Cuando el pensamiento viene a confirmar la idea





Caminar hasta donde tus pasos te lleven, sin exceso de equipaje, dejando atrás lo que no está al lado ni delante, avanzando. No forzar, no obligarse, no añorar. Lo mejor siempre está esperando por ti. Lo que no está es que nunca estuvo.





Déjeme zafarme de lo que nada me aporte, que nada merece lo que nada me afecte. No me turbe lo que no me pertenece, no me moleste ni de mi confort me prive. Déjeme donde estoy que el miedo es libre.

                                       

Hay una clara diferencia entre estar con y estar para. En los dos sentidos estuve, pero visto lo visto, mantenerse a prudencial distancia va a ser la mejor opción. Todo puede reiniciarse menos el recuerdo.

                                      


Mi pelo llevaba, creo yo, más risas que tristezas. Más fe que ilusión, porque siempre fue más sólida y menos engañosa. Una lucha constante y unas ganas tremendas de hacer las cosas bien. El espíritu crítico que me ayuda a distinguir el bien del mal y unas dos mil contestaciones dispuestas a constatarlo. Debía tener impreso algún recuerdo y algún inevitable y consciente olvido. No era mucho aunque suficiente, para el propio desapego y la esperanza de que a tí te sirva para algo.


                                             



Y entonces pasa que, de acostumbrarte, ya ése aire no te roza, no te da frío ni calor y empiezas a caminar con paso más ligero, ajeno a la intemperie y los sonidos de de las hojas al caer. No sientes las piedras bajo los pies y apenas levantas polvo al andar. Es una música diferente la que te suena de fondo, has cambiado la banda sonora de tu vida y empiezas a bailar con sones de libertad.

                                         



Sobre una frágil rama, intentando mantener una majestuosa imagen aferrada sus garras al minúsculo palo seco. Míralos, casi ni se les nota el miedo. Apenas un temblor delata la absoluta falta de futuro que destilan. Quédate un poco más y verás como salen volando o se les rompe la rama bajo los pies. No hay más opciones, no hay otro posible final.
 
                                           


Era una sonrisa fácil, que se regalaba a todos. Dispuesta a salir a cada momento, con el bolso de la manipulación en bandolera. Era una sonrisa suelta y desinhibida que podía pasar perfectamente por sincera. Era locuaz y predispuesta, era estudiada al nivel universitario. 
Se desdibujó un día, creo que hace mucho, cuando se puso el carmín de la mentira. No se ve distinta, no te engañes y cuídate del sonido de esa risa.

                                                 


Sé distinguir la avaricia y la ambición en cuanto la veo. Es una capacidad que desarrollé hace tiempo, cuando aún creía en la generosidad de un alma limpia, altruista y entregada al bien común. Me saltaba a la cara la araña trepadora en cuanto pronunciaba el primer halago, como si lo empujara un resorte de vanidad contenida, en forma de acto de caridad para el prójimo. La veo a menudo y la soporto, obviando el menosprecio a mi capacidad. Sin embargo no me siento engañada, estoy atenta a sus telas entretejidas y espero, conociendo su objetivo de antemano. No soy presa fácil, quiero advertirle, aunque sé que no entiende el lenguaje del ser humano.

                                



Ya me doy cuenta de que todo tiene un porqué, que nada es casual ni extraordinario cuando conlleva un cambio drástico o inesperado. Todo tiene una causa, una consecuencia o una intención. 
Me sorprende sin embargo que no me sorprendan ya tantas cosas, que las de por naturales y previsibles. No sé si es madurez o desidia, desinterés o vagancia, pero aprendo a pasar de lado por el fuego cruzado y a no complicar mi inteligencia con mensajes cifrados.
No hay una edad para dejar de aprender, pero sin duda hay una para ya algo haber aprendido.


                                       


                                                                                                                               Chabela Ximénez.
 

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