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A mis Treinta y Quince.

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Haciendo balance de mis treinta y quince, veo que tanto lo ganado como lo perdido ha sido necesario para ser quien soy. 
Es esta una etapa de mi vida en la que ya no temo decir lo que pienso ni me importan las reacciones que en los demás provoquen mis creencias, ya sean religiosas, políticas o morales.
Me siento libre de ir o no ir a los lugares esperados y lo único que me impide no estar donde se me espera, es la falta de tiempo, de dinero o de ganas.


He limado asperezas con el mundo. No guardo rencor, aunque tengo muy claro por dónde, por quién, o por qué no voy a volver a pasar.
He perdonado, más por mala memoria que por intención o capacidad, más por el amor que Dios me tiene que por el que yo le pueda tener al prójimo.
Tengo a mi lado a toda mi familia, siento que me quieren y que son mi raíz y la parte más alta de mis ramas. Tengo ausencias irreemplazables que me cuidan desde lo alto y me recuerdan que soy mortal y sólo tengo un tiempo para decirte que te quiero.





Tengo amigos, muchos …