alguien a quien no podrían pagar y volverían a endeudarse hasta los ojos. No podía dejar de ver a su futuro cuñado como un vividor que buscaba quedarse con el local de sus padres y con el trabajo de toda una vida. Apenas había sabido del ofrecimiento que hizo para la celebración de la boda, aprovechando el incipiente acercamiento entre las hermanas, le había lanzado una propuesta para comprarle su parte del negocio con el dinero que recaudaran en la boda.
Desde luego que no participaría en aquella encerrona, no pensaba aceptar su opción de compra y no iba a bajar a celebrar la destrucción personal de su única hermana. Diría que tenía trabajo y dejaría a sus padres a cargo de Rosario, su cuidadora.
Y en lo referente a Francisco, tendría que armarse de paciencia y esperar a que su mujer heredara para ser co-propietario de algo en su vida. Al fin y al cabo sus padres aún vivían y ella no era quién para vender algo que no le pertenecía. De esta forma su hermana tendría algo a lo que agarrarse cuando su matrimonio se fuera al traste y Francisco quisiera reclamar su parte ganancial del negocio.
Decidida, retiró las cremas del fuego y lo dispuso todo para marcharse. Primero puso en funcionamiento el lavavajillas y luego a buen recaudo los dulces recién hechos, para evitar su trágica desaparición o merma ante una inesperada bajada de azúcar de Bienvenido. Sonrió a su pesar imaginando la desesperación del cocinero, en su infructuosa búsqueda nocturna. 


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