Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

viernes, 10 de octubre de 2014

De apestados y despechados

La crisis del ébola en la que España es tristemente el primer caso europeo de contagio, así como las reacciones personales y las opiniones particulares de propios y ajenos al tema, me llevan a pensar en los difícil que es mantener la ética, la moral o, si ustedes quieren, la misericordia cristiana o el propio sentido de amor o caridad hacia el prójimo, cuando nos domina el miedo.



Conocer que los mismos compañeros de la afectada por el virus se han negado a atenderla por miedo al contagio,p que sus vecinos se afanen en limpiar todos los lugares que haya podido utilizar o tocar esta mujer, no me ha sorprendido.
 Incluso comprendo su forma de actuar, porque el miedo enturbia el entendimiento y anestesia los sentimientos, provoca reacciones que en otras circunstancias nos parecerían absurdas y saca de nuestro interior el egoísmo propio del instinto de la supervivencia.  Y en éste tema hay miedo, mucho miedo, inseguridad y falta de confianza en los que dirigen el cotarro. Ojo, que no estoy diciendo que nos comportemos como animales enjaulados, abandonados en la selva con un león al lado, pero lo estoy pensando.

En mi poco sana costumbre de ponerme en el lugar de la enfermera, que está ajena a todos los comentarios y culpas con que la están acribillando, o de su marido, que asiste a todo, en plena consciencia de estar al borde de perder a su mujer y que ya ha perdido a su mejor amigo, su perro, que en el caso de las parejas solas es como su propio hijo, y realmente no acierto a abarcar tanta desesperación.


Lo cierto es que lo más cerca que me he sentido de ése desprecio o del trato de apestados que están sufriendo fue hace veinte años, cuando se me ocurrió no dejarme plagiar las ideas e iniciativas por parte de un tiranillo jefezuelo de pueblo, que gozaba del apoyo de las masas y la admiración populista. Aquello me reportó el mayor de los destierros afectivos que he sufrido en mi vida, hasta el punto de llegar a abandonar la más satisfactoria de mis aficiones, la comunicación.

No suelo volver sobre aquello porque es pasado pisado y, desde el punto y hora en que mi corazón no busca cobrarlo, considero que perdoné. Pero lo cierto es que a partir de entonces el temor a ser el centro de una injusticia me ha perseguido hasta el día de hoy y, la solidaridad que me brota ante el caso de éste matrimonio fatalmente famoso, e inevitablemente solo, me remueve por dentro y me hace preguntarme de qué clase de material estamos hechos.



Es verdad que a partir de ésa experiencia de hace ya veinte años he formado parte de otras desagradables situaciones, que yo misma me he buscado por mi falta de indiferencia hacia la injusticia humana.

 Es cierto que por no callar o no acatar, por dar la cara o no tragar, por señalar el egocentrismo o resaltar la soberbia de alguna persona casi intocable, me he visto envuelta en circunstancias tensas, desagradables o casi irrisorias.

No paso por alto que hay veces en las que antes del saludo ha venido la duda y antes, la mirada panorámica del miedo a ver quien observa y pueda comentar, y antes, la sonrisa forzada y la incomodidad de tener que responder al saludo de quien nada le hizo, pero alguien antes señaló con el dedo.


Cosas como éstas entran dentro de la proyección de los miedos propios en las personas débiles y realmente me provocan un sonrisa de lástima y me animan a saludar con más énfasis a quienes quieren evitarme el saludo.
 Así soy yo, dando siempre tres por uno, como el Carrefour, en pleno proceso siempre de conversión y siempre pecando. Dios me perdone o me quite la ocasión.

Porque la situación de esta pobre pareja multiplica por mil ése sentimiento de repulsa hacia la injusticia, que aterra más por la soledad y la falta de sentimientos que provoca, que por la propia virulencia de la enfermedad mortal con la que se han encontrado, fortuitamente o gracias a la ineptitud de otros.
                                                    
                                                                  Chabela Jiménez.

lunes, 6 de octubre de 2014

Pérdidas y despedidas.

Quizás no estemos preparados para decir adiós. Desde pequeños nos evitan el sufrimiento, nos ocultan el dolor, nos esconden la muerte.
Es muy posible que si hubiéramos sido educados para verla con la misma naturalidad con la que nos enseñaron a recibir un nacimiento, a la hora de afrontar una muerte, estaríamos más preparados para superarla con más fuerza.


No iba a dejar de doler, pero estaríamos predispuestos a aceptarla como parte de la vida, como aceptamos que anochece y amanece, como sabemos que después del calor llega el frío. Pero no está en nuestra naturaleza común el concepto de un adiós para siempre.
Queremos creer que todo dura eternamente. Nuestro miedo a la pérdida nos hace a veces vivir supeditados a personas y cosas en las que tenemos puesta la vida.
 Si supíeramos que la vida como tal es mucho más que encajar en un engranaje o formar parte de una concreta realidad, tal vez pudíeramos despojarnos de miedos como el de la soledad, la dependencia o la misma muerte.


Cada día morimos un poco a todo lo que conocemos. De una mañana a otra nos damos cuenta de que lo que antes era ilusionante y vital, ahora se presenta como una pesada carga en la que ya no recordamos como pudimos meternos.
 La realidad golpea en ocasiones con tanta fuerza que pensamos que perdimos un tiempo precioso dejando nuestros exfuerzos y nuestra vida en batallas que ni siquiera debimos empezar, en campos que no debimos sembrar, con personas que no debimos conocer.


 Sin embargo todo tiene un por qué, todo tiene causa y consecuencia, todo pasa por y para algo, lleva una enseñanza y sirve para nuestro crecimiento personal.
Lo que ningún libro de autoayuda explica es para qué queremos crecer tanto personalmente. Es posible que cuando acabemos de crecer la experiencia nos diga qué hacer y qué no hacer, pero es bien sabido que la experiencia propia no le sirve a nadie más que al que la experimenta. Nadie va a aporvechar tus conocimientos de la vida, nadie se fía de lo que la vida le enseñó al que vino antes que de uno.

Con cada pérdida, cada despedida, uno deja un trozo de corazón y se despoja, a la vez que se reviste de una coraza interior que lo hace más fuerte o, más insensible. Nuestro miedo a sufrir nos hace encerrarnos y arriesgar menos, nuestro interior apego a la vida nos encierra en nosotros mismos y nos retrae al más oscuro rincón de la habitación del desencanto.
Perder a un amigo nos lleva a ser más selectivos en el momento de conocer y confiar en las nuevas personas que se ponen en nuestro camino, a la vez que nos volvemos exigentes con los que queremos sin tener en cuenta que son los que se quedan, que son los que siempre estuvieron.


Perder a un amor nos convierte en tiranos legalistas ante la nueva oportunidad de amar, portadores de una armadura compacta por donde rara vez puede volver a entrar un atisbo de confianza total.
Perder a un ser querido nos deja vacíos y desesperados, llenos de ira contra la vida o quien la creó porque no la pensó sin fin y sin dolor.
No nos basta a los creyentes con saber de la vida eterna, no consuela pensar que nos volveremos a encontrar en un tiempo no demasiado largo. Si bien es cierto que la resignación llega mucho antes al alma del que confía en otra vida, no es menos cierto que la despedida nos rasga dentro con la misma intensidad del que piensa que hasta ahí llegó la historia.


Decir adiós no es fácil. Nadie nos ha entrenado para ello. Decir adiós es renuncia, es desarraigo, es traición. Un sentimiento que es un dejar de sentir al resto del mundo. Un hueco en el alma que no es fácil de cerrar.
Pero con la muerte el Creador nos dio el tiempo, el pasar de los días, el correr del reloj. El esperar nuevos soles, nuevos amaneceres, nuevas vidas. El sabernos necesarios para los que aún están, el sentirnos importantes para los que viven temiendo el día en el que seamos nosotros su pérdida o despedida.
                                        Chabela Jiménez.