Te saludo, mi invitado.

Bienvenido al lugar. Pasa sin llamar. No hay grandes descubrimientos, en lo sencillo está casi siempre la sabiduría, aunque no es éste el caso.


Siéntate donde puedas y mira pasar la vida desde una ventana del sur. Todo parece diferente cuando se lee a media voz, ante una copa de vino. Aunque puedes gritar si quieres, la libertad es un don preciado y un signo de salud.

Permítete brindar por ella: ¡ por tu salud!

jueves, 8 de octubre de 2015

Palomas en mi tejado

Es lo que tiene vivir en una casa, que tiene tejado. Algunas sólo tienen azotea visitable, aunque yo no sé qué será peor, tengas el techo que tengas, todo lo que está sobre tu cabeza es susceptible de ser cagado por una irrespetuosa paloma.
Vale, no es muy poético, tampoco lo son las gaviotas por mucho que corten el horizonte con su volar de uve doble, cuando las llaman las ratas del mar. Las palomas de mi tejado no recortan el horizonte, se posan y se cagan sobre mis tejas, sobre mis patios, sobre mi ropa tendida, sobre mi paciencia.


Si, es probable que si yo entendiera el lenguaje de los palomos los oiría decir que ellos estaban aquí antes que yo, que mi azotea era su sitio por derecho propio y porque nada antes los molestó, que están acostumbrados a posarse donde quieren, sin que nadie les reclame propiedad o espacio, pero es que las cosas han cambiado y queridos palomitos, ahora yo vivo aquí.

No hay nada más bonito que llevarse bien con el mundo animal, por muy animales que sean también tienen sus derechos y hay que respetárselos. Como seres vivientes nacidos, tienen su lugar en el mundo y su idiosincrasia propia que, como compañeros de creación, debemos tener en cuenta. No nos debemos molestar los unos a los otros por ser distintos, es más, debíeramos aprender de las peculiaridades de cada uno. Cuánta teória, cuánta utopía.
En mi azotea por ejemplo se vienen a posar palomos de todo tipo, o tal vez de uno solo, no sé, se mueven tanto que es difícil distinguirlos, aunque a decir verdad tampoco es que quiera hacer un estudio de ellos, ni siquiera un sondeo para ver quién los dirige. Yo tan solo quiero que se caguen en su propia casa.



Entiendo que al lector le resulte irrisorio. Para quien no sufra el problema de verse salpicado de mierda sin siquiera salir de casa, y para el que no sepa lo que es barrer dos recogedores de plumas en el mes del cambio de plumaje, puede tener cierta gracia mi lucha diaria. Será motivo de sonrisa para el que imagine los suelos de mi patio, de mi propio patio, regados con semillas de maiz, cascarones de huevos, pan y semillas indeterminadas. Pero puedo asegurarles que no tiene ninguna gracia.

No tiene gracia ninguna que te llenen de mierda en tu propio hogar, no tiene gracia que no puedas dejar a la interperie cualquiera de esos objetos tan simples y tan usuales como una mesa de jardín, una bicicleta o unas deportivas secándose. No es plato de buen gusto observar como esas aves improductivas caminan por el borde de tu tapia con la impunidad del que sabe que no vas a responder a su ingrata presencia, con la pedrada que contienes.
Es realmente indignante saber que alguien las deja sueltas porque sabe que su objetivo es otra casa diferente de la propia, para ir a soltar sus miserias y sus cagadas. Es, además, indecente la presunción de inmunidad con la que se pavonean, por creerse protegidos por sus dueños, por creerse intocables por su antigüedad.




Poco conocen a su objetivo. La dueña del tejado ya está buscando soluciones alternativas. Una rápida mirada a internet me aconseja remedios que van desde las especias picantes a los petardos de contacto, pasando por el chorro de manguera a presión a buena distancia. Aún estoy trabajando en ello, pero que respetan mi tejado, delo por hecho.
No se hizo la teja para soportar otra cosa que la lluvia o el sol, no se hicieron los patios para otra cosa que no sea disfrutarlos y vivirlos, no se hizo la propiedad privada para otra cosa que el derecho a vivir donde eliges y donde pagas. Y de una u otra manera todo volverá a tener la utilidad que le fue dada.




Mientras escribo veo a un grupo de palomos en la tapia. El más viejo es el que quiere el mejor sitio del pretil. El más joven lo anima a acercarse más a la parte de más sombra y mira desde lejos a ver si voy a lanzarles algo o nó. La paloma agacha la cabeza asolapada y lo empuja aún más, mientras el corrillo gorgorea a la espera de que algo les caiga a ellos también.
Los miro y sigo escribiendo. No hay prisa. Conozco los remedios y cómo usarlos. Sonrío y hago aspavientos con las manos. Vuelan mientras sueltan su escremento en mi tejado y van en busca de otra azotea.
 Vuelvo a mi teclado y a mi escrito, sonrío mientras pienso: Es sólo mierda.


Chabela Jiménez.