Pérdidas y despedidas.

Quizás no estemos preparados para decir adiós. Desde pequeños nos evitan el sufrimiento, nos ocultan el dolor, nos esconden la muerte.
Es muy posible que si hubiéramos sido educados para verla con la misma naturalidad con la que nos enseñaron a recibir un nacimiento, a la hora de afrontar una muerte, estaríamos más preparados para superarla con más fuerza.


No iba a dejar de doler, pero estaríamos predispuestos a aceptarla como parte de la vida, como aceptamos que anochece y amanece, como sabemos que después del calor llega el frío. Pero no está en nuestra naturaleza común el concepto de un adiós para siempre.
Queremos creer que todo dura eternamente. Nuestro miedo a la pérdida nos hace a veces vivir supeditados a personas y cosas en las que tenemos puesta la vida.
 Si supíeramos que la vida como tal es mucho más que encajar en un engranaje o formar parte de una concreta realidad, tal vez pudíeramos despojarnos de miedos como el de la soledad, la dependencia o la misma muerte.


Cada día morimos un poco a todo lo que conocemos. De una mañana a otra nos damos cuenta de que lo que antes era ilusionante y vital, ahora se presenta como una pesada carga en la que ya no recordamos como pudimos meternos.
 La realidad golpea en ocasiones con tanta fuerza que pensamos que perdimos un tiempo precioso dejando nuestros exfuerzos y nuestra vida en batallas que ni siquiera debimos empezar, en campos que no debimos sembrar, con personas que no debimos conocer.


 Sin embargo todo tiene un por qué, todo tiene causa y consecuencia, todo pasa por y para algo, lleva una enseñanza y sirve para nuestro crecimiento personal.
Lo que ningún libro de autoayuda explica es para qué queremos crecer tanto personalmente. Es posible que cuando acabemos de crecer la experiencia nos diga qué hacer y qué no hacer, pero es bien sabido que la experiencia propia no le sirve a nadie más que al que la experimenta. Nadie va a aporvechar tus conocimientos de la vida, nadie se fía de lo que la vida le enseñó al que vino antes que de uno.

Con cada pérdida, cada despedida, uno deja un trozo de corazón y se despoja, a la vez que se reviste de una coraza interior que lo hace más fuerte o, más insensible. Nuestro miedo a sufrir nos hace encerrarnos y arriesgar menos, nuestro interior apego a la vida nos encierra en nosotros mismos y nos retrae al más oscuro rincón de la habitación del desencanto.
Perder a un amigo nos lleva a ser más selectivos en el momento de conocer y confiar en las nuevas personas que se ponen en nuestro camino, a la vez que nos volvemos exigentes con los que queremos sin tener en cuenta que son los que se quedan, que son los que siempre estuvieron.


Perder a un amor nos convierte en tiranos legalistas ante la nueva oportunidad de amar, portadores de una armadura compacta por donde rara vez puede volver a entrar un atisbo de confianza total.
Perder a un ser querido nos deja vacíos y desesperados, llenos de ira contra la vida o quien la creó porque no la pensó sin fin y sin dolor.
No nos basta a los creyentes con saber de la vida eterna, no consuela pensar que nos volveremos a encontrar en un tiempo no demasiado largo. Si bien es cierto que la resignación llega mucho antes al alma del que confía en otra vida, no es menos cierto que la despedida nos rasga dentro con la misma intensidad del que piensa que hasta ahí llegó la historia.


Decir adiós no es fácil. Nadie nos ha entrenado para ello. Decir adiós es renuncia, es desarraigo, es traición. Un sentimiento que es un dejar de sentir al resto del mundo. Un hueco en el alma que no es fácil de cerrar.
Pero con la muerte el Creador nos dio el tiempo, el pasar de los días, el correr del reloj. El esperar nuevos soles, nuevos amaneceres, nuevas vidas. El sabernos necesarios para los que aún están, el sentirnos importantes para los que viven temiendo el día en el que seamos nosotros su pérdida o despedida.
                                        Chabela Jiménez.


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